Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
jueves, 11 de junio de 2009
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Me llega, por mediación de Ignacio Antón, OP, un texto de David Martínez de Aguirre Guinea, OP (se ve que los OP nos comunicamos bien) acerca de lo que está sucediendo en la Amazonía peruana en los últimos días. Algo leemos en los periódicos, poca cosa para lo que debe estar pasando y, desde luego, con mucho menos bombo que el fichaje de no sé quién por el Real Madrid (esta mañana me despertaba la radio con esa cosa como primera noticia, tiene bemoles por no decir tiene *&%**). En la carta, cuya lectura es obligada, creo, David no nos cuenta nada nuevo (porque es difícil que haya novedad en la explotación del hombre por el hombre) que no sean hechos. Efectivamente, la amazonía peruana, que tiene una extensión inimaginable para nuestras mentalidades acostumbradas a cruzar el país en 8 horas, está habitada por gentes cuyos compatriotas consideran incivilizados y que viven rodeados de riquezas… Bueno, riquezas potenciales para otros, porque para ellos serán, seguramente, su casa. Y cuando uno se fía, así sin más, de los que le gobiernan, sucede que de vez en cuando salta la chispa de la necesidad justificadísima del tiranicidio (y el tirano no tiene por qué ser sólo una persona: puede ser un gobierno, una empresa o un sindicato, que el poder asume las formas más inimaginables), del que Tomás de Aquino era defensor. Ahora mirémoslo con detalle antes de echar nuestras postilustradas manos a la cabeza. En el medievo no había posibilidad de echar a los gobernantes yendo a depositar una papeleta en las urnas cada cuatro años, ya me entiende. Bueno, aún ahora es difícil, pero aún así, posible. El lendakari local aposentaba sus reales de modo vitalicio y como la cosa no fuese bien y hubiese que echarlo, por aquello de conservar el pellejo propio y ajeno, pues se aplicaba el tiranicidio en sentido estricto. ¿Qué si no hacemos hoy cuando vamos a votar? Tratar de echar al gobernante (en algunos casos tiranuelo, seamos benévolos), lo cual es una forma mitigada e ilustrada de liquidarlo. Ahora bien, en situación de infinita debilidad y de desigualdad total (aquí ponía yo a Habermas a ver cómo demonios aplicaba su teoría de la acción comunicativa) quedan pocas salidas. ¿Qué demonios pueden hacer unos arcos y unas flechas contra la maquinaria estatal? Sólo una cosa: lo de David (Martínez de Aguirre, claro, y el bíblico también) contra Goliat. Por eso conviene rezar, aunque sea poco y estar bien atentos a ver qué podemos hacer, que seguramente sea algo.