Mientras viajaba, queria siempre disertar o hablar de Dios, o enseñar, leer u orar
Testigos de canonización
Blog de: Sixto Castro Rodríguez, OP

Hay pa'todos

domingo, 29 de marzo de 2009 | Hay 0 comentarios

Resulta que Freeman Dyson, un físico de los más importantes que seguramente andan paseando sus reales por este mundo de Dios, ha mentado la bicha y ha dicho algo que no ha sentado bien a los popes del cambio climático. En efecto, no es un quidam, es toda una autoridad, al menos en su campo, y sus palabras no tienen la misma repercusión que las del primo de Rajoy. Leyendo sus reflexiones he pensado un poco sobre toda la dogmática secular que nos meten por todos los orificios corporales, a base de bombardeos masivos e inmisericordes, con los que nos acostamos y nos despertamos, que nos acompañan en nuestro día a día y, cuando leemos en el excusado una publicación de más bajo nivel y relajante, por aquello de solicitar su ayuda para tareas tan humanas, también nos azoran. Lo mismo en el cambio climático, que al hablar del aborto, los condones, la jerarquía, el gobierno, Irak, Kosovo, el petróleo, las barbies (muñecas), las barbies (concursos de belleza), los famosos, el género, el sexo, lo epiceno… nos movemos a golpe de chillido y a golpe de eslogan. Cuesta leer libros en los que se van cociendo los menudillos de los argumentos, así que es más fácil estar atento a la voz de su amo. Y algunos que leen libros chillan desde la tesis que quieren defender, el otro día, sin ir más lejos, el filósofo Jesús Mosteirin, en el País y su famosa tesis de la bellota y el feto. Ah, Aristóteles, pero usado, también, para berrear proclamas. La cosa está caliente (cambio climático, ¿será por lo calentito de las sangres bufantes?), pero me apena la incapacidad de aceptar que quizá el otro tenga también algo de razón, incluso por parte de los que se autotienen por los más solidarios porque, supuestamente, son de las izquierdas de toda la vida. Ah, y si me he escorado políticamente (que no lo creo), ahí va la de arena: me he quedado gagá ante la loa que el suplemento del ABC “Alfa y Omega” dedica al cardenal de Madrid. Madre del amor hermoso, ¿qué fue? ¿A qué viene? No estaba yo acostumbrado a panegíricos y obituarios con el finado aún vivo. En efecto, hay para todos.



Loco por orden

martes, 24 de marzo de 2009 | Hay 1 comentarios

Acabo de leer una cosa que merece un comentario, porque se ve que las cosas que nos pasan no son de hoy, sino de siempre. A un tipo que, en el siglo XIX escribió una cosa que no le gustaba al zar de todas las Rusias, se le declaró “loco por orden del zar” (sic). La locura no es un estado que sobrevenga por un despiste o patinazo neuronal (o vaya usted a saber por qué), sino que es un castigo, una forma de ejercer el poder, como nos dirá Foucault. Hay quien tiene la capacidad de decir quién está loco y quién cuerdo. En ese caso era el zar. Ya los clásicos decían aquello de “quod deus perdere vult, prius dementat”. Para ellos era prerrogativa de los dioses castigar a uno haciendo que enloqueciese. Para el zar, ya era prerrogativa suya. Pero la cosa no es de ayer. Basta ver los debates actuales en temas políticos, religiosos, éticos… y ver cómo se trata de considerar que la razón del otro no es tal razón, sino una suerte de engendro para-humano que, por consiguiente, no debe ser atendido. Sorprende ver cómo los tertuliamos tratan de imponer sus pareceres por cualesquiera medios. El definitivo, sin duda, es mostrar que el otro no razona “como debería”. Así pues, por orden del “zar” (y aquí entra cualquiera que ejerza el poder, del tipo que sea) se declara loco al vecino. Y así, hasta la Stultifera navis, que por lo menos debía de ser divertida.

