Los dominicos somos hombres y mujeres de la Palabra
Cap. Bogotá n. 45
Blog de: Sixto Castro Rodríguez, OP

La incertidumbre

martes, 29 de junio de 2010 | Hay 1 comentarios

Un artículo muy interesante en la edición en español del Wall Street Journal nos habla, a partir de la crisis económica, de la imprevisibilidad del futuro. La costumbre nos lleva a suponer que lo que ha pasado, lo que sido, volverá a pasar y a ser. La ciencia se presenta, aunque no lo sea, como determinista. La economía predice (aun cuando se equivoca) y la estadística nos dice lo que sucederá con un alto grado de probabilidad. Pero –y aquí está el quid de la cuestión– el que algo sea muy improbable no hace que sea imposible. El articulista pone un espléndido ejemplo: ¿cuál era la probabilidad de que dos aviones se estrellaran contra las Torres Gemelas en menos de una hora? Infinitesimal, seguramente despreciable en el cálculo de sucesos posibles, y mira tú por dónde. Por supuesto que los políticos, publicistas y demás gente que vive a golpe de encuestas se encuentran sobre su mesa con medias, modas y medianas para tomar decisiones que respondan al sentir de la opinión pública. Pero, luego, la realidad demuestra que la opinión pública no es tan compacta como parecía ser, de hecho, casi nunca lo es, en la medida en que nunca se oyen todas las voces y frecuentemente sólo las que gritan más alto o tienen un taburete mejor en el que subirse. Así pues, dado que la incertidumbre parece haberse instalado en nuestras vidas, ¿por qué no cambiarla por el riesgo? Siempre es preferible éste, que puede llevar a algo, mientras que aquella, casi por definición, es un acantonamiento angustioso en la espera de lo que pueda suceder. Quizá se estrellen dos aviones de nuevo, quizá se hundan las bolsas o quizá renazca la gripe porcina. Quizá. La incertidumbre es un estado que se puede cambiar por cualquier otra acción, aunque sea el pataleo. Es un comienzo.



Pregón de sustitución

viernes, 25 de junio de 2010 | Hay 1 comentarios

Hay determinadas funciones que han cambiado completamente en su sentido, hasta el punto de que algunas de ellas no puede cumplirlas nadie, mientras que otras puede cumplirlas cualquiera. Entre estas segundas hay una que me llama la atención: pregonero de las fiestas (especialmente de los pueblos, villas y conurbaciones donde más o menos todo el mundo sabe algo de todo el mundo). En mi pueblo han elegido como pregonero de las fiestas a un famoso exjugador de baloncesto, un tipo divertido, con el que yo me hice una foto cuando tenía 10 años y parecemos, obviamente, la i y el punto. Un tipo majo, ciertamente, pero que podría haber sido sustituido por cualquier otro de su nivel (entendiendo por nivel lo que se quiera: fama, presencia pública, desparpajo, qué más da). Una campaña en el Facebook trató de postular a una persona que no sólo hizo mucho por el pueblo, sino que es bien querido por la mayoría, pero, vaya, seguramente no daba el perfil de lo que querían los regidores municipales (por cierto, ¿alguien se ha parado a pensar la cantidad de arbitrariedades que se recogen en esa expresión “perfil”?). Este último, quizá por su carácter particular, y por sus características únicas, no hubiera podido ser sustituido por nadie. Si el jugador de baloncesto casca, por la razón que sea, podrá ser sustituido por cualquiera. En la sociedad en la que más se habla del respeto a la individualidad, cada vez se impone más un marco estandarizado en el que cualquiera es sustituible por casi cualquier otro. Y eso me lleva, en pleno verano, a recordar la peli “Qué bello es vivir”, uno de cuyos mensajes navideños es que cada quien es insustituible.Con este calor, y me viene a la mente un paisaje nevado...



