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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

27
Jun
2015

La gracia de Obama

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He estado viendo el servicio religioso que el presidente Obama ha presidido en Charleston, tras la matanza que aconteció allí hace unos días. Que eso pueda suceder es prueba de la verdadera separación de Iglesia y Estado, y solo se puede decir: Amén. Aquí entendemos esa separación como la imposibilidad absoluta hasta de la más mínima relación, por eso cada vez que parece que lo religioso “interfiere” (sic) en lo político se monta la de Troya. Por otra parte, me alegro enormemente de que los gestores de las cosas de la política no tengan en estos lares otro púlpito para servir a sus intereses. Salvo excepciones, seguramente sería para echarse a temblar.
Pero volvamos a Obama. En su sermón, homilía, plática, prédica… (un género retórico religioso, en cualquier caso, porque es lo que procede cuando uno va a dirigir la palabra en una iglesia), el presidente habla sobre la vida humana, sobre las promesas de la Biblia, sobre los sufrimientos humanos, de las obras de misericordia (aunque no use esa terminología solo conocida por los más viejos del lugar), sobre la importancia de la iglesia comunitaria en la vida de la gente, sobre cómo “Dios actúa de modos misteriosos”, etc. Y, de modo especial y recurrente, sobre la gracia de Dios, en una serie de frases que constituyen una exposición teológica impecable, que podría haber firmado San Agustín. Por si fuera poco, termina cantando “Amazing grace”. En fin, un ejercicio de autoridad por parte del presidente del país para no dejar la más mínima duda respecto a su posición en una cuestión que, por lo visto, aún divide al país.
Y vuelvo la mirada a nuestras sociedades europeas, en las que esto hubiera sido, simplemente, imposible: articular un discurso religioso que, como los de Martin Luther King, por ejemplo, tenga algo que decir en la vida pública. Dudo mucho que haya alguien que no haya entendido, desde la razón más secular que se quiera, lo que el presidente ha querido comunicar. Dudo mucho que un discurso sin razones ni argumentos religiosos hubiese tenido más racionalidad que este, en este momento y en este lugar. Pero para poder hacerlo así hay que tener detrás un armazón político y humano de un calibre enorme. Chapeau.
 

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