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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
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4
May
2020
El Yeti y el corona
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yeti

Vivimos una época a la que los filósofos, sin duda, le sacarán mucho partido teórico en el futuro. También los teólogos. Hay una sólida tradición de considerar el mal como un “megáfono” que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos, tal como decía C. S. Lewis en sus obras y como bien se refleja en la magnífica película “Tierras de penumbra”. De la misma opinión es el asesino que va siguiendo la lista de los pecados capitales en la película “Seven”. Cuando le llevan hacia la escena de los crímenes finales dice: “Si quieres que la gente te escuche no puedes limitarte a darles una palmadita, hay que usar un mazo de hierro. Solo entonces se consigue una atención absoluta”.

Pasará tiempo antes de que tengamos alguna idea de cómo una experiencia como esta, especialmente en una generación a la que algo así le parecía imposible, ha afectado a la fe religiosa. Veremos qué nos dice el informe del Pew Research Center en unos meses. En cualquier caso, en Occidente, el suelo nutricio de la creencia religiosa ha sido sembrado con sal. En su Dialéctica de la Ilustración,Adorno y Horkheimer afirmaban que el pensamiento típico del racionalismo científico no podía siquiera plantear la cuestión de la existencia de Dios. Ni siquiera plantearla sin que sonase a chiste. En el mejor de los casos, como señala Terry Eagleton, solo puede plantearse la existencia de Dios como se plantea la existencia del Yeti. De hecho, cuando salen estos temas en los debates de prensa, siempre hay alguien que saca a Papa Noel a relucir. Esa bobada solo se entiende en este contexto de cierre epistémico: esa pregunta no cabe. Los que se acogen al paradigma ilustrado suelen entender la fe como creer algo que no se puede demostrar racionalmente, lo cual supone, para ser precisos, que no se puede demostrar racionalmente según las reglas de razonamiento que hemos adoptado en otros ámbitos y que consideramos exclusivas del buen razonamiento. Ese modo de pensar determina qué es racional. Tras esta siembra de “nueva normalidad epistémica” por parte de una poderosísima tradición de pensamiento, no faltarán pensadores que traten de recobrar un sentido auténtico de fe, que no se identifica con un conjunto de dogmas creídos y punto. Pero la secularización iniciada en el período ilustrado ya ha configurado un marco mental e intelectual en el que no cabe el Dios cristiano. Es impensable. La sal sembrada ha vuelto baldío el terreno y toda otra sal sabe sosa de tanta salazón. Sin embargo, lo impensable (distinto de lo imprevisible) ocurre. A los teólogos posmodernos les gusta hablar de Dios en esos términos. Quizá lo que no estaba permitido pensar seguía estando por ahí.

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13
Abr
2020
Noli me tangere
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noli

Hoy el New York Times dedica un magnífico reportaje a los dominicos de Manhattan que trabajan en los hospitales como capellanes. La redactora recuerda aquello de imponer las manos como un gesto de sanación, tan importante en cualquier ritual. Y eso me trae a la mente la importancia del tacto, el sentido de los sentidos tanto para Aristóteles como para Tomás de Aquino, tan devaluado como espacio de conocimiento, sobre todo por aquellos que consideran que lo propiamente humano es ese conocimiento que se cimenta sobre los sentidos superiores. De modo brillante, el artículo finaliza con el recuerdo del Noli me tangere de Jesús a la Magdalena. Cómo resuena eso en época de pandemia, de modo especial en las culturas mediterraneas y latinas, que basan su estar en el mundo en el con-tacto, desde que uno llega a este mundo hasta que se va de él. Irse sin poder tocar y ser tocado debe ser una de las experiencias más terribles del irse en sí. Pero también ahí hay misterio de salvación: Noli me tangere.Por extraño que le sonase a María Magdalena.