The golden legend

martes, 22 de junio de 2010 | Hay 2 comentarios

En el Babelia de este pasado fin de semana venían un par de artículos sobre un tema que me apasiona: las falsificaciones y malas atribuciones en el mundo del arte. Me resulta especialmente interesante porque nos aboca a cuestiones ontológicas, a cuestiones de qué es algo y, con ello, nos meten de lleno en innumerables ramas de la filosofía. Algunos de mis lectores dirán que estas cosas sólo nos interesan a los filósofos, mas diciendo eso no pueden estar más equivocados, porque a todo el mundo le interesa el qué. De hecho, basta con penetrar lo más mínimo en el contexto de cualquier discusión, por anodino que sea el tema, para percibir cómo uno y otro contendiente se dan, a modo goyesco, garrotazos ontológicos: es que lo que tú afirmas no es (tal o cual). Pensar en términos filosóficos no le hace a uno más listo, como pensar en términos estéticos no le hace a uno más guapo o en términos éticos, más bueno. Simplemente le permite ver la dificultad de las cosas que, en la actitud natural y cotidiana, parecen fáciles, evidentes e indiscutibles.

Pues bien, en ese mismo articulillo aparece citada una obra en inglés que curiosamente es de un dominico del siglo XIII que no hablaba inglés: The Golden Legend.  Quien redactó esta información debió de inspirarse simplemente en el catálogo de la exposición y no se percató de que esa leyenda dorada es la Legenda aurea de Santiago de la Vorágine, es decir, que no sabía muy bien de qué estaba hablando. Sospecho que en un periódico alemán nunca se les hubiese colado ese fallo extraño, porque lo que dice es correcto, pero evidencia un error que hubiese sido objeto de censura en un ámbito escolar. Y eso me lleva a la reflexión de lo inermes que estamos ante el inmenso caudal de noticias cuyo contenido sólo nos suena. ¿Qué sé yo si el periodista sabe de qué habla cuando especula sobre mercados financieros, los escándalos de la banca Ambrosiana o la teoría de cuerdas? Luego no conviene tomarse tan en serio lo que, negro sobre blanco, tiene, ante todo, la urgencia de aparecer todos los días.



El sentido

sábado, 19 de junio de 2010 | Hay 1 comentarios

La pregunta por el sentido está de moda entre los filósofos… y entre la gente de la calle. En las conversaciones cotidianas todo el mundo se pregunta por qué sentido tiene un hecho, sobre todo si el luctuoso o desconcertante. Solemos pensar que  lo alegre, festivo tiene sentido por sí mismo y no remite más allá de sí. Pero no se da sin más esta tesis. El sentido parece que, en cuanto tal, apunta. En todo caso, ¿tiene sentido la vida? Un libro reciente de Susan Wolf, Meaning in life and why it matters, sostiene que el sentido no se identifica con la felicidad ni con la moralidad. Una vida puede ser moral y no tener sentido o puede ser feliz y carecer del mismo. El sentido, para ella, radica en el encuentro de la atracción subjetiva con el atractivo objetivo, es decir, en el compromiso amoroso con algo que es mayor que uno mismo, cuyo origen no está en uno mismo. Por supuesto que esto supone postular cierta objetividad en el valor. Pero eso implica afirmar también, que hay vidas infelices que tienen sentido y, a la inversa, vidas felizmente vividas que carecen por completo de sentido. Y, en apariencia, aun cuando todos aspiramos a la felicidad, ¿no estaremos más bien llamados al sentido? Me suena bastante al sermón de la montaña.

