Blog de:
Sixto Castro Rodríguez, OP
Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
domingo, 28 de febrero de 2010
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Lo que tiene no acceder a Internet siempre y en todo momento es que no se puede escribir el blog cuando uno quiere. Pero eso tiene la ventaja de que así se escribe de lo que uno recuerda como sorprendente o llamativo y no de lo que el momento parece que le urge a registrar. El otro día, en un vuelo, cuando el comandante hizo el comentario de rigor, ya saben, altura, velocidad de crucero, temperatura exterior (supongo que la referencia a los -50º del exterior será para dar una nota exótica o para impactar a los viajeros, porque, la verdad, utilidad no tienen ninguna…, pero, ¿ha de tener todo utilidad? Quizá baste con estremecerse con esos guarismos), dijo, más o menos textualmente, “llegaremos a nuestro destino, si Dios quiere, a las…” Y me hizo mucha gracia, pues lo que uno espera es que la información del piloto sea aséptica, fundada quizá en las leyes de la física y en la confianza en la técnica aeronáutica y en la solidez de los materiales. Y uno dirá: bah, es sólo un modo de hablar. Sí, claro que es un modo de hablar, pero no es sólo un modo de hablar. Perfectamente podría haber dicho “llegaremos a las dos” y el contenido informativo habría sido el mismo. Pero ahí es donde entra el matiz del modo de hablar. Si Dios quiere, Deo volente y cosas semejantes no tienen por qué indicar superstición o que uno sufra un trastorno obsesivo compulsivo. Casi siempre suelen dar a entender un profundo respeto por lo real y por lo que le da ser. Sí, si nada falla, si el avión vuela, si las leyes de la física no se suspenden, si el motor derecho no se incendia… en el fondo, si Dios quiere.
sábado, 20 de febrero de 2010
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Parece ser que estas fechas cuaresmales se vivían tradicionalmente con mucho recogimiento, supongo que interior, pero, a tenor de los ritos y recuerdos que han llegado hasta nosotros, también exterior. Parece que la conversión hay que proclamarla, en un ámbito penitencial, rodeada de una atmósfera sombría. Ciertamente los profetas se ponían bastante apocalípticos, sobre todo cuando veían que clamaban en el desierto y que a los oyentes lo mismo les daba ocho que ochenta. Mas quizá su tono venga del malestar provocado por la falta de respuesta, por la sensación de que lo que uno hace o dice no sólo no sirve para nada, sino que pone a uno en la situación de ser el incordio constante. Mas quizá quepa otra opción: se puede llamar a la conversión de la manera más alegre posible (sí, algunos equiparan alegría con superficialidad, frivolidad o indiferencia, lo cual en algunos casos será cierto, pero no cabe la generalización, y menos en términos evangélicos). Así lo hace una pieza de Gounod, la Gallia, que solíamos cantar en el coro de la Pontificia de Salamanca, y que aún me pone los pelos de punta cuando la escucho. Jerusalem, Jerusalem, convertere ad Dominum Deum tuum. Puede decirse esto mostrando contrición o puede decirse con la alegría del contrito que espera mucho. Así lo hace Gounod y así lo vivíamos nosotros al cantarla, con nuestra solista que se destacaba con una belleza brillante por encima del coro. Y como en el ejemplo que pongo aquí, tampoco nuestro pianista acompañante conseguía acabar la pieza. Es imposible, porque la belleza nos atrapa. Así que, en efecto, como Jeremías, toca lamentarse, pero con la conciencia de que el lamento no se agota en sí mismo sino que apunta a la nueva Jerusalén, a la novedad total de todas las cosas.
