Blog de:
Sixto Castro Rodríguez, OP
Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
lunes, 30 de noviembre de 2009
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He tenido que hacer estos días una serie de visitas más o menos turísticas para agasajar a una invitada que ha venido a verme en Valladolid. Entre ellas, Caleruega. Ella estaba empeñada en que quería conocer Caleruega, y yo le decía: no merece la pena, allí no hay nada que ver. Demos una pasada rápida y luego nos vamos a Silos, que eso sí que merece verse… Error descomunal. Creo que es la primera vez que he ido a Caleruega a no hacer nada, a pasear, a ver, a mirar, a estar. Siempre había ido a hacer: el noviciado, a reuniones, a encuentros y demás cosas que no se sabe si llenan el tiempo o lo colman. Pues bien, he quedado fascinado, quizá por primera vez, de Caleruega. El convento de las monjas, que había visto arreglado hará cuatro meses, pero al que no presté la más mínima atención, me tocó en lo más profundo. Me pareció de una belleza increíble el claustro, la sala medieval, las impresionantes piezas artísticas que atesoran (y ojalá las mantengan allí mucho tiempo, que los museos las vacían de su “aura”)… Y ya no me importa volver a Caleruega cuando sea. Alguien pensará que me he vuelto tonto. Seguramente. Pero vivimos en estados de ánimo, habitamos en ellos, y de repente, un día, de modo inopinado, las cosas y los lugares, aparecen desvelados. Pues eso me ha pasado a mí con Caleruega, qué cosas, después de tantos años…
viernes, 27 de noviembre de 2009
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Mientras hojeaba el periódico de hoy, en el que las portadas nos cuentan lo enzarzados que están nuestros políticos en hacer verdadero aquello de Lampedusa (que todo cambie para que todo siga igual) –porque, la verdad, creo que la mayoría de nosotros nos sentimos lejísimos de nuestros representantes, y, de este modo, ellos mismos se las apañan para hacer sus maridajes y sacar adelante lo que les da la gana (que no es lo que a nosotros nos preocupa), pero eso sí, siguiendo un procedimiento intachable–, me fijaba no los contenidos de su retórica huera, sino en el desfile de modelos que constituyen las sesiones parlamentarias. En estos últimos días han aparecido en los periódicos nuestras ministras y sus opositoras (me refiero a las mujeres, porque distingo más el cambio de trajes: seguro que los de ellos van por la misma senda), con una cierta frecuencia, y me abruma ver que nunca se repite un vestido y, aunque soy bastante lerdo en este campo, da la impresión de que lo que cubre sus carnes no lo compraron en Ross, “dress for less”, la cadena americana en la que da gusto entrar, porque uno se viste por cuatro duros. De manera semejante, el otro día llegaba a la Moncloa un ministro de un país no especialmente boyante a bordo de un Mercedes inimaginable para un ciudadano. Sí, los gastos suntuarios van de la mano de la clase ociosa (los políticos), que así muestran su distinción y su poder. Pero a mí me da auténtica vergüenza y sonrojo ese derroche tan descomunal. Porque dudo mucho de que todo eso salga de los bolsillos de sus señorías, la verdad, y aunque saliese, habrían de ser un poco maquiavélicos, que la mujer del césar debe, al menos, parecer honesta. Me siento lejísimos de esta clase dirigente y no sé qué hacer para que se morigeren.