 

 



La palabra potente

jueves, 17 de junio de 2010 | Hay 1 comentarios

Y esa es la potencia de las palabras, que ponen paz donde antes sólo había desorden. A veces, basta con poner nombre a algo para desactivar su potencial destructor. Un niño preguntaba el otro día por qué había manchas blancas en el mar, y su madre le respondía que eran olas. Ella quedó satisfecha. Pero el niño, tras un instante de reflexión, volvió a la carga. ¿Por qué hay olas? Porque es el mar. Una palabra nos lleva a otra y sólo a los que habitamos el lenguaje nos tranquiliza esa verborrea, pero los niños, que aún se están estrenando, buscan el porqué más allá de las palabras. Hay que orear los vocablos de vez en cuando, porque a fuerza de usarlos se vuelven rancios y no dicen nada. ¿Significa eso que hay que dejar de hablar? No, por Dios. Si el cristianismo es la religión del Verbo, de la palabra que se hace carne, acción, obra. Algunos filósofos insisten gustosamente en que debajo de toda apariencia de bondad siempre late la maldad, el desconcierto, el desorden y la destrucción. Perfectamente puede darse la vuelta a este argumento, y defender que, en el fondo, todo es bondad, porque, como decía el Aquinate, siguiendo a Agustín, sólo el bien es sustancial, porque procede de Dios. Sí, ya sé que este discurso puede ser puesto en entredicho por un dolor de muelas, pero en el fondo estas cuestiones de principio sólo se deciden por asunciones de principio. Si uno opta por la bondad del mundo, estará en disposición de hacerlo bueno y de decir que lo es, que lo será y que lo ha de ser. Seguramente.



Despido objetivo

miércoles, 16 de junio de 2010 | Hay 1 comentarios

A veces, en lugar de crear problemas, parece que el gobierno los soluciona. Pero, en realidad, a la gente de a pie estas soluciones le sirven de poco. Cualquiera que vaya siguiendo el siniestro cariz de los acontecimientos consuetudinarios se dará cuenta del próximo sintagma que nos van a colar. Ya hemos oído “la desaceleración acelerada”, los “brotes verdes” y una serie de palabras que se han juntado precisamente para que no tengan referencia alguna, pura sofistería, vamos. El que viene es el “despido objetivo”, del que se hacen eco todos los medios. Desde hace varios siglos, los filósofos llevan pegándose por tratar de encontrar una definición que les satisfaga, siquiera mínimamente, sobre a qué es lo objetivo. Hasta los que reflexionan sobre la ciencia, que parece lo más objetivo, a falta de ulteriores análisis, tratan este asunto con pies de plomo, porque saben que, de forzar mucho sus exigencias, se van a quedar como los sindicatos en España, in puris naturalibus. Pues bien, la política es lo que tiene, que, al igual que la ignorancia, es sumamente atrevida, y ya ha dado con la buscada definición de objetividad, que ha de durar al menos 1000 años: la objetiva es la causa que lleva al despido por causas económicas, luego lo objetivo es lo económico. Así, por unos senderos bastante retorcidos, los socialistas en el poder han llegado a reconciliarse con sus orígenes marxistas, lo cual estoy más que seguro que les habrá causado no poca sorpresa. Así, si uno tiene sensación de hambre, tal cosa es subjetiva, porque no puede ser universalmente comunicable. Si le duelen las muelas, si sus hijos le piden pan, o si le apetece llevar velo o crucifijo estará en el ámbito de lo subjetivo, es decir, lo que vale sólo para uno mismo. Y esto, claro, por la muerte del sujeto de la que hablábamos hace un par de días, lleva a que hay que callarlo. Lo objetivo, finalmente, ha quedado desvelado. La pasta. El resto de la vida, reducido al reducto de lo, finalmente, me temo, prescindible.



