Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
martes, 15 de mayo de 2012
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Hay 1 comentarios
Algunos de los periódicos de hoy nos hablan sobre la parábola de los talentos de Mt 25 y de cómo algunos inversores la justifican para sus ganancias, en algunos casos desaforadas. El mismo articulista reconoce que es una interpretación traída por los pelos y que no encaja con el mensaje global del evangelio, que es el criterio de interpretación de las partes, y las partes del todo, en eso que los filósofos han llamado el “círculo hermenéutico” y que, en último término, viene a decir que no es posible despiezar el mensaje evangélico para justificar la avaricia o el saqueo. En fin, que en la Biblia, si se sabe buscar, se puede encontrar una frase para cualquier cosa (como prácticamente en cualquier otro libro, también en los de cabecera de toda ideología), pero, al mismo tiempo, subsiste la sensación/certeza de que hay algo ilícito en esa justificación ad hoc
La tradición cristiana primitiva prohibía el préstamo, porque rechazaba que el tiempo se pudiese vender. Posteriormente, grandes pensadores articularon ciertas intuiciones económicas (desde el Aquinate a San Antonino de Florencia o Tomás de Mercado) en las que jamás se olvidaba que la persona estaba antes, después, encima, debajo y en el centro de todo este proceso. El mismo Aquinate (Summa Theol. II-II, q.66, a.7) defiende que las cosas que son de derecho humano no pueden derogar el derecho divino ni el derecho natural, de modo que los bienes superfluos que algunos poseen son debidos por derecho natural al sostenimiento de los pobres, y cita a San Ambrosio, quien afirma “de los hambrientos es el pan que tú tienes; de los desnudos, las ropas que tú almacenas; y es rescate y liberación de los desgraciados el dinero que tú escondes en la tierra”. Y afirma “si la necesidad es tan evidente y tan urgente que resulte manifiesta la premura de socorrer la inminente necesidad con aquello que se tenga, como cuando amenaza peligro a la persona y no puede ser socorrida de otro modo, entonces puede cualquiera lícitamente satisfacer su necesidad con las cosas ajenas, sustrayéndolas, ya manifiesta, ya ocultamente. Y esto no tiene propiamente razón de hurto ni de rapiña”. Esta es la moral que muchos consideran trasnochada, la que pone a la persona por encima de flujos de capitales, de intereses financieros, de recortes y de corruptelas. La persona. ¿Por qué será que a mí no me suena nada rancia esta idea? Mas bien, la salvación va a venir por ahí.
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Sixto carísimo. De entrada mi felicitación y agradecimiento por la presentación de la trilogía de Swinburne, por la conferencia de éste y el debate. Quizás alguien deberia de haberse acordado de la Evolution of the Soul, cuya edicíón revisada presenta tanta actualidad. Pero eso es opinión subjetiva. Viniendo a tu post. Tuvimos en Barcelona un plantel de catedráticos en la facultad de biología profundamente creyentes: Prevosti, Bolós, etc. Y los más conocidos en círculos más amplios: Crusafont y Margalef. Introdujo éste el principio de san Mateo en ecología. Así lo llamó. Y como tal aparece ya en la disciplina. La economía de la naturaleza sigue ese principio. Pero ésta posee mecanismos reguladores. El hombre, en su voracidad, los rompe. Lo demás ya lo dices tú.
JM Valderas
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16/05/2012 17:26:06
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