miércoles, 17 de febrero de 2010
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Miércoles de ceniza, hoy, 17 de febrero. Curiosamente hace 410 años que Giordano Bruno, dominico, autor de La cena de las cenizas, fue reducido a ídem en Campo dei Fiori. Todo son coincidencias que nos recuerdan las dos cosas que se dicen (o decían) al imponer la ceniza: conversión (porque siempre hay algo de lo que arrepentirse y quien diga lo contrario, que tire la primera piedra o, simplemente, como dice el chiste, es que no se ha dado cuenta de la gravedad de la situación) y memento de que pulvis es, que no hacía falta que los filósofos existencialistas se pusieran tan serios, que ya lo sabíamos hace tiempo… aunque a veces parece que lo olvidamos. El carácter temporal de la existencia humana da sentido a cada una de las acciones, que tienen lugar en un tiempo que ya forma parte de su ser, es decir, que no pueden posponerse indefinidamente. ¿Cómo sería la vida del inmortal? Desde luego, con una completa diferencia (en el sentido de diferir) de todo, sin ningún peso temporal que anclase los actos, las decisiones en la historia, como anclado está el Credo con esa mención a Pilato. La temporalidad, que nos recuerda la ceniza de hoy, como signo, nos dice que la conversión y la “pulveridad” van de la mano. ¿Cambiaríamos algo en un mundo sin instantes privilegiados por ser únicos y limitados? Desde luego, tal mundo no sería humano, quizá post-humano o super-humano, quién sabe. En todo caso lo que la ceniza simboliza, entre otras muchas cosas, es que los instantes de nuestra vida son todos instantes de conversión. De nosotros, seguramente, depende de que esa conversión sea a más humanos.
lunes, 15 de febrero de 2010
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Vaya preguntita, qué pasó después. Pues, como en el poema de Cervantes, fuese y no hubo nada. Una cosa es ser más o menos apologeta (aunque esta palabra suena tan mal hoy… recuperemos el sentido que tenía en los Padres, por favor, que evoca, entonces, algo razonable y hasta necesario) y otra cosa es convertir. Santo Domingo era Santo Domingo y dudo que el tabernero se convirtiese sólo por los razonamientos de N.P. Nadie cambia de vida por razonamientos, sino que una vida se cambia por otra vida infundida. Von Hildebrand se convierte al catolicismo nada más y nada menos que tras años de contacto con Max Scheler (que algo más que discursos fenomenológicos podría esgrimir); otros tras una experiencia estética o religiosa intensa. San Pablo alcanza nueva luz después de que la luz nueva le golpee. Hay múltiples carismas, y no es el mío el de convertir a nadie, me temo, como tampoco son tantos otros. Tampoco yo me convertí a su fe por el discurso que me soltó: sus argumentos eran poco convincentes, ésa es la verdad, pero su vida seguramente lo era más. Ahora bien, el proceso de conversión, sea hacia donde sea, siempre es largo, aunque pueda tener su cénit en un momento de despojamiento. Las Vitae fratrum y otras narraciones semejantes nos cuentan siempre el instante de cambio, la “peripéteia” de la que hablaba Aristóteles, el momento en que todo cambia, después, quizá, de que nada haya cambiado. No, no convertí al gruísta, ni el a mí. Pero seguro que ninguno de los dos salió como había entrado del encuentro.