 



Bolonia

lunes, 23 de marzo de 2009 | Hay 1 comentarios

Menos mal que el periodista fue prudente, porque cuando uno se pone a largar por teléfono, ya no se acuerda de lo que dice y luego pasa lo que pasa. En efecto, el otro día firmé un manifiesto contra Bolonia, no porque la idea germinal del espacio superior europeo me pareciese mal (al contrario, me parece excelente que los alumnos y los profesores podamos movernos con libertad por Europa y nuestros títulos se convaliden, ¿a quién le puede parecer mal eso?). Pero una vez que uno se mete en la intrahistoria, en la gestión cotidiana de eso, se da cuenta de que quien lo está moviendo en este momento no tiene ni la más remota idea de lo que se nos viene encima. No, no me pongo pesimista. Al contrario. Simplemente veo que va a pasar aquello de Lampedusa: que todo cambie para que todo siga igual. No se engañe nadie, no –parafraseando a Jorge Manrique–, pensando que ha de cambiar lo que espera, mas que cambió lo que vio, porque todo ha de quedar de tal manera, jeje. Ojalá me equivoque y seamos capaces de desandar los pasos que se han andado bastante mal en la dirección en la que vamos, porque otra oportunidad para mejorar la universidad como ésta no será fácil que nos aparezca en un horizonte próximo.Ojalá me equivoque, insisto



Ade Noruz

viernes, 20 de marzo de 2009 | Hay 0 comentarios

Me hace saber mi amol Sudabee que hoy es día de Noruz, Ade Noruz, el primer día de la primavera y año nuevo persa. No tenía ni la más remota idea, pero me alegro de saberlo, sobre todo porque Sudabee me ha enviado unos enlaces a unas páginas web en las que se pueden ver cantos persas actuales y bailes persas de toda la vida. Y me llama la atención que, sin saber nada de cultura persa (más allá de dos palabras que la misma Susi me ha enseñado) puedo reconocer todo eso como “mío”. Entiéndaseme. Veo a una muchacha bailando y, sin saber ni qué canta el cantor, ni a qué responden los pasos de baile que da, reconozco su gracia en el moverse y reconozco –¡oh, gran descubrimiento!– que está bailando, que goza del baile como cualquier vallisoletano gozaría del mismo y que baila para alguien. ¡Qué cosa! Resulta que, a pesar de lo que afirman los que se empeñan en que nada hay en común entre los hombres de aquí y de allá, aunque en las manifestaciones exteriores seamos tan diversos, todas ellas se apoyan en nuestra común humanidad. Y por eso, cuando uno se planta, digamos, en Irán, los iraníes le muestran, antes de nada, su arte y no sus laboratorios de fusión nuclear (que esos siempre son los mismos en todas partes). Es clásica la aproximación a las artes en términos de “unidad en la diversidad”, “idem in altero o cosas por el estilo. Por eso me alegra la llegada del año nuevo persa, porque, aun que me quede tan lejos, también me dice algo de mí y, si supiera, bailaría como ellos ¡Feliz año nuevo!



Preservativo sí, no o todo lo contrario

jueves, 19 de marzo de 2009 | Hay 0 comentarios

He leído en el ABC (y no lo encuentro en su edición digital, para ofrecer un vínculo) las palabras del papa sobre el tema del preservativo y el sida. Y la verdad, no veo motivo para que se hayan puesto como se han puesto los que así se han puesto. No percibo que haya establecido una tesis científica (a lo mejor me equivoco) sobre si el condón previene las enfermedades de trasmisión sexual o no. Y desde ahí se le ha criticado, como si  hubiese establecido estadísticas o análisis biológicos o de la ósmosis del caucho. Otra cosa es la obsesión vaticana con el tema, pero no viene de ahora. Humildemente creo que el tema del preservativo no tiene nada que ver con el cristianismo, y es uno de esos asuntos que se tocan cuando se quiere abarcar todo, pero que en el tiempo que se dedica al habla cotidiana no debería ocupar más de una millonésima parte, y no más, porque, insisto, no tiene que ver ni con la fe ni con las costumbres (si entendemos costumbres en el sentido sensato). Que el matrimonio tenga que estar abierto a la reproducción no significa que cada vez que una pareja se acuesta tenga que dejar abierta la posibilidad de tener un hijo. Muchos cristianos así lo creen y piensan que cualquier medio que impida esa apertura constitutiva es pecaminoso. Muchos otros creemos que esa apertura constitutiva no tiene nada que ver con ponerse condón o no… Y ya estoy hablando más de lo que merece el tema… Pero es que cualquier periódico habla infinitamente más que yo, desde cualesquiera posiciones ideológicas que defienda. De lo que leí en el ABC del Papa pude entrever que lo que dejaba entender (y a lo mejor de nuevo me equivoco) es que, efectivamente, la cultura no se reduce a lo genital y que muchos, seguramente interesados, aprovechan nuestros momentos de tensión hormonal para convencernos de que eso es todo lo que hay. Y efectivamente, cualquier ser sensato se da cuenta de que hay muchísimas cosas importantes en la vida, y ninguna es todo lo que hay. Pero eso tiene poco que ver con usar preservativo o no. La cuestión es más amplia y desde ahí habrá que discutirla. Pero vamos –y es mi opinión y cualquiera estará en su derecho de disentir– preservativo sí o no, no es materia de fe (ni de costumbres). Y si hay algo en el Denzinger, se me ha escapado.



