Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
De vez en cuando uno se sorprende al encontrar un artículo de prensa en el que el periodista parece ir contra la tiranía de lo políticamente correcto, que ha convertido ciertos términos en políticamente aceptables y otros en nefandos. Es una columna de El País donde el autor se despacha a gusto contra la mediocridad que dictan los que están arriba y tienen la sartén por el mango, es decir, a los que no les queman ni les duelen los sartenazos, precisamente porque son siempre ellos los que los dan. De un tiempo a esta parte domina la creencia de que la aspiración magnífica a la igualdad implica que un tipo muy feo y enclenque pueda convertirse en mister universo y otra que ha suspendido sistemáticamente todas las asignaturas de la carrera haya de ser, de modo obligado, por la misma estructura inmaterial de la justicia, diseñadora de las piezas del nuevo transbordador espacial, no sé si para evitar frustraciones o porque, dado que, en principio todos somos iguales, todos podemos hacerlo todo. Nada más lejos de la realidad. Los escolásticos, con su operari sequitur esse sabían bien de lo que hablaban, y no se referirían, ni de broma, a la idea de que, ya que todos participamos de la esencia humana, todos podamos hacer todo lo que es posible para tal esencia (si es que hay una cosa tal, no me vayan a reñir los post (-estructuralistas, -modernos, -humanistas, etc.). Que uno haga bien una cosa no significa que lo haga bien todo, ni que todos puedan hacer bien tal cosa. Que la escuela deba ser democrática no creo que signifique la inversión y confusión de roles que a todos los que hemos dado clase alguna vez en secundaria nos ha tocado padecer. Un buen amigo mío decía que en su clase reinaba la democracia: él mandaba y los alumnos obedecían. Es un perfecto ejemplo de lo que retrata ese artículo del El País. Seguro que a la mayoría de los impositores (cómo se parece esta palabra a impostores, qué curioso) de la corrección política les parecerá inaceptable tal cosa (ah, qué nostalgia de Summerhill), pero les parece lo más normal que sean ellos los que mandan en el ámbito del pensamiento público, mientras que los demás obedecemos y agachamos las orejas. A la porra con ellos, por no repetir las celebérrimas palabras de Fernán Gómez