No lloréis; yo os seré más útil desde el cielo
Domingo de Guzmán
Blog de: Sixto Castro Rodríguez, OP

Ibáñez

sábado, 17 de noviembre de 2007 | Hay 4 comentarios

El cultural de El Mundo dedica su portada de esta semana a uno de los mayores intelectuales españoles de los siglos XX y XXI, Francisco Ibáñez. No es el cantautor anónimo, de quien desconozco su relevancia, sino el padre de Morladelo y Filemón. A Ibáñez le tengo un cariño casi filial. Creo que aprendí a leer con Mortadelo y Filemón, y a ellos les debo el uso temprano de determinadas expresiones, como “salva sea la parte”, que aún sigo usando, sin poder evitar el recuerdo de la viñeta en la que Mortadelo, no recuerdo en que álbum, hacía uso de la misma.
Solemos asociar el término"intelectual" a gentes muy sesudas, que antes de decir una palabra calculan el efecto que la misma tendrá sobre el particular devenir del universo, y después de decirla fruncen el ceño y ponen cara de tortilla de patatas, como si el mundo sufriese una especie de colapso y arrobo místico cada vez que abren la boca. La mayor parte de las veces no dicen más que chorradas, eso sí, muy edulcoradas. Pero hay que desterrar ese uso técnico. Ibáñez ha utilizado a sus personajes para reírse (que es la mejor manera de criticar ciertas actitudes) de los totalitarismos (El sulfato atómico, El tirano), de la desidia española (cualquiera de sus álbumes sobre las olimpiadas y los mundiales de fútbol celebrados en España), lo que a veces le acerca a la generación del 98 (y un intelectual que reflexionase sobre Ibáñez introduciría aquí una larga y aburrida glosa sobre la autoconciencia española en clave del despliegue dialéctico hegeliano…, rollo insufrible). Tampoco se ha olvidado de la Iglesia, con sus curas gordos que por una parte recogen las dádivas de los fieles y por otra les engañan en función de sus intereses poco espirituales (casi una crítica marxista, pero divertida, sin tener que tragarse el pestiño de El Capital). Que sí, que a Ibáñez le debo mucho más que a los consagrados intelectuales que hacen discursos patafísicos sobre la naturaleza sedienta de compleción de la realidad manifiesta en la latencia del yo (si no lo ha escrito alguien ya, lo hará y se quedará anchísimo, como si hubiese salvado vidas, el sinvergüenza). Al progenitor (¿A o B?) de Mortadelo le debo el gusto por la lectura. Y eso no se paga con dinero.