Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
jueves, 04 de febrero de 2010
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Hay 2 comentarios
Continúo lo del otro día, ya que parece que una vez que se le hinca el diente a estas realidades que suelen aducirse como paradigma del mal, hay que aprovechar la tesitura. Resulta que no hay nada que la sociedad haya inventado y que se parezca, siquiera de lejos, al ritual católico de difuntos. La parte que reza: “Al paraíso te lleven los ángeles. A tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba y, junto con Lázaro, pobre en esta vida, tengas un descanso eterno” es, simplemente, insuperable (y si se dice en latín, y se canta, ya ni te cuento). Y no sólo es el elemento estético, sino que es la firme convicción (nótese que esta expresión la suelen usar los políticos que no están convencidos ni de su propia existencia) de que lo que rezamos en el credo, la comunión de los santos, es una realidad profunda. ¿Por qué rezamos por el difunto? ¿Por qué le acompañamos? Por esto, por dar cumplimiento a nuestra parte en esa comunión. Sí, claro que la muerte es un mal. Y no sabemos cómo comportarnos ante ella, a veces ni siquiera cómo dar el pésame a los deudos. Pero esencial al cristianismo es la convicción, la creencia de que “llevado a los hombros del Buen Pastor” el camino continúa para el que se va, y que, con todo el dolor, le decimos un “hasta la vista”. Ya sé que en el mundo en que vivimos esto suena a ñoñería (en términos de calle) o a “inautenticidad” (en términos heideggerianos). No me importa lo más mínimo a qué suene o deje de sonar. ¿Acaso el que me llama ñoño o el mismo Heidegger tenían creencias más sólidas al respecto que las mías? Ni hablar del peluquín. In paradisum deducant te Angeli; in tuo adventu suscipiant te Martyres, et perducant te in civitatem sanctam Jerusalem. Chorus Angelorum te suscipiant, et cum Lazaro quondam paupere aeternam habeas requiem. Seguro que así será, y con Fauré, lo pregusto.