jueves, 26 de noviembre de 2009
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No sé qué irá a pasar con el divorcio de los duques de Lugo (que a mí ni me va ni me viene, la verdad) en lo que respecta a su estatuto canónico, es decir, a si les concederán la nulidad o no, caso de que la soliciten. Voy a permitirme hacer un experimento mental y a suponer que, en efecto, la pidan. ¿Cómo se demuestra, de manera confiable, que no hubo matrimonio, en una pareja que ha vivido no sé cuánto tiempo junta, que tienen hijos y yo qué sé qué más? Los canonistas saben mejor que nadie que algunos cánones son un “coladero”: inmadurez, incapacidad para asumir las obligaciones del matrimonio, problemas psicológicos… Siempre se acude al eslabón más débil de la cadena (tal canon) para romper la cadena, pero ¿no sería más sensato cambiar el concepto de matrimonio “indisoluble”? No se trata de hacer un estudio de las condiciones sociológicas en las que antaño se prometía fidelidad usque ad mortem, ni de la metafísica que subyace a la idea de un acto constitutivo de una realidad inquebrantable e inamovible… Aunque no soy experto en estar casado, evidentemente, algo de experiencia voy teniendo en vivir, y la vida se va haciendo, no es un algo dado de una vez por todas. Supongo que el matrimonio, en su ser, va unido al tiempo y me parece más complicado, desde el punto de vista puramente teórico, decir que no existió el matrimonio, que defender que el matrimonio simplemente se acabó. ¿Qué hay de malo en declarar el fin de una cosa? ¿Qué tiene de anticristiano? Nada. Por supuesto que el amor pide eternidad, pero a veces, simplemente, se queda en el tiempo.
martes, 24 de noviembre de 2009
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Estaba escuchando una entrevista a un ex-obispo que nos cuenta cosas más o menos entretenidas, y la pobre traductora, ante la palabra Gospel, se bloquea. ¿Qué será eso? Lo más probable es que no la haya escuchado muchas veces, y seguramente los traductores españoles a otras lenguas tampoco sabrán muy bien cómo se dice “evangelio”, ya que hay términos que son cada vez menos utilizados. Pero, mujer, podías haber imaginado que un obispo iba a decir determinadas palabras, un poco de picardía. En cualquier caso, hay una reconfiguración de la cultura, de eso no hay duda y eso se nota en el lenguaje. Apocalipsis nos suena no a un libro, ni a una revelación, sino a un follón de mil demonios en que no quedará títere con cabeza, según dicen, en el 2012, que ya son ganas de poner fechas. El otro día escuchaba a un comentarista, al que yo creía hasta ese momento bastante culto, decir que la Iglesia había ido cambiando el Credo según sus conveniencias. Madre del amor hermoso: seguramente será lo único que no se ha tocado desde el siglo IV (con la excepción del filioque) y va y nos lo clava como ejemplo. En todo este magma nos encontramos hoy, con un evidente interés por lo religioso, sea para comprenderlo, vivirlo, o sea para desautorizarlo, con muchos datos, pero a veces da la impresión de que poca reflexión hay alrespecto. Saber todos los hechos de la historia de la Iglesia, por ejemplo, no nos convierte ni en mejores cristianos ni en mejores críticos, si no se piensa y uno se deja llevar por lo que toca. Es el “se” de Heidegger: se dice, se hace, se habla, pero nadie dice, nadie hace, nadie habla. Voy a seguir escuchando la trayectoria sinuosa y errabunda de monseñor Milingo, a ver qué piensa de todo esto
sábado, 14 de noviembre de 2009
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Este fin de semana han estado y están por casa unos cuantos jóvenes interesados en ver algo de la vida dominicana, de ver cómo vivimos, quiénes somos, qué hacemos y cómo nos las apañamos. Cada uno tiene su historia, al igual que cada uno de los frailes la tenemos, y unos tienen más preguntas que otros, cada uno, también, desde lo que ha vivido y desde su Sitz im Leben o lugar en el mundo (pero ¡qué bien suena en alemán el chichinleben!).En cualquier caso, sus preguntas nos están sirviendo mucho a los frailes, no sólo porque cada uno nos comprendemos a nosotros mismos cuando tratamos de explicar nuestra experiencia, sino porque escuchamos cosas de otros frailes que ni sospechábamos, precisamente porque nunca habían sido comentadas ni formal ni informalmente (no porque fuesen secretas, si no tampoco hubiesen salido hoy).Y así uno se entera de que mi buen amigo y hermano X (ya no digo nombres, que luego todo se sabe) fue 10 años ayudante de universidad, que el otro Y vivió tantos años en Pamplona, etc. Y no porque no nos conozcamos, que nos conocemos, sino porque de vez en cuando se generan contextos que posibilitan la comunicación de determinadas cosas. Que hacen falta más de vez en cuando, es posible. Pero siempre hay que encontrar la mesura, pues al igual que la sonrisa es lo más deseable, una sonrisa eterna acaba convirtiéndose en una mueca. En fin, que espero que hayamos servido de algo a estos muchachos que andan buscando su sitio en el mundo.
