Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
Hoy hablaba con Miguel Ángel, OP, que está en El Seybo, República Dominicana, y me hablaba de los estragos que el huracán Fay ha causado en ese país y sobre todo en Haití. Yo le decía que no había visto nada en la prensa, es más, ni sabía que andaba ese huracán por ahí (se me habría escapado). Poco después de hablar bajé a mirar los periódicos y vi una mini-columna en la que se da razón de la cosa, pero en una esquinilla casi imposible de encontrar.
Lo que otrora hubiera ocupado portada de periódico, el accidente en que se han matado unos cuantos magrebíes (en España, no en Sudán) ocupa las páginas interiores tirando hacia atrás. Y es que las portadas las copan las Olimpiadas y, un poco después, el caos de Georgia, del que cada vez creo que me entero menos. Que vivimos en el puro seno del panem et circenses es más evidente que en la época de Claudio, la tontuna colectiva en la que sólo (y no digo que no haya que dedicarle unos minutos al día) se habla del deporte. Pero, oh sorpresa, me encuentro con la tercera del ABC, donde, inopinadamente, el director del periódico denuncia el desastre de El Congo. Cuando uno esperaba ver glosados los éxitos deportivos patrios (qué más me da quien gane: tan mío es el jamaicano que vuela como el guineano que casi se ahoga. ¿Cuál es el lazo que me liga a los deportistas españoles? No consigo verlo por ningún lado) se encuentra con una página honesta, comprometida (sin alharacas) y que merece la pena leer, porque nos muestra la cara B de nuestra vida. Mientras tengamos 24 horas de deportes al día (o en su defecto, de trifulcas políticas o de cotilleos episcopales) las cosas irán bien. ¿Irán bien? Quizá quoad nos, pero, ah, eso sólo demuestra nuestra limitación insuperable. Que nos sea leve