Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
domingo, 17 de enero de 2010
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Hay 2 comentarios
Se ha montado buena con las declaraciones del obispo de San Sebastián respecto al mal y a Haití. Desde luego, no ha estado nada, pero que nada acertado. Ahora bien, cuando alguien dice una cosa, hay que entenderla en un sentido amplio, exactamente como hacen los expertos que se dedican a cuestiones de crítica textual, es decir, no se puede pensar, de modo razonable, que un obispo y, en general, un cristiano sensato, desprecie la muerte de cientos de miles de personas en un desastre natural. Si nos encontrásemos ese texto en un manuscrito, trataríamos de ver qué sentido tiene eso en el contexto de la obra del escritor, de sus creencias, etc. Simplemente no es creíble que lo que quisiera decir el obispo es que no pasa nada y que es mucho más grave que la gente no vaya a misa. No es creíble, aunque, como a cualquier texto, puede hacérsele decir lo que se quiera siempre que haya un auditorio dispuesto a recibirlo.
Y es que ayer iba en el metro escuchando a unas muchachas que iban poniendo a caldo al obispo y, por participación, a toda la Iglesia, a las monjas que les dieron clase en su época y a todo lo que se movía. ¿Qué se puede decir? Bueno, si yo oyese a un dirigente comunista decir que la aspiración de su vida es llegar a tener una buena suma en las islas Caimán, pensaría que, o bien ha dejado de ser comunista, o bien le he entendido mal. De modo semejante, supongo, cabe pensar que desde una visión cristiana, en la que el mal es una tragedia incalculable (¿acaso no está eso en el Evangelio?, ¿acaso hay respuestas fáciles en algún sitio de la Escritura –ni siquiera el libro de Job da respuestas–¿), éste no tiene la última palabra. Es así de sencillo y así de increíble (y cuando digo increíble quiero decir que no es una proposición que haya que meter en el vademécum y soltársela al que está pasando por el trance, sino que hay que ponerla en práctica). ¿Dónde estaba Dios? Seguramente en Haití.