Logo dominicosdominicos

Blog Bitácora Véritas

Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor


Filtrando por: 2021 quitar filtro

22
Feb
2021
Artistas antinomianos
2 comentarios

hery

Considerar que algo es “arte” no es una operación inocente. Se trata de un proceso complejo de creación de significados, de valores y de identidades que no consiste simplemente en tomar un objeto y, por la simple inspección, decretar que lo es o que lo deja de ser. Lo mismo pasa con los artistas. Parece que la única que lo entendió bien fue Concha Velasco con aquello de “Mamá, quiero ser artista”. Si alguien quiere algo, normalmente emprende una “caza” tras ese algo, esforzándose, arrostrando peligros y temiendo sus posibles desilusiones. Da la impresión de que eso ya no se lleva en nuestros días, al menos en los casos más gamberros: uno se autodetermina. Yo soy artista, ego dixi, y ya. La complejidad del sistema artístico, en el que conviven a veces a palos Bach con John Cage, Cervantes con Apolonio de Rodas, Miguel Ángel con Tolstoi y Terrence Malick con Tomás de Santa María (¿son todos ellos “artistas”?), es el resultado de innumerables construcciones teóricas más o menos forzadas, de la liquidación del mundo de muchos artefactos, de la romantización del sufrimiento y de muchas otras cosas que tratamos de comprender dándole vueltas al asunto. Todo esto palidece ante el tipo de que dice de sí mismo “yo soy artista” y no acepta preguntas, señoría. Ah, y tenga en cuenta, señoría, que ser artista me habilita para saltarme todo tipo de ley porque yo lo valgo. ¿Y el panadero? ¿Y el florista? ¿Y el estibador? ¿Por qué no pueden ellos?

Hay un cierto elemento de gnosticismo en esta consideración de las artes como un espacio en el que las leyes (civiles, morales, humanas y divinas) se suspenden. Así se pensaban los antinomianos, que defendían que los cristianos elegidos estaban por encima del decálogo y no tenían por qué someterse a él. La “nueva religión” del arte repite formas ya ensayadas en otros ámbitos, como si el mundo hubiese empezado ayer. El cristianismo se dio cuenta pronto de que la gracia no exime de la ley, sino que le da su pleno significado. Poco tiene que ver esto con considerar que la única ley es la del artista… Que, por cierto, ¿quién lo ha nombrado tal?

P.S: La foto, vista en una calle de Lugo tiempo ha. 

 

Ir al artículo

4
Feb
2021
Mortadelo y Filemón "for presidents"
2 comentarios

Mortadelo

Estaba escuchando a una de nuestras ministras reflexionar en torno a en qué consiste “ser calvo” (es un suponer) y cómo eso se traslada al ámbito de los derechos y las políticas públicas. Lanza la mujer preguntas retóricas para pretender que la cuestión es indecidible: ¿cuántos pelos hay que tener o dejar de tener para ser considerado calvo? ¿La calvicie puede definirse exclusivamente atendiendo a los pelos que uno deja de tener o tiene que ver con las hormonas llamadas (tradicionalmente, aclara ella) masculinas o femeninas (y así pasamos a un terreno muy teórico, que aquí cabe casi todo si jugamos bien nuestras cartas con los números)? ¿Es la calvicie algo genético? Supongo que cualquier lector avezado se dará cuenta de que esta mujer no hablaba precisamente de la calvicie, sino del problema del continuo. Ahí nos jugamos los cuartos. Que el tránsito entre la melena leonina y la calvicie más absoluta sea un continuo es algo que casi todo el mundo comprende. Hay gente más o menos calva y gente más o menos melenuda, pero eso no significa que no haya calvos y melenudos, que es lo que parece deducirse del deshonesto juego retórico de la ministra, que arranca de esa continuidad y considera que Filemón Pi, el jefe de Mortadelo, que tiene exactamente dos pelos, puede declararse melenudo si así lo desea, y sin despeinarse. En el fondo, se quiere presentar la cuestión como teóricamente indecidible (y quizá lo sea en el caso de Filemón para los intelectuales que se empeñan en sostener que un tipo que peina su único cabello con raya al medio no es calvo, pero no lo es en el caso de Mortadelo), y si así se consigue vestir de profundidad teórica la idea de que cada quien debe tomar con su razón práctica la decisión de si es calvo, melenudo o todo lo contrario, sin quedar constreñido por sus pelos. Ahora bien, la decisión se da en el tiempo, luego hay que ponerse metafísico y pensar, de nuevo, si esa decisión tiene carácter discreto (su validez se limita a instante específico, de duración variable y también decidible), o adquiere un carácter continuo progresivo (de hoy en adelante), continuo regresivo (desde hoy hasta el principio de la propia existencia, pero no mañana, porque supongo que el pasado también podrá reescribirse, ya puestos…), si tiene cualquier otra topología temporal, si hay que renovarla y cada cuánto tiempo. Hoy soy calvo. Mañana no, etc. Trabajo para muchas comisiones y conmilitones.

Buena parte de nuestro modo de entender la vida en sociedad pasa por pensar que existen calvos y melenudos, que son, precisamente, las realidades que visten y calzan y que nos permiten pensar la riqueza de lo real. A veces pienso que hay doctores sesudos preparando una gigantesca y sádica operación de ingeniería social para acabar con todo ello y vestirnos a todos de Mao (que ni es calvo ni tiene melena). Pero otras veces pienso que mucha de la gente que nos gobierna ha pasado los años de facultad en la cafetería. Si acabamos con la calvicie y la melenudez, cada quien, supuestamente, podrá autodeterminarse como quiera... si consigue librarse de las garras de todos aquellos que quieren hacerse cargo de todo lo que dice relación a la peluquería y que, por lo que se ve, hacen uso de una lógica muy rara (si cuela, cuela) y de ninguna metafísica. Solo nos falta el profesor Bacterio y ya estaremos todos.

