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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
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1
Dic
2008
El arma egoísta
2 comentarios

No sé en qué periódico fue. Pudo haber sido en cualquiera, pues es una de esas imágenes que ya no suponen novedad alguna. Se trataba de un tipo con un arma, un Kalashnikov, para ser exactos. Según dicen, es el arma de los pobres, porque es certero, económico y manejable. Quién sabe. Y mientras miraba a ese tipo zarandeando el subfusil, me vino a la mente la tesis de Dawkins del gen egoísta y toda la sociobiología que la rodea, y que, resumidamente y a riesgo de ser injusto, viene a decir que usted, yo, el de más allá y la señora del quinto no somos más que vehículos que tienen los genes para perpetuarse, máquinas que éstos han generado para seguir siendo. No es una gran novedad. A esto Schopenhauer le llamaba voluntad, y no le ponía rostro. La voluntad busca perpetuarse. Pero Dawkins y estas gentes quisieron ser más precisos y llamarle “el gen egoísta”. Claro que, por las mismas razones, y ahí quería yo llegar, podíamos pensar que en vez de los genes son las armas las que nos han generado para perpetuarse. Somos sólo vehículos que las armas usan para seguir siendo. Seguro que le suena ridículo, pero si nos fijamos sólo en los datos, es probable que haya en el mundo más armas que genes (bueno, no tantas, pero en la teoría de los grandes números viene a dar lo mismo). Siempre se puede poner un objeto, considerarlo la parte genética de todo discurrir (humano y no humano) y extraer las tesis que se quiera. Ahora bien, al igual que se puede hacer esto puede hacerse lo otro, y decir que somos sólo máquinas que los chistes se han creado para perpetuarse a sí mismos. Eso suena mejor, es más divertido y seguro que menos lesivo. Cambie un arma por un chiste, a ver si cuela.

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28
Nov
2008
Nemine discrepante
2 comentarios

Poco a poco, por lo bajinis, se va imponiendo eso que llaman el pensamiento único (que ni los que lo proponen saben muy bien lo que es, salvo cuando acusan a sus contradictores de propugnarlo). Hay ciertos canales de televisión y ciertos periódicos que no toleran la discrepancia en lo más mínimo, y, lo que es más grave, no admiten como éticamente consistente la duda. “Si no opinas de este modo, sin matices ni escalas –parecen decir– eres anatema”. Anda, anatema. Si eso suena al concilio de Trento. Bueno, ahora se dice “intolerante”, “antipatriota” o, lo que es ¿peor?, “fascista”. ¿Quién es fascista? De su discurso, plagado de argumentos cornutos (que cualquiera que haya estudiado un poquitín de lógica o de retórica se da cuenta de que no valen como modo de argumentar) se desprende que todos los que no defiendan sin paliativos las cosas más peregrinas, es decir, la bolsa de golosinas con la que nos agasajan. Si la quieres, la tomas y disfrutas de su dulzor. Si no, hala, ya sabes lo que te espera. Y, sin embargo, por no sé qué ensalmo milagrero, la gente que piensa como ellos dicen que hay que pensar se autosupone libre, libérrima. Está bien hecho, ¿no? El ideal de esta tontuna colectiva y superficial que invade a ciertos comunicadores graciosillos (el humor inteligente suele escarbar más abajo de la costra de las apariencias) es aquello de nemine discrepante, o sea, el que se mueva no saldrá en la foto. Pero es triste que nos entreguemos, como si no hubiese remedio a esta forma de tiranía de la unicidad banal. ¡Con todo lo que se puede pensar, decir, hacer o cantar! Y de modos tan distintos y diversos. En este batiburrillo, se supone que si uno se dice cristiano ya está mediatizado en sus principios y en sus conclusiones, y, falazmente se concluye –cayendo en la falacia que los clásicos llamaban ad ignorantiam– que lo contrario, es decir, el que se dice no cristiano no está mediado y es el sujeto de la verdad. Ay, ay, ay… cuánta falacia… Y lo peor es que pàsa desapercibida.

