Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
domingo, 10 de mayo de 2009
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Por fin, después de mucho vagabundear y gandulear por internet, donde se supone que está todo (no lo estaba hasta hace poco, parece ser) me he encontrado con esta pieza, una de mis favoritas (y de muchos otros), que es el Alma Redemptoris Mater de Griesbacher, un compositor desconocido para la inmensa mayoría de la gente salvo para los que fuimos miembros del coro Tomás Luis de Victoria de la Ponti (Pontificia de Salamanca), ya que esta pieza, bella hasta decir basta, se constituyó en el himno oficioso del coro. Y me he encontrado –no podía ser de otro modo– con una interpretaciópn de coralistas de la Ponti, ejn una iglesia y, seguramente (como solíamos hacer cuando viajábamos por ahí a los de mi generación) cantada motu proprio, porque nos daba la gana y la situación lo pedía. La letra, la copio aquí mismo:
“Alma Redemptoris Mater, quae pervia caeli
Porta manes, et stella maris, succurre cadenti,
Surgere qui curat, populo: tu quae genuisti,
Natura mirante, tuum sanctum Genitorem
Virgo prius ac posterius, Gabrielis ab ore
Sumens illud Ave, peccatorum Miserere”.
Seguro –con permiso de los sabios– que esto es un tratado de mariología condensado in nuce. Seguro, y, como nos recordaba Miguel Iribertegui, que en gloria estará, la mariología se entiende mejor si se percibe en clave estética. Pues bien, hace un par de días, en la boda de mis amigos Julio y Vicky, un montón de antiguos miembros del citado coro, les cantamos esta pieza. ¡Qué lujo! ¡Qué lujo que te canten eso en un día tan especial (porque es a 8 voces, de modo que no es tan fácil encontrar a tanta gente dispar)! ¡Y qué lujo cantarla! Por algo San Agustín, cuando parecía que se le iba a ir la mano rigorista hacia la condenación de la música, no tuvo más remedio que ver la mano de Dios en ella. Por algo Schopenhauer veía que el noúmeno voluntarista se manifestaba en ella. Por algo, sin duda. Ahí va una muestra.