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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
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9
Sep
2022
La reina de corazones
3 comentarios

bóveda

¿A qué se debe el duelo por la reina de Inglaterra? ¿Por qué tanta gente que no la conocía más que como un elemento televisivo o como parte de un imaginario colectivo se echa a llorar en cuanto le pregunta un periodista? Es curioso. No la quieren, o no especialmente; no la conocen, o no más que por la prensa; no tienen una especial intimidad con ella... y sin embargo la lloran. Es obvio que no se trata de un duelo profundo, doloroso y “purificador” como el que cuenta C. S. Lewis en Una pena en observación.Pero es duelo, al fin y al cabo. De hecho, esta mañana me he tragado los cañonazos londineses a modo de muestra de respeto, que es un modo de quitarse el sombrero a distancia. Y eso viene de la mano con el silencio. Los comentaristas de la televisión española, sin embargo, no callaron ni un solo minuto de los cañonazos, contando nimiedades para llenar un tiempo que consideraban vacío, cuando era, precisamente, un tiempo lleno por sí mismo, en el que solo hay que estar. Porque a veces, sí, en el tiempo se es y se está. Sin más.

No hace mucho, leí un texto que consideraba que la clave del asunto es que nuestra identidad práctica –quiénes somos desde el punto de vista de aquello con lo que nos comprometeremos en la vida– está constituida por muchas personas con las que mantenemos relaciones de distintos tipos. Sus muertes descolocan nuestras autobiografías de algún modo, aunque sean artistas o figuras públicas con las que no tenemos trato personal. Pero, en parte, nuestra identidad está conformada con la relación más o menos real o simbólica que mantenemos con ellos. Y esta relación cambia con su muerte. En el fondo hay un elemento muy personal en el duelo, que implica una redefinición de quiénes somos a partir de este juego de relaciones. Lo decía Platón respecto a Sócrates: "a mí también y contra mi voluntad, caíanme las lágrimas a raudales, de tal manera que, cubriéndome el rostro, lloré por mí mismo, pues ciertamente no era por aquel por quien lloraba, sino por mi propia desventura, al haber sido privado de tal amigo”. Cada pérdida, real o simbólica, nos obliga a repensar nuestra propia identidad. Quizá por eso llora tanta gente.

 

 

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15
Ene
2022
Para Dios el cero no existe
2 comentarios

araña

Si alguien no tiene mejor que hacer en los próximos días, mi consejo es que vea o vuelva a ver la película “El increíble hombre menguante”, del año 1957. No solo es un prodigio técnico en el que todavía se ve el trampantojo, cosa que es de agradecer en un mundo en el que distinguir lo real de lo simulado pasa por ser imposible, sino que es, sobre todo, y a mi entender, una moderna puesta en escena del relato de Job. En el fondo, la historia de Job es casi la de cualquier ser humano que ponga el pie en la Tierra. Puede que la vida no le golpee con la intensidad con la que maltrata al santo paciente, aunque el protagonista del filme, en la escena más icónica de la película, tiene que enfrentarse para salvar su vida a un arañón terrorífico,lo que no es moco de pavo.

La película que comento no es solo la historia de un hombre que va reduciendo su tamaño, conservando, eso sí, las proporciones corporales y demás (lo que seguramente mitiga su sufrimiento: la deformitas,la pérdida de la forma debida, añade un plus a la desgracia de cualquiera). Es sobre todo la historia de un duelo: el de un hombre que se ve abandonado por el mundo, que se rebela contra ello y que acaba por aceptar su nueva situación en una escena final que es absolutamente apoteósica. Por ella, algunos comentaristas hablan de esta como una película panteísta. Se ve que la glorificación contemporánea de lo natural hace que muchos se sientan cómodos en ese universo del Deus sive natura, pero el panteísmo –Schopenhauer dixit– no es sino un ateísmo cortés. No, el mensaje no es panteísta. El mensaje es el mismo que el que contiene el libro de Job: no es posible que en este universo magnífico los sufrimientos del más pequeño de los hombres (qué gran acierto la metáfora del empequeñecimiento físico) carezcan de significado para Dios. Para Dios el cero no existe. 

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