jueves, 11 de febrero de 2010
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Ayer coincidió que un antirrobo del coche, un aparato que bloquea la dirección, de cuya existencia no tenía la menor idea, se estropeó. Así, sin más, de modo intempestivo e inopinado. En el mundo electrónico en el que vivimos, ese bloqueo imposibilitó el arranque del coche (ah, cuánto eché de menos los coches de antes, que se arrancaban simplemente empujándolos y metiendo la segunda). Pues bien, hube de llamar a la grúa, llevar el coche al taller… vamos, lo habitual en estos casos. Coincidió que el operario gruísta me preguntó si era profesor de la universidad (ya que es allí donde me vino a recoger), y de qué y patatín y patatán, lo que se suele hacer para entablar una conversación con quien vas a compartir cabina por un espacio de una hora. Ah, filosofía, interesante. De ahí, al sentido de la vida y de éste a la cuestión de Dios. El buen hombre aprovechó para catequizarme. Al principio del diálogo-monólogo (como los diálogos de Platón, donde en contrincante de Sócrates poco más dice que “sí”, “realmente”, “¿cómo podría ser de otro modo?” o el famoso “por el perro”) me apercibí de que era cristiano, pero sólo después de un rato de que no era católico. Enseguida averigüé a qué confesión pertenecía, no me fue difícil, y cuanto más tiempo pasaba más claro se veía, pues de las consideraciones generales fue pasando a las particulares y concretas. No sé decir si en lo esencial sus apreciaciones coincidían con las católicas. Quizá sí: la concepción de Dios como amor, que cuida de sus “criaturitas” (término que repitió en una miríada de ocasiones), el plan de Dios sobre la humanidad… Pero hay otras que están bastante alejadas: Jesús como primera criatura, que no es Dios (bien arriano que suena esto), casi como un eón que coexiste con el Padre, el espíritu como la fuerza de Dios, y este “sistema de cosas” ordenado y regido por el espíritu del mal, un poder no semejante a Dios, pero casi, que por lo menos le planta cara. Si a esto añadimos una lectura ultraliteral de los pasajes bíblicos, todo eso daba lugar a un cóctel difícil de digerir. Pero no era eso lo que me daba que pensar. Al contrario, la pasión que este hombre ponía en contarme cómo percibía que la vida tenía un sentido, lo cual le hacía inmensamente feliz, me hizo pensar en la necesidad de raíces que todos tenemos y en cuán feliz se vuelve un hombre cuando piensa que las ha encontrado. No sé si los católicos se nos ve esa sensación de redimidos en la cara. Ojalá fuese así, aunque no tengamos por qué contarlo a tiempo y a destiempo.
domingo, 07 de febrero de 2010
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Una vez que el maestro Eckhart pasó a mejor vida, 28 de sus tesis fueron condenadas por Juan XXII (18 como heréticas y once no tanto, pero con unas notas de sospecha). Les sonaba a panteísta o incluso a algo más complejo, a nihilista antes de tiempo: Dios mismo se podía identificar con la nada. Y sin embargo, independientemente de las simpatías que hoy suscita, que son muchas, nunca ha dejado de tener influencia en el pensamiento filosófico y teológico. Hay diversos movimientos que acuden a este dominico del siglo XIII-XIV y le citan como criterio de autoridad. Leerle hoy es apasionante, pero no puedo siquiera imaginar que habría supuesto para un lector de su época escuchar esas palabras tan sorprendentes, chocantes hasta para los que creían haberlo visto y oído todo. La bula In agro dominico, si bien reconocía que la intención de Eckhart no era apartarse de la Iglesia, condenaba sus tesis de sabor neoplatónico, al entender que Eckhart afirmaba que todo era equivalente a Dios, una especie de Deus sive natura spinoziano con muchos siglos de adelanto. Pero si lo entendemos en clave tomista y paulina –todo está en Dios– la cosa cambia. No sé si cabe esperar una revisión de la condena de Eckhart, tampoco tiene mayor importancia, ya que las cosas de los hombres entre los hombres han de arreglarse. A mí me gusta leerle de vez en cuando. Y este enlace, por si alguien quiere profundizar en el tema.