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25
Nov
2008
No parto de cero
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Hace años, el filósofo de la religión A. Flew propuso (y creo que alguna vez he hecho referencia a la misma) la celebérrima parábola del jardinero invisible, que venía a demostrar que Dios es un concepto que no se puede falsar. Bueno, dejemos eso para los universitarios, que deben tener buenos profesores que les explicarán eso y cosas al menos tan interesantes como eso. Pero esta mañana, mientras escuchaba en la radio hablar a nuestros representantes electos me preguntaba algo semejante, pero con mucha menor trascendencia: ¿qué demonios tiene que pasar para que nuestros gobernantes digan que se han equivocado, que lo han hecho mal o que no tienen ni idea de lo que se les viene encima? Como se ve, mi desconfianza hacia los partidos es total. Si acaso, hay políticos, sueltos, danzarines en un mundo de confusión, que me inspiran simpatía y cuyos esfuerzos comparto… Pero la inmensa mayoría son, y creo que algunos hechos (con perdón por usar esa palabra casi proscrita por algunos filósofos) me dan la razón (otro vocablo cargado con pólvora). No sé si hay crisis, recesión o paro. Si sé, y en eso me pongo muy positivista, que hay al menos una serie de personas (2, 3 ó 2.000.000) a los que les va infinitamente peor que hace unos meses, cuando todo era días de vino y rosas. Mientras tanto, los titulares de los periódicos vienen ocupados por si quitamos crucifijos en las aulas, si Obama esto o si Rouco lo otro. Lo siento, pero no me interesa. Lo que más me preocupa es que los que están en el gobierno son como las vanguardias intelectuales soviéticas, que están convencidos de que ellos saben qué le conviene exactamente al proletariado, que es (aunque no lo digan actúan como si tal, lo cual a los efectos es peor) una masa inculta y adocenada a la que hay que guiar, para que no se pierda. Ah, claro, y de estas vanguardias, viene la idea de que, para seguir aquí (porque somos los mejores), apegados al escaño y al despacho, hay que hacer que la plebe se pegue por crucifijos o cuestiones de bioética, conquista de planetas ignotos o las tesis de San Hermenegildo.

Nota para navegantes: ya nadie parece distinguir entre Estado aconfesional y laico (la prensa habla indistintamente de ambas cosas). Tampoco es que me preocupe excesivamente, al menos de momento, salvo por la ideología que subyace a esa tesis: que detrás del laicismo no hay presupuestos ideológicos. Y la peor de las máscaras, la más falsa, es la desnudez (no lo digo yo, sino Nietzsche). Desconfío mucho del que dice que parte de cero.

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18
Nov
2008
La conciencia se deja tomar
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Desde hace unos días, los medios de comunicación han tomado conciencia (porque la tengan o no, de vez en cuando “la toman”) de esa terrorífica tragedia que asola al Congo. La bomba que ha segado las piernas de una monja española, burgalesa para más señas, nos ha puesto en primera página una tragedia que debe de ser algo inefable. No, no me voy a poner en plan acusica de nadie, ni siquiera de mí mismo. Si de algo soy consciente es de nuestra limitación y de que llegamos hasta donde llegamos. Y está clarísimo de que ni yo ni ninguno de los que me leen podemos hacer absolutamente nada para evitar que se maten a machetazos en esa región, o que la gente languidezca de hambre y de pena en improvisados hospitales (por utilizar alguna palabra que se asemeje siquiera lejanamente a lo que aquello debe de ser). Es posible que firmemos campañas e incluso que consigamos que alguien (¿quién será el tal alguien?) que tenga intereses allá presione de alguna manera para… No sé para qué. En ese aspecto no soy tan optimista como suelo. Creo que el problema está unos cuantos pasos más atrás: me hago la composición de lugar, y veo que de la situación que nos retratan no puede salirse si no es volviendo sobre los pasos de muchos y desfaciendo el tuerto, que diría el ingenioso hidalgo, allí donde se torció. Es un puro dolor que, de cotidiano, nos deja indiferentes. También los pitagóricos se preguntaban por qué no se escuchaba la música de las esferas. Pues porque estamos siempre inmersos en ella y sólo cuando deja de sonar, por paradójico que parezca, la escuchamos. Es la ausencia la que, a veces, delata la presencia. Algo pasa en El Congo (y en muchos sitos más) y yo no creo que yo pueda hacer nada. Si acaso, tomar conciencia..., aunque sepa que no basta.

