Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
sábado, 06 de febrero de 2010
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Hay 3 comentarios
En España tenemos un presidente que no nos lo merecemos. Después de su (hu-)ida a hacer las Américas y a rezar en Washington se han desatado la batalla prensil (de la prensa) entre los que le vituperan y sus corifeos áulicos. Entre los primeros está Juan Manuel de Prada que hoy, en el ABC, le llama de todo menos bonito. Entre los segundos, J.J Tamayo, que, en El País, ve en ese discurso una continuación de la tradición de Lévinas, lo cual es mucho ver (es lo que tiene la sobreinterpretación, como sucede en gran parte del arte contemporáneo: sin ella, las naderías y mindundeces permanecen como naderías y mindundeces, luego, por lógica, lo que es la obra de arte es la interpretación). No sé qué es una lectura laica de la Biblia a la que se refiere este buen señor, porque en la Biblia, por suerte o por desgracia, la construcción de humanidad no se hace sua sponte, sino porque detrás hay un origen común, una raíz, un suelo (Dios, por si alguno no me entiende). Todo eso que leyó el presidente de dar el sueldo, pagar el salario y todo lo demás, como acoger al inmigrante, liberar a los esclavos, se hace por una razón que no es el contrato social, el pacto entre individuos, la manifiesta bondad paternal del estado ni la naturaleza genética común… Es porque la fraternidad es previa a la decisión de los individuos, los estados o las instituciones. Nacemos en ella, y eso, así creído, postula un suelo común. Por eso me parece inadecuada la lectura de Tamayo cuando dice: “el comentario del presidente me parece todo un ejemplo de lectura laica de las Escrituras judías en clave de liberación, en perspectiva humanista y en el horizonte de la utopía”. Suponiendo que él sepa qué demonios es eso de una lectura laica de las Escrituras (supongo que se referirá a una lectura del mismo cariz que la que yo puedo hacer de las Metamorfosis de Ovidio), no creo que sea la propietaria de la liberación, el humanismo (entendido como defensa de lo humano, supongo) y la utopía. Si, por poner un ejemplo, el Magnificat es revolucionario, como se decía en mis tiempos, lo es porque es, ante todo, una proclama religiosa en la que Dios actúa de una determinada manera. Si le quitamos esta dimensión, no pasa de ser una poesía hermosa… pero, como he defendido en algún lugar, el arte, en general, no cambia nada, a pesar de que las páginas de cultura de los periódicos nos den la barrila cotidiana con la idea de transgresión y subversión. No sólo es que no cambie nada, sino que, la mayor parte de las veces, conserva determinado status. Lo dicho, voy a ver si recuerdo cómo hacer una lectura creyente de la Biblia para que las cosas cambien.