martes, 10 de noviembre de 2009
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Todo en esta vida tiene casi tantas lecturas como lectores. Esta tarde me pasé por el edificio Wanamaker, que actualmente ocupan unos grandes almacenes, famosos en todo el país, que, por suerte, han conservado el gigantesco órgano que en su día colocó allí el fundador del edificio, para, digamos, socializar la cultura. Así, mientras uno hace su compra, en determinados momentos del día puede escuchar a un organista tocando en ese imponente instrumento a Bach, Haendel, Lefebure-Wely y qué sé yo qué más, dependiendo, claro, de quién lo taña. A mí me fascina la idea, mas acepto que algunos considerarán que es una banalización terrible de la música. Dos lecturas perfectamente posibles. Pues bien, de esto era consciente el otro día cuando, caída la noche, paseaba por la quinta avenida de Nueva York. Dato: todas las iglesias de esa exclusiva calle (que son muchas) acogían en sus pórticos a los sin techo que pasaban la noche allá, mientras que los vestíbulos de las grandes y exclusivas firmas que tienen allí presencia estaban fuertemente protegidos por guardias que impedían el más mínimo intento siquiera de pensar cobijarse allá. Uno puede decir: en la quinta avenida, los sin techo sólo pueden pasar la noche en los pórticos de las iglesias, que es de donde no los van a echar. Otro dirá: deberían abrir las iglesias para que durmiesen en su interior. Y un tercero: las iglesias no deberían estar en esas calles, y un cuarto, y un quinto… Yo me quedé en la primera (con toda la ingenuidad que eso pueda suponer), he de confesarlo, al igual que me quedé en la primera tesis de ese argumento cuasi-cornuto que se me pasaba por la cabeza al escuchar al organista mientras la gente se probaba sus botas nuevas.
domingo, 08 de noviembre de 2009
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Ayer estuve disfrutando con mi amol Sudabee de la Nacional Gallery del D.C. Creo que ambos nos lo pasamos bomba, y noté una cosa que me hizo pensar: me fijaba en una serie de cuadros, que llamaban poderosamente mi atención (la mayoría góticos o renacentistas) y cuando los miraba recordaba que la vez anterior también me habían llamado la atención los mismos cuadros precisamente por los mismos detalles. Quizá es que la memoria almacena ciertas cosas que van configurando y conformando nuestra apreciación. Por ejemplo, hay una crucifixión de Matthias Grünewald que me encanta. Es expresionista a pesar de ser del siglo XVI (o precisamente por serlo). Parece burda en su ejecución, pero es poderosísima (ojo a las manos de San Juan). Hay otra crucifixión, de no recuerdo que autor, en el que los ángeles que recogen la sangre que cae de Cristo en sendos cálices no pueden ni mirar a la escena que presencian, mientras que un ángel y un demonio llevan, respectivamente, las almas de los dos ladrones, en forma de niños, a su destino final. Todo eso me conmueve mucho. Y luego, Susi y yo pasamos a la zona de arte contemporáneo, con una sensación de dejá vu y algunas risas divertidas en algunas salas. ¡Qué viejo se ha quedado lo nuevo y qué nuevo sigue siendo lo viejo! Esa lección, junto a la de que los autobuses chinos, en general, viajan por encima de los límites de velocidad permitidos en los diversos estados, son algunas de las que saqué en el fantástico día de ayer.