Aquinate y epojé (je, je)

miércoles, 18 de marzo de 2009 | Hay 0 comentarios

Nuestro tío el Aquinate dice esto en la Suma contra Gentiles (1, 6), para que nadie se confunda, ni los que acusan, ni los que recusan dar razón de su esperanza: “Huismodi autem veritati, cui ratio humana experimentum non praebet, fidem adhibentes non leviter credunt, quasi indoctas fabulas secuti”, es decir, quien cree no suspende su juicio (epojé, que le dicen) como lo hace en el caso de la ficción, en el que, voluntariamente, acepta suspender ciertas creencias, adentrarse en ciertos pensamientos y suscribir eso que los teóricos llaman el pacto ficcional. Hala, cuénteme, que bajo la guardia para favorecer la fruición. El ámbito de la creencia religiosa no es ficticio. Algunos se empeñan en que el cristianismo no se preocupa por la verdad, lo cual será lo que ellos han interpretado de las palabras de alguno por ahí, pero nada más lejos de la realidad. Ahora bien, no confundamos las cosas, que tampoco se puede dar el paso inverso y pensar que todo aquello cui ratio humana experimentum non praebet ha de ser creído. No, no, no. Las cosas suelen funcionar en una sola dirección y sólo las cosas que importan poco son las que, indistintamente, van en ambos sentidos, de acá para allá y de allá para acá. Y todo esto, ¿por qué? Pues por aquello de que gratia non tollit naturam. Desde luego que en eso que llaman la economía de la salvación Dios podría haber hecho lo que le hubiera salido del entendimiento (agente, paciente o perifrástico), pero es todo un detalle que ya que nos ha dado neuronas cuente con ellas para lo que fuese menester. Nada, que tenía el cuerpo de latinajos y todo lo que los rodea sobra, es decir, lean al Santo.

 



Optimismo... vamos, anda

martes, 17 de marzo de 2009 | Hay 0 comentarios

Discrepo de la terminología que se ha impuesto para calificar a nuestro presidente del gobierno. No sé por qué en todos los sitios se le llama “optimista antropológico”. Desde la burla que Voltaire hacia de Pangloss/Leibniz, a cualquiera que no quiera ver las cosas “reales” (ojo a las comillas) se le llama optimista. Y, que yo sepa, el optimismo tiene que ver con la esperanza, no con la ceguera… Y además, el optimismo, como toda creencia, tiene un trasunto ético, es decir, compromete a uno a hacer que las cosas, en la medida en que uno pueda, sean como espera. Por eso me fastidia que se confunda optimismo con ejercicio del poder. Los clásicos pensaban que el poder venía de Dios y, en esa medida, tendría alguna justificación. Contemporáneamente hemos aprendido que, venga de donde viniere, el poder sólo busca perpetuarse. Y de ahí no se siguen optimismos ni pesimismos, simplemente acciones muy pragmáticas que sólo buscan eso, la continuidad de los que están. De modo que no me cuenten la milonga de que un presidente es optimista. Lo será en su casa mientras desayuna, pero no mientras le lee la cartilla a un gurú de la economía que, de seguro, se echó las manos a la cabeza al escuchar a aquel en cuyas manos estamos. ¿Contra el gobierno? Cuando lo hace mal, sí. Y si no lo ha hecho mal, no sé qué tendrá que pasar para que se demuestre que así ha sido. Cuando gobiernen los otros, también a por ellos. Les irá en el sueldo.