El retorno del sujeto

martes, 15 de junio de 2010 | Hay 1 comentarios

En esta entrevista a Touraine que hoy publica El País, éste clama (como por encima, es cierto, por eso me encantaría verlo desarrollado) por el retorno de la noción de sujeto. Parece que la polémica acerca del fin o de la muerte del sujeto es una cuestión escolar, que discutimos en los departamentos de filosofía al lado de los teólogos que se preguntan por la muerte de Dios y los literatos que se deleitan en la muerte del autor. Nada más lejos de la realidad. Todos esos discursos, aunque parezcan abstrusos y alejados, son sólo un reflejo de las ideas que corren por la sociedad o, mejor dicho, de cómo la gente vive en la sociedad: no como si Dios no existiera, sino con la conciencia de que ni siquiera hay que preguntarse por su existencia; no como si no hubiese sujetos, sino con la convicción de qué, vaya, las crisis las provocan “movimientos” económicos, somos incapaces de decidir y discernir entre el bien y el mal, nuestras acciones están predeterminadas neuronalmente… es decir, somos masa informe, aparentemente informada, pero en realidad sin nada que hacer en el mundo de la desinformación por sobreinformación (perdón por este lío palabresco). El único que parece que se ríe de estas muertes es el autor, que reclama sus derechos a tiempo y a destiempo, haciendo viejos a Foucault y Barthes, que no pudieron equivocarse más en sus predicciones (si bien es más lo que decían que sólo la desaparición autorial). En fin, que parece que vuelve el sujeto (yo, tú, Juan, María) para que, como asegura Touraine, puedan realizarse los ideales de la Ilustración y, por qué no, los ideales del cristianismo, porque, como rezaba una pintada del 68 en la Sorbona de París, “las estructuras no bajan a la calle” (la cual provocó sesudas reacciones de varios estructuralistas). Y Dios. Creo que está a la espera.  



Sólo una posibilidad

viernes, 11 de junio de 2010 | Hay 7 comentarios

Me estoy preparando anímicamente para la que se nos viene encima. ¿Qué opinan de la imposibilidad de escapar de algo totalmente contingente, pero que nos muestran como necesario? ¿Qué pensaría cualquiera si en todos los medios escritos, hablados, impresos y expresos se hablase casi en exclusiva, por ejemplo, de la música de lady gaga, de sus amoríos, de sus enfermedades y accidentes, de sus adicciones y pánicos? ¿Qué le parecería que, además, se inventase una jerga pseudo-rancia para hablar de algo cotidiano a lo que se quiere dar una pátina de cientificidad? Efectivamente, me estoy preparando para el mundial de fútbol. Es algo de lo que no se puede escapar. Si uno dice que no le interesa más que el fútbol que jugaba cuando era niño (y el que juega un par de veces al año, si se da la ocasión), le dicen que es un snob, un fingido, un pretendido intelectual…, es decir, es imposible decir, de manera desnuda, sin decir nada más que eso, que a uno simplemente no le interesa nada el mundial de fútbol. Vamos, sostener que los análisis de los diversos largueros, toques y demás programas radiofónicos se diferencian poco de los que narran las andanzas de la duquesa de Alba, es casi sacrílego (de nuevo pondrán a uno a los pies de los caballos). Tengo muy poco interés por el resultado Zambia-Holanda (no encuentro ni una sola razón, por pequeña que sea, para que tal cosa deba interesarme lo más mínimo). Y qué decir de la ocurrencia del publicista que haya sido (exitosa a fe mía) de llamar a la selección nacional “la roja”. Ciertamente, encaja con la época bobalicona en la que vivimos, de llamar a todos los famosos con nombres de dos letras, cosa que está bien para los niños, pero cuando uno va siendo añoso, la cosa no resulta afortunada. En fin, que me voy preparando para la imposibilidad de no enterarme de esto. Heidegger consideraba la muerte como la imposibilidad de toda posibilidad. Los días por venir son algo un poquito parecido: la imposibilidad de todo aquello que vaya más allá de una sola posibilidad. De verdad, lo digo de manera desnuda y sin ninguna pretensión de decir más que lo que digo: no me interesa lo más mínimo el mundial. Y comprendo que a quien esto lea no le interese lo que a mí no me interesa, pero, qué le voy a hacer, tenía que decirlo.