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16
Nov
2008
Dispendio unidimensional
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Nos puede parece que la cúpula de Barceló en la ONU es buen arte, pero puede no gustarnos. O lo contrario. O ni una cosa ni otra: gustarnos y considerarla buen arte. O viceversa: ni gustarnos ni considerarla arte. O algo ligeramente distinto: ni fu ni fa. U otra cosa que no tiene nada que ver: defender la obra de arte a capa y espada. O a la inversa: pensar que el arte en general no es para tanto. Podemos creer que los artistas son unos genios excepcionales. O no, y pensar que son unos jetas, o un poco de cada cosa. Podemos creer que el arte no tiene precio (nuestro ministro dixit). O lo contrario (que tiene precio, como demuestra lo que se paga por él). Cabe que pensamos que el valor del arte sobrepuja todo lo que estemos dispuestos a pagar por él. O no, y que pensamos que el dinero estaría mejor en otra parte. Puede que opinemos que la divinización contemporánea de los artistas es un proceso que responde a una época determinada, donde necesitamos iconos que cumplan funciones que antes le asignábamos a la religión. O no, y puede que creamos que es una patochada considerar a alguien que pinta como un ser que ocupa un escalafón especial en la escala de las vanidades. Puede, finalmente, que no podamos entrar nunca en esa sala de la ONU donde están las estalactitas coloridas. Y esto, creo, es casi lo más seguro de todo lo que he dicho antes. Entre tanta disyuntiva, donde cada uno trata de encontrar sus caminos, lo que me digan quienes se han gastado una cantidad de dinero (ad maiorem gloriam unius personae, de esto es de lo que casi no me cabe duda) de una partida no destinada a ello, sino a otros fines, cómo diría, al menos tan humanos como el arte, no me sirve de nada. Me encanta el arte y me apena la mentira y el dispendio. Pueden darse ambos sentimientos en el mismo ser humano, aunque algunos “hombres unidimensionales” no se lo crean.

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13
Nov
2008
El soplador de Bach
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Alguna vez me ha dado por pensar qué escucharía, cómo viviría su suerte el tipo o los tipos (cabe suponer que alguno fuese repetidor) al que Bach tenía contratado para que le diese aire al órgano en el que tocaba o componía. Se dice que Bach era un eximio improvisador y en la novelilla “La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach”, que es apócrifa pero quién sabe si veraz, se nos cuenta que Ana Magdalena se enamoró al entrar en la iglesia y escuchar el sonido del órgano… Hoy entramos en la iglesia, damos a un interruptor y voilá, a tocar. Pero las cosas no eran tan fáciles en los siglos XVII y XVIII. El aire del órgano se procuraba no por un motor, claro está, sino por medio de diferentes tipos de fuelles, que se accionaban, con las manos, con los pies, caminando sobre ellos (casi como en un gimnasio de los que salen en la tele), accionando palancas manualmente, y de mil formas más. Y cuando Bach tocaba (y digo Bach porque es Bach, qué rábanos, aunque hay una plétora de gentes coetáneas a las que no me hubiera importado escuchar en directo) allí estaba el tipo ese proporcionándole aire. Por eso me pregunto: ¿Qué escucharía? ¿Cómo viviría su suerte? Seguro que no tenía ni idea de que estaba escuchando en directo, y en rigurosa primicia quizá la mejor música de la historia. Si era cultivado prestaría atención; si no, ejercería su trabajo de modo mecánico, esperando que acabase de tocar el viejo peluca. Y sin embargo, había asistido a un acontecimiento absolutamente único, irrepetible, y de una altura artística sin par. ¿Se daría cuenta? ¿Me han pasado a mi cosas análogas? ¿Me habré dado cuenta? ¿Habrá una posteridad que me diga que he estado ciego para la gloria? Que alguien me ponga sobre aviso, por si las moscas…