Genealogías

domingo, 15 de marzo de 2009 | Hay 1 comentarios

En realidad es una estupidez supina, pero no deja de ser un índice de por dónde van las cosas en este mundo en el que, si bien todos claman por la igualdad, en cuanto pueden, los que pueden, se suben al carro de la diferencia ostentosa y, si es posible, inalcanzable para los demás. Porque, ¿qué sentido tiene que a nuestra futura reina, Leticia, con z o con c, qué más da, si suena igual, le hayan buscado un ancestro real? Si se mira con un poco de detalle, se verá que, con casi la misma probabilidad, cualquiera de nosotros provendrá también de algún rey, de antes o de después. Lo que pasa es que nadie que no tenga mucho tiempo disponible se pondrá a rebuscar en las ramas de la historia para mostrar al mundo que su antepasado en no sé qué generación previa era rey, reina o monje trapense. ¿Qué más da? Da, claro que da. Y eso no hace más que demostrar en qué chorradas uno pone su propia existencia, en qué la cifra y en qué la basa. Hace tiempo oí comentar, en un programa divulgativo de historia, que la mitad de la población (creo que asiático-europea, pero no nos vamos a pegar por cuestión de números ni de lugares) procedía de Gengis Khan, que debió de ser tan prolífico como luego hubieron de serlo sus sucesores, lo que me lleva a concluir que tengo un 50% de posibilidades de proceder del señor que asoló medio mundo. Y si no, en cuanto siga hacia atrás, ya encontraré otro, sin duda el mismísimo Adán. Y ¿qué nos va a ti y a mí?, que le decía Jesús a su madre en Caná. Pues a nosotros poco, pero las instituciones necesitan cada vez más legitimación, en los tiempos que vivimos… Mas creo que el hecho de que cualquiera proceda de Favila, o del oso que lo mató, tanto le debería dar. Vamos, pienso.  



Gafas sofísticas

viernes, 13 de marzo de 2009 | Hay 1 comentarios

Me he dado cuenta estos días, con motivo de unas gafas nuevas que me he puesto, de que yo, que me veo todos los días igual (y sólo mediante el recurso a fotos del año de la pera puedo constatar mis transformaciones físicas: canas por aquí, pelos por allá) me fijo más en ellas que en otra cosa. Un montón de personas con las que me cruzo, por diversas razones, todos los días, ni se han dado cuenta de que me las había cambiado, precisamente porque –cabe suponer– prestan atención a la presencia y no a los detalles. Es muy común –dicen– que la pareja de uno va a la peluquería y el tal uno no se da cuenta del hecho hasta que la pareja le hace caer en la cuenta, aveces casi a modo de recriminación. Pero eso es, en realidad, un piropo: lo que cuenta es la presencia, lo demás es puro accidente. Pues así las cosas, unos me dijeron que las gafas eran propias de un filósofo nihilista postmoderno y otros que eran del siglo pasado. ¿Acaso no es lo mismo? Azorín decía aquello que suena tan bien de “vivir es ver volver”, lo que dicho en terminología de Salus Mateos OP, puede transcribirse como “novedades Eloína”. Esta mañana en clase les hablaba a los alumnos de la semejanza más que sospechosa entre la sofística y la postmodernidad: nuevas caras para un problema de siempre. Y así podemos hacer con genes egoístas y voluntades schopenhauerianas, y voluntarismo medievales y más atrás aún. Por supuesto que existe la novedad, claro que sí. Pero cum moderanime, alma de Dios, que alaridos (últimos) lleva pegando todo el mundo desde que el mundo es mundo o, al menos, desde que los que lo poblaban empezaron a ponerse gafas.