sábado, 06 de febrero de 2010
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En España tenemos un presidente que no nos lo merecemos. Después de su (hu-)ida a hacer las Américas y a rezar en Washington se han desatado la batalla prensil (de la prensa) entre los que le vituperan y sus corifeos áulicos. Entre los primeros está Juan Manuel de Prada que hoy, en el ABC, le llama de todo menos bonito. Entre los segundos, J.J Tamayo, que, en El País, ve en ese discurso una continuación de la tradición de Lévinas, lo cual es mucho ver (es lo que tiene la sobreinterpretación, como sucede en gran parte del arte contemporáneo: sin ella, las naderías y mindundeces permanecen como naderías y mindundeces, luego, por lógica, lo que es la obra de arte es la interpretación). No sé qué es una lectura laica de la Biblia a la que se refiere este buen señor, porque en la Biblia, por suerte o por desgracia, la construcción de humanidad no se hace sua sponte, sino porque detrás hay un origen común, una raíz, un suelo (Dios, por si alguno no me entiende). Todo eso que leyó el presidente de dar el sueldo, pagar el salario y todo lo demás, como acoger al inmigrante, liberar a los esclavos, se hace por una razón que no es el contrato social, el pacto entre individuos, la manifiesta bondad paternal del estado ni la naturaleza genética común… Es porque la fraternidad es previa a la decisión de los individuos, los estados o las instituciones. Nacemos en ella, y eso, así creído, postula un suelo común. Por eso me parece inadecuada la lectura de Tamayo cuando dice: “el comentario del presidente me parece todo un ejemplo de lectura laica de las Escrituras judías en clave de liberación, en perspectiva humanista y en el horizonte de la utopía”. Suponiendo que él sepa qué demonios es eso de una lectura laica de las Escrituras (supongo que se referirá a una lectura del mismo cariz que la que yo puedo hacer de las Metamorfosis de Ovidio), no creo que sea la propietaria de la liberación, el humanismo (entendido como defensa de lo humano, supongo) y la utopía. Si, por poner un ejemplo, el Magnificat es revolucionario, como se decía en mis tiempos, lo es porque es, ante todo, una proclama religiosa en la que Dios actúa de una determinada manera. Si le quitamos esta dimensión, no pasa de ser una poesía hermosa… pero, como he defendido en algún lugar, el arte, en general, no cambia nada, a pesar de que las páginas de cultura de los periódicos nos den la barrila cotidiana con la idea de transgresión y subversión. No sólo es que no cambie nada, sino que, la mayor parte de las veces, conserva determinado status. Lo dicho, voy a ver si recuerdo cómo hacer una lectura creyente de la Biblia para que las cosas cambien.
jueves, 04 de febrero de 2010
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Continúo lo del otro día, ya que parece que una vez que se le hinca el diente a estas realidades que suelen aducirse como paradigma del mal, hay que aprovechar la tesitura. Resulta que no hay nada que la sociedad haya inventado y que se parezca, siquiera de lejos, al ritual católico de difuntos. La parte que reza: “Al paraíso te lleven los ángeles. A tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba y, junto con Lázaro, pobre en esta vida, tengas un descanso eterno” es, simplemente, insuperable (y si se dice en latín, y se canta, ya ni te cuento). Y no sólo es el elemento estético, sino que es la firme convicción (nótese que esta expresión la suelen usar los políticos que no están convencidos ni de su propia existencia) de que lo que rezamos en el credo, la comunión de los santos, es una realidad profunda. ¿Por qué rezamos por el difunto? ¿Por qué le acompañamos? Por esto, por dar cumplimiento a nuestra parte en esa comunión. Sí, claro que la muerte es un mal. Y no sabemos cómo comportarnos ante ella, a veces ni siquiera cómo dar el pésame a los deudos. Pero esencial al cristianismo es la convicción, la creencia de que “llevado a los hombros del Buen Pastor” el camino continúa para el que se va, y que, con todo el dolor, le decimos un “hasta la vista”. Ya sé que en el mundo en que vivimos esto suena a ñoñería (en términos de calle) o a “inautenticidad” (en términos heideggerianos). No me importa lo más mínimo a qué suene o deje de sonar. ¿Acaso el que me llama ñoño o el mismo Heidegger tenían creencias más sólidas al respecto que las mías? Ni hablar del peluquín. In paradisum deducant te Angeli; in tuo adventu suscipiant te Martyres, et perducant te in civitatem sanctam Jerusalem. Chorus Angelorum te suscipiant, et cum Lazaro quondam paupere aeternam habeas requiem. Seguro que así será, y con Fauré, lo pregusto.