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11
Nov
2008
Haces de ideas
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No me gustan los titulares de prensa y menos los que encabezan las entrevistas que hacen a personajes, personajazos, personajillos o personajuelos. En el caso de que alguien tenga algo que contar, el titular suele reflejar la parte más chusca de la entrevista, la que tiene más “interés humano” (no va a ser divino, ¿qué otro interés puede haber?) o la que refleja más el carácter campechano del entrevistado, como si eso fuese el valor supremo de una persona. Los personajillos, por su parte, suelen orientar la entrevista a proporcionar un titular grandilocuente, del tipo: “El arte debe remover las conciencias de los bienpensantes” o cosas similares, y que a uno que se dedique a cualquiera de esas dos cosas (al arte, al bienpensar o, qué más da, al remover) le quitan todas las ganas de leer lo que pueda decir el buen señor. Hoy leía una columna de opinión en El Norte de Castilla, el periódico decano de Valladolid, que estaba bastante mal escrita y carente de ideas. De hecho no me acuerdo de quién era, pero créanme lo que les digo, si lo tienen a bien, claro. Comentaba la película “Camino”, que ha dado tanto que hablar: que si es respetuosa con el Opus o si les atiza, que si revela la esencia de este grupo o si oculta no sé qué cosas… Que tanto me da, que me da lo mismo, porque como no la he visto (ni tengo el menor interés, porque en mi lista de películas pendientes hay infinidad de ellas, algunas de los años 20, así que hasta que llegue a ésta, imagínate lo que me queda) y no suelo ver lo que "toca" por orden del señor publicista , no puedo decir nada al respecto. Mas el buen glosador y mal tañedor de letras que escribía, acababa criticando la película por dulcificar la muerte, cuando cualquier personaje de izquierdas y progresista, decía él, sabe que con la muerte sólo adviene la nada. Y yo me dije para mí mismo: ¿qué demonios entra en izquierdas y derechas? ¿Qué paquetes de estupideces tiene que adquirir uno cuando se proclama de derechas o de izquierdas? Y pensé: bendita postmodernidad (en algunas cosas), que te permite hacer tu selección y ser de tales ideas políticas sin tener que comulgar con ruedas de molino que nada tienen que ver con aquéllas. Yo, ¿de izquierdas o derechas? ¿De centro o de extremos? Todo lo contrario, seguramente.

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7
Nov
2008
Los puercoespines
3 comentarios

Al final de Parerga y Paralipómena, Schopenhauer nos cuenta la historia de unos puercoespines que trataban de estrechase y acurrucarse para darse calor en pleno invierno, pero cuanto más se acercaban, más se herían, lo que les llevaba a separarse y a pasar frío, para así volver a juntarse, separarse, etc… Es una suerte de parábola sobre nosotros mismos, los seres humanos, que nos buscamos para darnos calor, pero en el mismo hecho de acercarnos, nos hacemos daño. Por mucho que los medios lo hayan cacareado estos días, el presidente electo de los EE.UU tiene muy pocas posibilidades de herirme. Pero aquel con el que convivo, quizá con la mejor de sus intenciones, puede ser causa de dolor, precisamente porque está cerca, porque me afecta y me dejo afectar. Schopenhauer, como buen misántropo que era, incidía en este aspecto del dolor necesario de toda relación, pero olvidaba subrayar que necesitamos recogernos del frío, aun a costa de los pinchazos. La sabiduría popular ha reconocido esta ambivalencia de las relaciones humanas, difícil equilibrio de calor y frío, de pinchazos de púas y de peticiones de perdón. Así pues, la historia personal de cada uno está constituida, fundamentalmente, por este conjunto de relaciones proximales, que nos van puliendo y configurando.

Hace unas horas que se murió Miguel Iribertegui, OP. Parece mentira, pero así es. Fue profesor mío (y de mucho otros, claro), de dibujo y de música. Me consta que trató de sacar de mis inexistentes capacidades bocetos, perspectivas, plantas, alzados y perfiles… Y todos le recordamos armonizando melodías, esculpiendo… como un artista. A veces uno piensa que el prescindir de cualquier lazo sería el camino perfecto hacia la felicidad, en la medida en que todo lazo puede romperse, y siempre queda una postilla tras el golpe. Los otros, los que nos acompañan, son como los puercoespines, que cuando están cerca nos pueden herir…, pero cuando se alejan sentimos, de nuevo, el frío. La marcha de Miguel nos deja un mundo un poco más frío. Dios lo habrá acogido y aliviado ya.