jueves, 05 de noviembre de 2009
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En la revista Newsweek de esta semana aparece un artículo muy interesante sobre la posibilidad de la vida tras la muerte. Se habla ahí del ataque de los nuevos ateos y de las defensas de los nuevos apologistas. La querella va para largo, sin duda, porque la arena en la que se desarrolla es muy árida. Pero lo que más me ha llamado la atención de este artículo es el final: el autor, que perdió a su hijo, firma que daría cualquier perspectiva de eternidad que tuviese por volver a abrazlo una sola vez. Y cita a C. S Lewis: en los momentos de duelo, tampoco la religión es un consuelo. Sólo la fe nos alumbra, pero entre tinieblas, de eso no cabe duda, y quien quiera poner las cosa fáciles y dulzonas es que no ha entendido mucho de qué va la cosa de la vida y la cosa del cristianismo (recordemos lo canutas que las pasó Jesús en Getsemaní). Da que pensar e ilumina. Mas después de leer este artículo, y como por casualidad (qué palabra más desgastada para mí), ponían en la tele la película Oh, Dios, sobre un vendedor de supermercado al que Dios elige para ser su mensajero y que es todo un divertido tratado de teología. La historia es la que es de esperar: nadie le cree, las religiones establecidas le someten a prueba y es imposible que la pase (aunque Dios mismo responde las preguntas del examen), porque el mensaje de Dios, simple, ha quedado tan oculto por los ropajes que, en su momento le sirvieron de apoyo, que nadie puede reconocerlo. Además, es muy divertida. Una de cal, y una de arena para hacer una buena mezcla.
martes, 03 de noviembre de 2009
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Hoy me han preguntado si San Martín de Porres era dominico. Alguien dudaba, por lo visto. Y a los hechos me he remitido: no creo que haya una sola iglesia dominicana en la que no tenga su capilla o su estatua, casi siempre la más venerada. ¿Por qué será? Seguramente porque tenía virtudes que le hicieron y le hacen querido para todos, que son las que consideramos más humanas, sobre todo hoy. Siempre me ha hecho gracia que lo que consideramos más “alto” en la humanidad (hacer cálculos, escribir complicados tratados, predecir la posición de las estrellas, buscar el bosón de Higgs y cosas por el estilo) lo hacen hoy perfectamente las máquinas, a las que, por otra parte, les cuesta una barbaridad atarse los zapatos y les es imposible detenerse en medio de la calle dudando si han cerrado el gas. Estas cosas, por lo visto, aún nos están reservadas, y las que nos cuentan las crónicas de Martín de Porres seguramente también, porque hay que estar muy despierto y tener un carácter muy forjado para llegar a vivir una vida de ese calibre. Me pregunto cuál será la mejor manera de revivir el espíritu de Martín de Porres en este mundo.
lunes, 02 de noviembre de 2009
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Hoy, día de los santos, venía en el NY Times un interesante artículo de opinión sobre qué hacemos y cómo nos comportamos con los cuerpos de los difuntos en nuestros días. Todos sabemos qué rituales más rancios les hacemos normalmente a los que ausentes, tan ausentes, que ya ni siquiera se les puede acompañar en muchas ocasiones hasta su última (o penúltima) morada y en la mayoría de las ocasiones el cuerpo ni siquiera es el protagonista de su propio funeral. El artículo cita al estadista británico William Gladstone, quien, al parecer, decía: “Mostradme el modo en que una nación se preocupa de sus muertos y yo mediré con exactitud matemática la tierna misericordia de sus gentes”. Hoy, en la misa en St. Vincent Ferrer, en la hoja que reparten a la entrada, se nos recordaba la parte final del credo, esa que está íntimamente relacionada con lo que celebramos hoy: la resurrección de la carne (porque somos encarnados y esa carne es a la que hay que despedir con dignidad) y la comunión de los santos. El organista, durante la comunión, tocó un coral de Bach, uno de mis favoritos y que me encanta tocar (aunque hace demasiado que no lo hago): Alle Menschen müssen sterben (todos los hombres deben morir), y que yo solía interpretar a un ritmo más bien allegro, y este buen hombre lo hizo andante, tranquilo, meditativo, y me supo a mucho más que cuando yo lo toco (desde ahora lo tocaré así). Y así, todo el día ha sido un día de novísimos. ¿No vivimos en la época de las novedades? He ahí la mayor de todas.