Aporética

jueves, 10 de junio de 2010 | Hay 1 comentarios

El año pasado, Nicholas Rescher publicó un libro que se titula “Aporetics”. Es un estudio francamente interesante, a mi entender, sobre el papel (y la inevitabilidad) de la aporía en los distintos ámbitos del pensamiento. Todo tenemos poros (agujeritos, caminillos), pero a veces nos vemos llevados a la desaparición de esos poros, es decir, nos atascamos en nuestras reflexiones. Y tal cosa es la aporía, de la que la lógica nos dice, únicamente, que tenemos que salir, porque hemos llegado a un razonamiento insostenible, incoherente y contradictorio, pero ella misma no nos dice (porque no puede) cómo. Salir de una aporía implica abandonar alguna de las premisas que se han aceptado, y cuál se abandone determinará la postura filosófica que uno adopte. Lo que hace la aporía es poner en juego la decisión y el debate. Nada hay más insensato que, enfrentados a una aporía, tirar todo el sistema por la ventana o abandonar cualquier convicción de que ejercer la racionalidad sea posible. Se trata de ver cuál es la línea más débil del argumento o bien, a qué se está dispuesto a renunciar. La situación político-económico-cultural-fiduciaria española está, claramente, en una situación de aporía, que, en cierto modo, puede reducirse a una situación de estancamiento o, en términos de andar por casa “si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo”, ni más ni menos. La aporética nos dice que hay que abandonar alguna de las premisas, no nos dice cuál. Yo, partiendo de esta "impepinabilidad" lógica tengo bastante claro que los que nos gobiernan no funcionan y sé (con una certeza casi rayana en la perfecta visión beatífica) que son parte de la premisa que hay que abandonar. Y alguien me dirá, pero es que los otros... Aggg, terrible modo de argumentar falaz (falacia del "tu quoque" traducido al román paladino por el "pues, anda que tú") que dominan hasta el desánimo los que mandan (¿no recuerdan la campaña de los doberman?). La aporética sólo nos dirá: vamos a quitar esta proposición que causa la aporía y veamos cómo logramos la mayor coherencia y consistencia del sistema. Está muy claro que el gobierno es parte del problema, lo cual, como no estoy afiliado a ningún partido (¿por qué demonios tengo que justificarme por criticar a un gobierno incapaz y que hace lo contrario de lo que dice, habiendo incluso pactos y papeles firmados de por medio? Si casi me siento Tomás Moro) digo con absoluta libertad. No se puede vivir en la aporía.



Periódicos dominicales

domingo, 06 de junio de 2010 | Hay 2 comentarios

Leía esta mañana en El Norte de Castilla una entrevista al ministro de Fomento, sin mucha atención y con un tanto de desgana pues, efectivamente, junto a algún otro colectivo, el de los políticos de profesión es uno de los grupos humanos que menos confianza me inspira. Al llegar a un cuadro de texto en el que se resaltaba una pregunta, me encontré con esta respuesta, en la que se comenten, en cuatro breves líneas, al menos dos falacias: la ignoratio elenchi (salirse por la tangente, esa decir, no responder a lo que se pregunta), y el argumento ad verecundiam (la apelación a la autoridad o al respecto para resolver una cuestión). Por no hablar de falacias prácticas: el peloteo, el servilismo y el horror que produce leer lo que uno lee procedente de la boca de una persona adulta: “el día que Zapatero prescinda de mí, mi gratitud será infinita”. No sé si será cierto (la gratitud de muchos otros el día que el actual presidente se retire seguramente sí lo sea), lo que sí parece que es totalmente comprobable, es que la política engendra engendros (me encanta la fuerza retórica del acusativo interno). Si alguno, pasado el sopetón que produce leer estas estupideces (si tienen otro nombre estas cosas, hagánmelo saber), quiere leer algo bien escrito y bien reflexionado, puede echar un vistazo a la tercera del ABC, la habermasiana reflexión de Olegario González de Cardedal sobre la razón pública (que frente a la defensa de muchos no es una razón desnuda: el cálculo de predicados no sirve demasiado a este respecto de la constitución de comunidades) o a la reflexión de Rafel Argullol sobre el asco de lo que rodea al fútbol, que cada vez tiene menos que ver con el juego (humano) y más con el control (inhumano). Feliz día del Corpus.