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6
Nov
2008
Contra Eva
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En el catálogo que me ha llegado hoy de la editorial Melusina, se anuncia ya la obra póstuma de Emilio García Estébanez, fraile que fue de este convento de San Gregorio, y profesor y amigo, a buen seguro, de un buen número de los que esto leen. Así reza el extracto que del libro hace el editor para comercializarlo: «La mujer debe estar sujeta a su marido»; «En el plan divino desde la creación, la mujer es inferior al hombre»; «La existencia del macho es natural, la de la hembra es accidental»; «Ligera es toda maldad comparada con la maldad de la mujer». Y así sigue: Emilio García Estébanez, fraile dominico y doctor en Teología y Filosofía, propone en estas páginas una visión diferente de la Biblia. Partiendo de la Creación y el «pecado original», García Estébanez desgrana los textos bíblicos en relación a la figura de la mujer, cómo se la ve y, sobre todo, cómo se la trata, estableciendo una controvertida tesis según la cual la masiva violencia de género que la sociedad actual sufre no es un fenómeno moderno, sino un mal promovido y defendido desde las Sagradas Escrituras.

Emilio siempre fue un gran defensor de la causa de la mujer y no le dolían prendas en denunciar los abusos que hoy se cometen contra ella, sobre todo los que más duelen, por provenir del seno de la misma Iglesia. En esta obra, sumamente recomendable (a veces divertida y a veces dramática), Emilio no se ceba con lo que pudo decir San Juan Crisóstomo o con las ideas de San Jerónimo, que, ciertamente, son para echarles de comer aparte…, pero hijos de su tiempo, al fin y al cabo, y esa distancia histórica les exime, al menos en cierto modo, de parte de su responsabilidad personal. No, Emilio se rebela contra el mantenimiento por todos los medios de esas visiones en interpretaciones coetáneas de la Biblia y del Magisterio. A estas alturas del devenir de Occidente no se puede mantener que la mujer es inferior si no es por la fuerza, acudiendo a argumentos de autoridad (interpretaciones interesadas de los textos) o a lo que otros llaman argumentos “seminales o gonadales” (que se usan en todos los ámbitos, también, cómo no, en el mundo eclesiástico). Nadie sabe lo que me alegra la aparición de este libro: A Emilio ya le da igual (¿o no?), pero los que nos gusta que se cumpla aquello de bonum diffusivum sui debemos considerar que es una buena noticia y un paso más en el proceso de normalización del mundo, por Dios.Vayan reservando su ejemplar.

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3
Nov
2008
Hábitos
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Con la que está cayendo (tanto dentro como fuera de la Iglesia), ¿qué lleva a dos jovenzuelos a tomar el hábito dominicano? No es que me lo preguntase el sábado en Sevilla, pues más o menos sabía qué había llevado a Moisés y a Pedro a revestirse del santo cendal, mas me lo pregunto aquí y ahora, sentado delante del teclado. Desde fuera, parece que meterse fraile y vestir nuestro hábito blanquinegro es locura y necedad, que decía el apóstol. “¡Qué desperdicio!” Eso suelen decir algunas chicas a los frailes más afortunados (y a los más malencarados también, aunque justamente con un sentido opuesto). Bueno, si se considera que el sendero recto es el habitual, el que “se” hace, “se” recorre y “se” considera bueno, pues cabe la posibilidad de que atentar el desperdicio, intentar el camino novedoso, sea una aventura de las buenas. Esa impresión me da desde mi atalaya añosa. Claro, uno conserva su buen tipo y su buena facha (y le encanta que le digan de vez en cuando lo del desperdicio –en el primer sentido, obviamente–), pero ya hace 20 años de vellón que servidor vistió el hábito. Y le encanta, al mismo tiempo, que sea un novicio, en este caso Moisés, el que le diga que hay que perseverar. Porque las cosas, de cotidianas, se nos olvidan y la vida se convierte en un rodar y rodar como la piedra del corrido mexicano. ¡Qué buenas son las tomas de hábito! ¡Qué buenas para los que lo reciben y qué buenas para los que lo damos! Enhorabuena, Pedro y Moisés.

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