Ir al artículo

28
Ene
2021
Extras angélicos
1 comentarios

Aquino flamenco

Un elemento fundamental de cualquier película son los extras. Esos tipos mal pagados que se contratan a granel. De vez en cuando uno se resiste al foco y deja de fijarse en los galanes y galanas que merodean por la escena, haciendo que su vista vague entre los extras. A diferencia de los actores principales, acariciados por la cámara y mimados por el director, el productor y demás gerentes, los extras –supongo– pasan más frío que un perrillo abandonado. Las estrellas reciben cuidadosas indicaciones de qué deben hacer, cómo deben moverse y comportarse, pero los extras están frente a la cámara, seguramente con instrucciones muy genéricas: no mires al objetivo, finge tener una conversación agradable con tu compañero de mesa o cruza por el paso de peatones cuando se te indique, y ni se te ocurra tener alguna genialidad que nos destroce la escena. Supongo que no hay una escuela de extras en la que se enseñe a estar sentado de manera cinematográfica o a tomar un refresco como si toda la maquinaria filmográfica no estuviese allá. ¿Quién iba a pagar por eso? Además, parte de la vocación y del sueldo del extra pasa por la convicción de que nadie se va a fijar en uno y por el buen hacer para que así sea. Sin embargo, y esta es la clave del asunto, un mal extra puede fastidiar una película.

La vida que cada quien protagoniza está llena de extras, de personajes casi imperceptibles que hacen que la existencia que uno cree el centro de la creación llegue a fructificar o sea un desastre. Además de los secundarios, en nuestra película hay multitud de extras constantes, extras casuales, extras temporales y extras sobrevenidos. Como en la de Tomás de Aquino. En su día, hoy, se glosa su inmensa tarea y se paladea la apoteosis del Santo, que bien la merece. Vemos su película (o mejor, sus películas) y nos fijamos muchas veces en los grandes actores secundarios que lo acompañan, como Reginaldo de Piperno o Guillermo de Moerbecke, a los que da gusto ver actuar en la pantalla. Pero pocos se fijan en los extras (quién sabe, sus priores, sus provinciales, sus familiares, sus alumnos, los frailes que compartieron refectorio con él, sus colegas de docencia olvidados… porque de la mayoría no nos ha llegado memoria). Los extras de la película del Aquinate, sin duda, desempeñaron bien su papel. Como él mismo dijo “non omnes omnia possumus”. Pues claro que no: si no todos podemos hacer todas las cosas, y hacemos bien lo que hacemos, es en gran medida porque quien hace lo que debe hacer no mete la pata. Memoria también para ellos en el día del doctor Angélico.

Ir al artículo

21
Ene
2021
Vuelta la burra al trigo
2 comentarios

Kiss

Hoy un columnista clamaba que más ciencia y menos religión era lo que necesitábamos para salir de esta crisis. Es curiosa la insistencia en contraponer ambas realidades bajo el mismo respecto. El caso Galileo, leído bajo una óptica específica, parece que es aplicable al día de hoy, y realmente no sé por qué. En general, la gente religiosa va al médico, investiga en colisionadores, cree que si se tira por la ventana caerá con un movimiento uniformemente acelerado, etc. igual que la no religiosa. No pide que el investigador rece antes de entrar en su laboratorio pero tampoco le molesta que vea un elemento de creación en lo existente. No sé exactamente qué ganaríamos con menos religión. Sí, claro que hay exaltados y gente que carece de toda lógica. Pero ni todos los religiosos lo son ni los no religiosos se escapan de esos problemillas.

El otro día, según decía el periódico, un biólogo, danés creo que era, aconsejaba ponerse la vacuna, pero decía que él no quería ser el primero en hacerlo. Es una cosa que habrá dicho media humanidad en sus conversaciones intrascendentes, pero si se pretende erigir eso en imperativo categórico (“obra de tal modo que te pongas la vacuna, pero no seas tú el primero”) mal vamos, salvo que elijamos cobayas que renuncien a ese imperativo. Y eso es éticamente reprobable. Estamos en un atolladero lógico-ético-erótico-festivo. En este caso, la cosa retorcida no venía del obispo de Persépolis, sino de un biólogo que había escrito un libro sobre vacunas, por cierto.

Pasados los primeros zarpazos de la pandemia un escribano de un periódico se preguntaba con sarcasmo dónde estaba la religión en esta crisis. Era la ciencia la que nos iba a salvar y la religión ya no tenía capacidad de movilizar a la gente para hacer rogativas o quemar a unos cuantos prisioneros para complacer a la divinidad hambrienta de vísceras (estos ejemplos son míos, que el hombre no llegaba tan lejos). Al leer aquello, yo pensé que aquel letraherido se había quedado en la imagen estereotipada que quien no está muy al día tiene de la religión de los siglos XII, XIV, XVI, XVIII… hasta que llegó la luz que disipó las tinieblas, supuestamente. La religión, al menos en el mundo occidental, ha estado done tenía que estar, colaborando con las autoridades civiles, protestando cuando algo no le parecía justo y manteniendo su obra social y evangélica a un ritmo superior al habitual, si cabe. Supongo que muchos estarán ávidos de desfiles de gente disfrazada, con los rostros ocultos y entonando cánticos. Para eso habrá que esperar a que se autoricen otra vez los desfiles de carrozas y todo tipo de “parades”. Que haya científicos enemigos de la religión, o religiosos enemigos de la ciencia, no implica que ciencia y religión sean enemigas. Ya lo sabía San Agustín, por cierto de moda con Joe Biden.

Ir al artículo



Suscripción

Suscribirse por RSS

últimos artículos

Archivo