Luces táctiles

martes, 10 de marzo de 2009 | Hay 1 comentarios

En un periódico, en que que, de vez en cuando comentan una película, hoy le ha tocado el turno a una de las más grandes, sin duda: “Luces de la ciudad”, de Chaplin, una película bien hecha por las cuatro causas, que es comedia, drama, tragedia, es todo, un tratado del buen hacer cinematográfico (sin ninguna nominación al óscar, dicho sea de paso). Ahora bien, de todo lo que se podría resaltar, que es mucho, a mí siempre me ha llamado la atención la escena del reconocimiento (no voy a desvelar del argumento más de lo imprescindible): la vendedora ciega que siempre había tenido connaturalidad con el tramposote Chaplin por el tacto, aun –como Job–, cuando le han visto sus ojos, de nuevo es el tacto el que posibilita el reconocimiento. En la tradición filosófica ha habido, desde siempre, dos sentidos superiores: la vista y el oído (por ese orden). Los demás han quedado un tanto relegados… Pero el tacto es fuente de la vida. La madre y el niño se comunican por el tacto, son un alma en dos cuerpos, como decía San agustín de los amigos, precisamente gracias al tacto. Cosme Puerto –le cito de nuevo, pues aunque nunca se ha dedicado a la filosofía profesionalmente ha hecho más filosofía que muchos que llevan años repitiendo una cantinela monótona y monocorde– nos subrayaba en sus cursos la importancia del tacto (los filósofos lo llaman lo háptico, que queda más fino). ¿No ha sentido la imperiosa necesidad de tocar las obras de arte de los museos? Muchas se hicieron para eso (seguramente todas las esculturas de santos), pero la institución museística no nos deja, so pretexto de que se dañan. No sé si el pretexto vale mucho. De lo que no dudo es de lo contrario, de que la vida sin tacto perdería gran parte de su grandeza. Miren a Chaplin.  



Siempre me ha gustado Eastwood, ¿es grave?

domingo, 08 de marzo de 2009 | Hay 1 comentarios

Ahora es fácil decirlo y no tiene ningún mérito. Habitualmente, los que se rebelan contra el pensamiento único desde las páginas de los periódicos, consideran que ese pensamiento es “el de los otros”, el suyo no, el suyo es “el distinto”. Y por eso ahora es fácil decirlo… ¿El qué? Que a uno le gusta Clint Eastwood. La intelligentsia (Dios los confunda) le ha puesto sobre su cabeza todos los epítetos posibles: fascista (recuérdese Harry el sucio), inexpresivo (recuérdense sus spaghetti-westerns) y demás perlas. Pero, no se sabe por qué causa, ahora es un ser divino. Y la gracia es que ahora podemos ver sus películas sin tener que subirnos los cuellos de la camisa para que no nos reconozcan al salir del cine esos guardianes de la ortodoxia, que ríase usted del Malleus Maleficarum. Hoy viene una espléndida entrevista en el semanal de El Mundo,  la cual, si cabe, anima aún más a seguir viendo todo el cine que haga. Porque el problema no es si sus películas anteriores, primerizas, segundonas o terciarias, eran buenas o no. Simplemente, la corrección impuesta por los orates de la vulgaridad nos impedía verlas. Y así pasa con infinidad de cosas. El gusto clasifica al clasificador, afirma Pierre Bourdieu. ¿Hasta cuándo estaremos sometidos a esta atroz tiranía? Y de esos polvos, estos lodos, a saber, que en una conversación en la que hay que mantener las falsas formas (es decir, donde no hay la suficiente confianza como para decir lo que realmente se piensa) uno no puede hablar ni de su religión, ni de su orientación política, ni de sus gustos (si no son los bendecidos por la clase “dominante”). Otras cosas sí, conviene cacarearlas. Por mí les pueden dar tila, que me seguirá gustando.. (perdón, aquí no puedo decir el qué)

 



El hijo de Rambow

domingo, 08 de marzo de 2009 | Hay 0 comentarios

He acabado (casi) de traducir una obra que usa un lenguaje un tanto arcaico…, vamos que no me sirve, como dice un buen amigo, para salir a ligar (ni para pedir la cena, añado yo). Mas sí, sin duda, para meterme un poco en la cabeza, un tanto tortuosa, de gentes que vivieron en otros tiempos y que, bajo la apariencia de discutir cosas anodinas (si esta coma va aquí o allá, si este texto está corrupto o no) andan detrás de lo que todos andamos: las mismas preguntas, las mismas cosas, la cultura bien entendida, vamos. Y acabada esta cosa, mi cabeza me pedía pausa, tiempo muerto, un paréntesis (salir de la tesis, ¿no es así?) y he visto la película, deliciosa, El hijo de Rambow. Sí, sí, lo que suena, aunque no esté bien escrito, la historia de unos niños que quieren hacer una peli sobre el hijo de Rambo, que quiere rescatar a su padre. Dicho esto, dicho nada. Conviene verla, por cómo nos presenta, sin grandes pretensiones, la pugna entre el individuo y la comunidad totalitaria, si cabe, más sobre los niños, los anhelos heroicos que todos albergamos, la esperanza de redención, qué sé yo. Y además, no hay ni un solo actor malo y, por supuesto, ni un solo actor conocido (creo). Lo que demuestra mi tesis: no necesitamos para nada realmente importante a los que desfilan por las pasarelas. Los necesitan otros, sí, pero que tienen que ver con lo para-artístico más que con el arte tal. Menos superestrellas y más actores de calle (gran metáfora para la vida en su conjunto).