Más eclesiologías

viernes, 04 de junio de 2010 | Hay 5 comentarios

Hace un ratito que leí la historia de portada de la revista Time de esta semana. Va sobre los escándalos sexuales en la Iglesia y el lío que el Papa tiene ante sí. Lo que más me ha llamado la atención de la lectura del artículo es una cosa: la eclesiología que maneja el autor del artículo (que, dicho sea de paso, se corresponde bastante con la que maneja mayormente la jerarquía católica) y que, a mi humilde parecer (nunca fui experto en esta materia, no pretendo serlo ni lo seré, sin duda alguna, ya que nunca me atrajo especialmente –como tampoco me atrae la entomología, por poner un ejemplo–) es absolutamente pre-Vaticano II. Recuerdo haber leído a Congar en esta asignatura, cuando la estudiaba allá en mis años jovenzuelos y ahora, recordando aquellas horas de lectura no buscada ni gustada, me doy cuenta de que los conceptos, las ideas y las categorías que manejan los comentaristas vaticanistas me son sumamente ajenos por ultramontanos. Pero eso tiene una causa (una de tantas) en el uso, la insistencia y la pesadez de muchos jerarcas en una vuelta a la época de Trento, a la idea de la cristiandad y a la alabanza de lo jerárquico-papal en unos términos que parecen extraídos de una batalla contra la reforma. ¿Existe la Iglesia que retrata el artículo de Time? Claro que sí. ¿Es la única? En absoluto. Mirar más allá de los montes, a cada instante, siempre y para cada cosa, con tortícolis inducida por tener siempre un ojo puesto en Roma, no es más que una de tantas tradiciones (con minúscula) que no hay por qué sacralizar (teniendo en cuenta que son, por otra parte, tan novedosas y tan hijas de épocas determinadas que no valen para todo momento). Y lo ultramontano tiene muchos más inconvenientes que ventajas, al menos para un cristiano.



Decepción de una monja

miércoles, 02 de junio de 2010 | Hay 4 comentarios

Hace unos días, un aspirante a fraile se quedó impresionado con esta declaración tan cruda que hace un personaje de la novela/película de W. Somerset Maugham, El velo pintado. Se trata de una monja que se enamoró de Dios, como una tonta (minuto 4, 08), cuando era joven (todos los enamoramientos son un tanto así), y a la que el decurso de la vida ha ido haciendo calibrar su relación para con Dios, pues éste le ha decepcionado e ignorado, como sucede con muchos maridos humanos, hasta llegar a una relación de indiferencia. Me encanta esta declaración por muchas razones, sobre todo por lo que pone de humano en esta relación, pues lo humano es cambiante, voluble, imprevisible y con clara vocación, quizá por la misma apertura escatológica a lo infinito, a la incompletitud. Concebimos a Dios como inmutable y no sabemos muy bien en qué consiste esta inmutabilidad, porque dentro de nuestra concepción cristiana se incluye también el carácter de pasible. No es nada fácil para la filosofía analizar todos esos términos y meterlos en un conjunto del que no se deriven contradicciones (tampoco es necesario, podría objetarse). Pero tampoco es fácil entender qué se quiere decir cuándo se ubican las relaciones matrimoniales (o religiosas) en un nivel tan inasible como el de las relaciones de Cristo con su Iglesia. Seguro que como meta es un buen propósito, pero la vida es cambio, desilusión, composición y recomposición, y a veces, simplemente es así, sentimos que, como esta monja, Dios nos defrauda. Seguramente seamos nosotros los que nos hemos generado una determinada imagen divina o nos hemos puesto metas que no podemos alcanzar in viam. Quién sabe. Pero también somos nosotros los que a veces sufrimos porque sentimos que las cosas son así. Es probable que cada una de estas decepciones posibles sea la puerta hacia una estancia ulterior de comprensión. Por eso me han llamado la atención las palabras de la monja.