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Sixto Castro Rodríguez, OP
Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
sábado, 28 de agosto de 2010
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Me acaba de llegar este vídeo sobre las actividades de los frailes en El Seybo (República Dominicana). Merece la pena verlo, entre otras cosas, porque merecen la pena todas y cada una de las diligencias que allá se llevan a cabo. La República tiene alguno de los paisajes (y paisanajes) más bellos que uno pueda ver y, al mismo tiempo, algunas de las condiciones sociales y económicas más terribles. Cierto que, en comparación con, por ejemplo, Haití, seguramente el territorio dominicano parece Manhattan, pero eso no es mucho decir. El terremoto de no hace mucho nos hizo caer en la cuenta de que la parte occidental de la isla está dejada de la mano de los hombres. Aun así, en Dominicana hay grandes extensiones de necesidad acuciante (coexistentes con, como el vídeo muestra, parcelas de lujo asiático) y, entre ellas, algunas zonas de El Seybo. Me consta que los frailes y las hermanas que allá trabajan, junto con la legión de laicos dominicos que pululan por allá, han marcado una enorme diferencia, para bien, en las raíces de ese pueblo, ya desde hace mucho. Seguro que, a quien pase por allá, le darán la bienvenida.
viernes, 27 de agosto de 2010
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Estamos a punto de comenzar el capítulo general electivo. Saldrán nuevas cosas del mismo, sin duda, y seguro que serán para bien. Pero mientras, uno sobrelleva la canícula veraniega con cosas varias, entre ellas prestar atención a la prensa (aunque tengo que reconocer que me cansan bastante los ecos de sociedad de todos los tipos, en los que siempre se habla de la misma gente, hasta el punto de que ciertas noticias sólo se convierten en tal a rebufo de las nuevas de los de siempre, pero en fin). Así, me ha llegado a la vista este articulillo del Wall Street Journal sobre la relación entre el catolicismo y la teoría de la evolución, señal de que la cuestión, lejos de estar cerrada, sigue suscitando reflexiones. A pesar de que el autor considera que el Espíritu Santo es la segunda persona de la Trinidad (un error de culturilla religiosa, a los que, seguramente, nos acabaremos por acostumbrar), el artículo sobrevuela una cuestión que sería bastante larga de detallar, en la medida en que hay posturas contemporáneas que articulan el dogma con aportaciones bien conocidas de la Tradición y que se leen bien a la luz los modos contemporáneos de pensar. Es una más de las cuestiones que hay que seguir pensando. El quod credam no se da en cápsulas sólidas, sino más bien en porciones que hay que reflexionar día sí y día también. Que sea leve el calorcillo.
viernes, 20 de agosto de 2010
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No, no, no se han acabado las vacaciones, menos mal, aunque, según se mire, tampoco cambia tanto la vida frailuna en esta época del año. Lo que me lleva a retomar el blog es compartir brevemente la noticia de la entrada en el noviciado de la provincia del este de los EE.UU de 21 novicios, lo cual es un número considerable. La tendencia no es extrapolable ni a las demás provincias americanas ni a las demás de la Orden, pero da que pensar sobre el carácter cíclico de este tipo de cosas. La historia muestra cómo los altibajos han sido grandes y, en muchas épocas, la entrada se mantuvo a cero en muchas provincias durante mucho tiempo, mientras que en otras, glosadas luego por los florilegios varios, no había espacio para acoger a tantos postulantes. Los sociólogos harán sus análisis. Los demás, simplemente, podemos felicitar a los novicios que acaban de recibir el hábito. En España, si no me equivoco, serán 2. Quizá sean bastantes… por el momento.
domingo, 11 de julio de 2010
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Y otro documental más sobre las misiones en el Perú. Excelente, como los anteriores, y un buen contrapeso a la cara más pública de lo eclesiástico en televisiones, diarios y suplementos. No me sorprende nada ver a Pablo Zabala en los sitios en los que nadie más va a ir, y en los que resulta incluso extraño, luciendo su hábito no para marcar distancias (ya ves, qué distancias se pueden marcar en medio de la selva) sino para facilitar el acceso. No hay lenguajes unívocos y cada gesto significa en función de muchas circunstancias, de modo que no es lo mismo el debate sobre los signos en Roma que en Madre de Dios. Asimismo, las altas discusiones teológicas y filosóficas, intensas en nuestro mundo occidental, se reducen a una serie de convicciones, las del samaritano del evangelio de hoy, en los contextos de pura necesidad. Seguro que aquí toca el debate sobre lo que quiera que estemos debatiendo, pero allí estaría fuera de lugar. A lo mejor, con una mentalidad más misionera (la que relata el documento, no otro significado que pueda tener esta palabra), cambiaban las cosas, pues, como decía el otro día (me parece), en el fondo todo es cuestión de valores. En este caso es claro: valoramos con locura el oro y 10.000 kilómetros cuadrados de selva están echados a perder. ¿Qué sucedería si cambiásemos de raíz nuestro sistema de valores? Es casi imposible de imaginar.
