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Sixto Castro Rodríguez, OP
Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
domingo, 20 de diciembre de 2009
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No, definitivamente no me reconozco en este artículo que el relator de El País, auxiliado por el teólogo de cabecera de este periódico, ha escrito. No es cierto que en las religiones (cristianismo incluido) no nos riamos de nosotros mismos, de nuestras creencias, de nuestras coherencias, incoherencias y misterios. No lo es. No hay sitio donde se hagan más chanzas y se rían uno más con (que no de) las cosas sagradas que en un convento o en el entorno de una iglesia. Talibanes hay en todos los sitios, periódicos incluidos, con caras largas acerca de la última cosa que debe ser creída (aunque sea una chorrada de andar por casa, pero nos la dicen con cara de cosa trascendente y moviendo los brazos como si estuviesen declarando el dogma de la infalibilidad de su grupo político). Que no, que no es verdad. El artículo de El País, que trae algún chiste de temática religiosa aceptable y otros muy malos, no se ajusta a cómo se comporta la Iglesia monolítica esa que no existe y que suponen ellos que es la que hay (y siempre he insistido, desde que escribo estos blogs, de que lo mejor es crear un ente único al que atizar: es más manejable, dúctil y creíble, aunque no se corresponda con la realidad). Pero lo que me desazona de ese artículo no es que sea poco fiel a la realidad (ah, hablar de realidad en esta época de liquideces y de sublimaciones), sino que revela la idea y la imagen que quien lo publica tiene de la Iglesia. Y esa tiene tantos visos de realidad como posibilidades tengo yo de ir a Alfa de Centauro, alguna, seguro, pero infinitesimal. Que no, que no. Que no es la prensa quien nos enseña (o autoriza) de qué o con qué nos reímos. Lo aprendimos mucho antes y sabemos mejores chistes sobre el tema de los que cuentan ahí (ah, y a José Luis Martín lo leímos hace muchos años).
lunes, 14 de diciembre de 2009
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Como si la cosa fuese fácil, me ha tocado exponer a los alumnos del master el tema del sentido de la vida y el hecho religioso, sí, así se titula, con esas dos partes. Se ve que el que elaboró el programa no estaba espantado contra todo lo que sonase a religión o cosa que se le parezca. Y ahí, yo al menos, me lo he pasado de lujo comentando el tema, pero ¡sólo 3 horas! ¿Qué se puede decir de cualquiera de esas dos cosas (y de ellas juntas) en tres horas? Poca cosa. Si acaso, abrir el apetito. No sé si a los alumnos se lo habré abierto (seguro que ya venían con el hambre hecha de casa), pero yo, cuanto más comía, más hambre tenía. Y todo con tres textos que suscitan infinidad de referencias: “El sentido de la vida”, de Jean Grondin (fantástico), “The meaning of life” de Terry Eagleton (maravilloso) y “En defensa de Dios”, de Karen Armstrong (soberbio y sobre el cual hablaré otro día). Lo que me hacía gracia de la cuestión es que casi cuesta encontrar filósofos que se planteen la cuestión. No, nosotros hablamos de epistemología, de estética o de hermenéutica, de lógica, pero el sentido parece que ya no es pregunta susceptible de hacerse. Pues garantizo que a quienquiera que se la haga, el primer bocado le va a saber a poco. El que se contente con la respuesta de que no tiene sentido (solución de compromiso), no sabe lo que se pierde por no emprender tan fruitivo camino.
domingo, 13 de diciembre de 2009
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Leía esta tarde un artículo de uno de los columnistas habituales del suplemento de cultura de El País, donde este buen hombre recordaba lo que le habían contado del infierno en los obligatorios (y subrayaba este término al meterlo entre paréntesis en medio de la frase) ejercicios espirituales que le habían colocado en el colegio en su época. Y casi todo el mundo que escribe al respecto suele hablar de esas cosas como terroríficas. No lo sé, en la Virgen del Camino nunca nos dieron ejercicios espirituales ni nos obligaron a nada semejante, de modo que no puedo poner paréntesis para remarcar una pretendida amargura de un pasado que ya no actúa. Pero pensaba, mientras leía eso, que los eones se repiten y los nuevos ejercicios espirituales (obligatorios –nótese que lo pongo entre paréntesis por aquello de copiar al escribano–) son la educación para la ciudadanía, creo. No, no digo que los temas que se incluyen supuestamente en la asignatura no sean bienvenidos, justos y necesarios. Libertad, igualdad, respeto, convivencia, educación sexual e infinidad de cosas más que caben en ese cajón de sastre (entre que se diseña una materia y ésta se solidifica pueden pasar generaciones) son temas de esos que, en mi época de estudios pedagógicos, se llamaban transversales, es decir, les tocaban a todos los profesores (como la religión católica, la defensa del régimen imperante, las gestas y glorias patrias imagino que serían temas que los profesores de los años 50 tendrían que tratar en todas las asignaturas, pero, de modo especial, cabe pensar, según lo que leo, que se remachaban en los ejercicios espirituales…), de modo especial, quizá, a los de filosofía, pero, por lo que veo, al igual que se hacía en los ejercicios espirituales, según relatan, han de remacharse esos temas en la famosa educación para la ciudadanía. Insisto, los temas, sin duda, son fundamentales. La asignatura, bueno, seguramente sea, en cuanto tal, tan ideológica como, según cuentan, lo eran los (obligatorios) ejercicios espirituales. Quien manda, manda y vivir es ver volver, aunque, como dicen que decía aquel sabio barbudo, primero como tragedia y luego como farsa (y después como coña, añado yo, porque este meneo de poderes no ha acabado aquí, ni mucho menos).