Bien acompañados, si bien solos

miércoles, 04 de marzo de 2009 | Hay 1 comentarios

Me gusta la expresión freudiana esa de “matar al padre” por la fuerza que tiene y por el juego que les ha dado. Que si el padre para arriba, que si el nombre del padre para abajo… Hasta donde sé, el padre representa la figura autoritaria, la imagen encarnada de la constricción personal que supone la ley social (moral, ética, política, el super-yo y todas esas cosas). Y algo de verdad tiene, pero creo que, al menos como yo lo interpreto, novedades las justitas. “Matar al padre”, por seguir usando la consabida cantinela, para mí sólo significa darse cuenta de que nadie de los que están por encima sabe, puede y vive mejor que nosotros. Que ni el profesor es una excelencia, ni el presidente del gobierno sabe más, ni el juez, quizá, tenga más sentido de la justicia que uno mismo. En definitiva, es asumir la propia soledad (en el espléndido sentido boeciano de individua substantia), que no es sino la radical responsabilidad de cada uno para consigo mismo y el otro. ¿Levinas? Sí, claro, pero también Kant y su imperativo de autonomía. ¿Kant? Sí, claro, pero también Tomás de Aquino y su llamada al primado de la conciencia. ¿Tomasete? Sí, claro, pero también San Agustín y su “ama et fac quod vis”. ¿Agustín? Sí, claro, pero también la regla de oro del Evangelio. Y si aceptamos a san Justino y sus semina verbi, sólo hay que buscar para darse cuenta de que el entós susurrante (con permiso por apropiarme del alias de mi comentadora) siempre ha estado ahí. Me vienen a la mente los juicios de Nuremberg, donde parte de los acusados (que hubieran podido ser cualesquiera otros) se escudaban en que sólo cumplían órdenes. Los viejos del lugar solían decir en los conventos aquello de “el que obedece, nunca se equivoca”. Emilio G. Estébanez decía: “el que obedece, siempre se equivoca”. Delegar la responsabilidad es delegar la autonomía, la conciencia, la caridad y la propuesta evangélica. Estamos solos, sí, pero tan bien acompañados…



Las folías

domingo, 01 de marzo de 2009 | Hay 1 comentarios

Hay muchas melodías eternas, imperecederas y que por las razones que sean se clavan en nuestra memoria y ya nunca desaparecen. Una de ellas, que acabo de escuchar de nuevo por unas de esas casualidades que nunca son casuales, son las Folías de España, tema sobre el que se han inspirado infinidad de compositores. Las he escuchado en varias versiones, con instrumentos diversos (y tengo la suerte de haberlas tocado alguna vez, lo que me recuerda aquel verum-factum de Vico, pero eso queda para otro día). La belleza de esta pieza, como de cualquier otra semejante, es inexplicable, así de rotundo y de redondo. No hay principio matemático, genético, evolutivo o histórico que la pueda explicar. Cualquiera de estas piezas, de belleza espectral, que nos transporta y nos conmueve (¡cuánto hace que el arte olvidó eso, ay!) es una posibilidad de apertura. Mi amigo Joaquín Esteban dice que la cultura occidental es un continuo tapar agujeros: no hay nada que podamos dejar tintineante… En cuanto vemos que algo se menesa, sin más, le plantamos un parche, un  concepto, una teoría que lo abarque… Mas las Folías (o algunas fugas, sonatas, etc.) nos ponen al borde del éxtasis (de la salida de nosotros mismos hacia, ¿dónde?). Y cuando uno pone sus dedos sobre un teclado, unas cuerdas… se produce algo mágico, sin duda espiritual. Y uno se pregunta cómo alguien se empeña en reducirlo a algo distinto de sí mismo, como si nos diese miedo disfrutar los regalos que se nos hacen y tuviésemos que destriparlos como hacíamos con los juguetes cuando éramos niños, para ver, finalmente, que el interior, las piezas, no dicen nada del juguete. Mira por dónde me ha salido aquí un juego de juguetes e instrumentos (todos se juegan, jouer, play, spielen…).