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28
Mar
2020
Ojo con los filósofos visionarios
2 comentarios

marciano

Si me permiten un consejo filosófico para estos días, no les hagan el menor caso a los filósofos que han aprovechado la ocasión para vendernos su futuro: los filósofos son tan buenos predictores de lo que va a pasar como los brujos que salen por la tele y se parecen bastante a un marciano toreando un toro en un restaurante mexicano. Cada uno de ellos cuenta su rollo de siempre, solo que ahora teñido de visión del futuro autorizada: que si un comunismo autoritario, que si relaciones humanas marcadas por un victorianismo puritano, que si… Ni caso. Lo sensato del filósofo es que piense lo que pasa o lo que ha pasado. Su tarea no es predecir el futuro y, menos aún, diseñarlo. Tampoco me parece muy sensata su conversión en terapeutas que tratan de sacar cosas buenas de esta pandemia. Obviamente, de las situaciones adversas se pueden sacar infinitos bienes, pero eso no las justifica. Hace años leí a alguien que se quejaba de los que trataban de justificar el mal poniendo el ejemplo del samaritano que, al encontrarse al hombre tirado en medio de la calle, en vez de recogerlo y ayudarle sin más, podría haber pensado pensado: “Oh, qué magnifica ocasión ha puesto Dios en mi camino para ejercer mi compasión, una virtud que de otro modo no hubiese tenido objeto”. En eso soy tomista: el mal es algo que no tiene cabida en la creación. Por eso es un misterio y hay que combatirlo con todos los medios, sacar todo el bien posible de él, seguramente, pero nunca justificarlo.

Lo que a todos, seguramente, nos ha sorprendido gratamente es la respuesta del magnífico tejido social que nos constituye. Frente a la incompetencia y fatuidad de buena parte de los políticos, los trabajadores de sanidad, seguridad, alimentación, carreteras, etc., que siempre han estado ahí, se han hecho visibles de un modo conspicuo, como cuando una afección deja a la vista las venas del cuerpo, que son las que llevan la savia imprescindible y vital. Y de una manera extremadamente generosa, ahí están, al pie del cañón, contra viento y marea. Entre ellos se cuentan también los que se han encargado de hacer esta situación mucho más llevadera creando todo tipo de memes divertidísimos e ingeniosísimos, curiosamente sin atender a si eran políticamente correctos o no. Sobre esto y sobre la vanidad postmoderna en la que hemos vivido, espero que se me ocurra alguna cosa para otra entrada.

Esta es la única seguridad que sale de esta crisis:  no si seremos comunistas o capitalistas, promiscuos o victorianos, sino que hemos sido atendidos y cuidados por un cuerpo de servidores “chapeau”.

 

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25
Feb
2020
La ceniza de warhol
4 comentarios

warhol

Me contó hace años un fraile del convento de St. Vicent de Nueva York que Andy Warhol era parroquiano de esa iglesia. Iba los domingos a misa. Se quedaba de pie, detrás de una columna, y no asistía a una misa completa, sino a la segunda mitad de una y a la primera mitad de la siguiente. Sea esto cierto o no (no vaya a ser que los biógrafos añadan esta anécdota como un dato irrefutable y se vean obligados a tirar los libros que han escrito), me llama la atención, más que la cosa “postmoderna” de trocear la misa y recoger los trozos en el orden que mejor le vengan a uno, el hecho de quedarse detrás de la columna, que me recuerda mucho al publicano, que se confesaba pecador frente al fariseo chuleta. El publicano es una figura que casi ya no existe, al menos en el mundo que más cacarea en los medios que nos asaetean todos lo días. La culpa ha desaparecido, al menos en los titulares. De un tiempo a esta parte, parece que la culpa ha sido desterrada, como una enfermedad contagiosa que hay que evitar. Supongo que entre el exceso de una culpa mórbida y la negativa a reconocer que al menos algunas veces uno hace algunas cosas mal ha de haber un término medio que nos haga tomar conciencia de que andar por el mundo es, en muchas ocasiones, provocar entuertos que hay que desfacer. La culpa es la conciencia de ese tuerto. Si desaparece esa conciencia, queda el publicano chuleta que todo lo hace bien al que Dios (caso de que lo tenga en cuenta), la sociedad, la historia o el universo no tienen más remedio que rendirle pleitesía.
Me pregunto si Andy Warhol asistiría a la imposición de la ceniza del miércoles del mismo nombre. Probablemente saliese de su ocultamiento y, al menos en una de las dos partes de su celebración, escucharía aquello de “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris” que nos habla tanto de nuestra condición como de la importancia de lo que se hace entre el pulvis y el pulverem. Buen comienzo de cuaresma.

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