jueves, 10 de diciembre de 2009
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Estaba viendo el espléndido reportaje que en la 2 han puesto sobre la misión de Kirigueti y veía a David actuando de controlador aéreo, dando órdenes, vectores y coordenadas de aterrizaje a la avioneta “Alas de esperanza” que, a su vez, iba siendo cargada, sin problemas aduaneros, con gallinas y demás enseres. Pero esos son los elementos adyacentes a un programa en el que David –no podía ser de otra forma– habla con una pasión de su vida que conmueve. La verdad es que de roca tiene que ser el corazón del que le escuche y no perciba que, en efecto, David ha encontrado su lugar en el mundo y habla de lo que le rebosa el pecho. Y es que acababa yo de ver una peli de esas que le dejan a uno la sensación de haber perdido el tiempo (aunque no sea verdad del todo) y me dije, venga, a ver lo de David antes de que se te pase el momento. Y la verdad es que, en efecto, he recuperado el día. Me voy a la cama no sólo contento porque David esté donde siempre quiso estar, porque la Orden haya mantenido una presencia en Kirigueti, sino también porque no sé en qué extraña medida, me siento partícipe de ello. Si saben lo que les conviene, no dejen de ver esa vida en estado puro.
martes, 08 de diciembre de 2009
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Seguramente habrá sido “por casualidad”, pero en el día de la Inmaculada, el cardenal de Los Ángeles, Roger Mahony, escribe en el NY Times sobre la reforma sanitaria en EE.UU: dejar fuera de la misma y del sistema de salud a los “ilegales” es inmoral. Seguro que sabe de lo que habla, ya que en L.A. el número de hispanos es enorme y seguramente el de “ilegales” o despapelados también lo sea, lo que, en cierto modo, les condena casi a morirse y, además, eso encarece el sistema de salud, qué paradoja. La verdad es que si eso pasa en EE.UU, qué no sucederá en la inmensa mayoría de los países en los que jamás se discuten las cuestiones de salud. En Europa, los servicios de salud funcionan, mal o bien, mejor o peor, son muy caros o mal administrados, quién sabe, pero al menos sabemos que, a ese respecto, no tenemos que preocuparnos por lo básico. En la inmensa mayoría del mundo, si uno enferma gravemente y no tiene enormes cantidades de dinero, es más que probable que pase al otro mundo en un decir amén. Y ¿quién clama en ese desierto? Seguramente voces que no oímos, por eso quiero detenerme en la de Mahony, al que sí se le escucha, porque, al fin y al cabo, para bien o para mal, lo que hagan en EE.UU acaba siendo un espejo en el que nos miramos todos.
viernes, 04 de diciembre de 2009
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Me he encontrado “por casualidad” con un texto del Aquinate en la Suma (I, q. 98, a. 2 ad 3, por si alguien quiere consultar la cita) en el que defiende la corporalidad hasta afirmar algo que a muchos les sonará raro: el pecado que nos separó de Dios distorsionó tanto nuestra vida emocional que la especie humana ya no disfruta bastante de los placeres sexuales. Hace bastante tiempo, me dediqué a investigar la idea de placer en Tomás de Aquino, y me sorprendió que era mucho más "contemporáneo" que muchos moralistas que estudiábamos en nuestra época de teología. Alguien me dijo una vez que la Orden se fundó, entre otras cosas, para enfrentarse a los dualismos. Seguro que hay cristianos dualistas, pero el dualismo no es cristiano: no hay un principio bueno y otro malo. No hay un Dios bueno que esté en lucha continua con otro diosecillo malo y cuyo campo de batalla sea el cuerpo. Los personalistas solían decir, en ese eslogan tan repetido, que el ser humano no tiene cuerpo, sino que es cuerpo. También en el paraíso (y seguramente en la gloria, por aquello de que toda protología es escatología) había y habrá deleite corporal, sólo que sin el desasosiego que le es inherente. Y me resulta muy iluminador ese texto, sobre todo en una época en la que, a ese respecto, se habla tanto y se dicen cosas tan raras (desde todos los frentes)…