sábado, 10 de julio de 2010
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Hoy es sábado, y (casi se puede poner detrás una subordinada, que parece una consecuencia necesaria) por tanto toca mercadillo. Pasaba esta mañana al lado del mismo, cuando lo montaban y aún no había gente. He vuelto a pasar al final de la misma y prácticamente estaba copado por gente mirando, comprando, quizá sólo paseando o pasando, como era mi caso. Lo que me llamó más la atención es la retórica de los vendedores. Que no soy experto en este mundo, como en casi nada, salta a la vista, pero me parece que lo que vendían hoy no debía ser demasiado distinto de lo que ofertaban el sábado pasado, mas algunos decía algo así como: hoy sí que traigo cosas bonitas (que no implica en absoluto que el sábado pasado no las trajese, sino simplemente lo que da a entender), date un capricho, 2 por 1€ o yo qué sé qué mas. La cuestión es que los vendedores alzaban su retórica para atraer al personal. Supongo que se podría estar allá bastante tiempo simplemente escuchando a estos artesanos de la palabra y viendo cómo convencen a quien pasa por su lado, de que a lo mejor lo que tienen en sus puestos merece la pena. No sé si será muy bueno, pero el precio, desde luego, no es alto. No sé qué correlaciones se pueden sacar de estas dos afirmaciones más allá de los dichos populares que, a veces, aciertan. Pero el poder de la palabra no se puede subestimar y ahí es adonde quería llegar. Al final, siempre es una palabra la que nos lleva a un rostro.
martes, 06 de julio de 2010
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Según dicen, en toda España la gente se está cociendo, pero aquí, en Asturias, nada de nada; al contrario, hace un fresquito la mar de agradable que, según cuentan, ha tenido como consecuencia que las reservas veraniegas en el norte sean casi tan elevadas como las de Canarias. Por supuesto que me creo y me fío de quienes me dicen que pasan calor –¿sería razonable no hacerlo?– pero mi primer criterio de certeza es que aquí hace bastante pelete y la noche agradece una mantita. Tengo certeza del fresco de aquí y certeza (menor) del calor de allá. Si alguien me habla de los rigores de Buenos Aires lo creeré, pero mis evidencias serán mínimas y me muevo sólo por “fiducia”. Esto mismo lo aplica Swinburne en su obra, de próxima publicación en San Esteban, “La existencia de Dios”: los grados de certeza van variando y, si bien uno puede engañarse, y de hecho se engaña en ocasiones, habitualmente consideramos que la propia experiencia es criterio de verdad. Si siento y percibo que en Asturias hace frío, creeré que en Asturias hace frío, con más razón que que en Valladolid hace calor. Por eso me llaman mucho la atención las experiencias particulares de “lo místico”, esas que conmueven y provocan una revolución personal ante la que todo lo demás parece paja.
sábado, 03 de julio de 2010
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Basta con que uno abra un periódico, escuche la radio o lea las declaraciones de uno de los mandamases al uso, para que se dé cuenta de que el ámbito de lucha en laopinión es el ámbito del valor. Sí, del valor (quizá con mayúscula), que existe, y no sólo el valor de cambio medible en pesetas. El que le da origen. Porque todo el mundo trata de mostrar que esto o aquello realmente “vale” o “no vale”. Una reseña periodística de las declaraciones de no sé quién es un examen valorativo. Una plática en el ambón es una declaración de valores. Y un puño levantado es una propuesta de lo que vale. El valor, además, es siempre transitivo: lo que es valioso para mí, debería (condicional, aunque alguno los ponen en indicativo o en imperativo) valer para los otros. C. S. Lewis, en su obrita sobre Los milagros, se sorprendía de que los que niegan que existan valores morales se enfurezcan cuando atacan los valores de los otros y presenten que lo único valioso es defender que no existen los valores… o nos cuelen de rondón sus propias axiologías. Porque, como bien anota él, si estuviésemos en el ámbito de lo puramente subjetivo (esto vale para ti y esto para mí) comunicaríamos nuestras apreciaciones valorativas como comunicamos que me gusta el queso y las oiríamos conel interés con el que oímos al vecino decir que las aceitunas le desagradan. Sine ira et studio. Pero el emotivismo moral parece vencido antes de empezar. No es lo mismo proclamar que algo es valioso que decir que me gustan los aguacates. Suelo sospechar que quien defiende esta reducción de lo valioso a lo gustable, en el fondo sabe que en la lucha por ofrecer (y a veces imponer) valores es donde se juega la partida.
martes, 29 de junio de 2010
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Un artículo muy interesante en la edición en español del Wall Street Journal nos habla, a partir de la crisis económica, de la imprevisibilidad del futuro. La costumbre nos lleva a suponer que lo que ha pasado, lo que sido, volverá a pasar y a ser. La ciencia se presenta, aunque no lo sea, como determinista. La economía predice (aun cuando se equivoca) y la estadística nos dice lo que sucederá con un alto grado de probabilidad. Pero –y aquí está el quid de la cuestión– el que algo sea muy improbable no hace que sea imposible. El articulista pone un espléndido ejemplo: ¿cuál era la probabilidad de que dos aviones se estrellaran contra las Torres Gemelas en menos de una hora? Infinitesimal, seguramente despreciable en el cálculo de sucesos posibles, y mira tú por dónde. Por supuesto que los políticos, publicistas y demás gente que vive a golpe de encuestas se encuentran sobre su mesa con medias, modas y medianas para tomar decisiones que respondan al sentir de la opinión pública. Pero, luego, la realidad demuestra que la opinión pública no es tan compacta como parecía ser, de hecho, casi nunca lo es, en la medida en que nunca se oyen todas las voces y frecuentemente sólo las que gritan más alto o tienen un taburete mejor en el que subirse. Así pues, dado que la incertidumbre parece haberse instalado en nuestras vidas, ¿por qué no cambiarla por el riesgo? Siempre es preferible éste, que puede llevar a algo, mientras que aquella, casi por definición, es un acantonamiento angustioso en la espera de lo que pueda suceder. Quizá se estrellen dos aviones de nuevo, quizá se hundan las bolsas o quizá renazca la gripe porcina. Quizá. La incertidumbre es un estado que se puede cambiar por cualquier otra acción, aunque sea el pataleo. Es un comienzo.
viernes, 25 de junio de 2010
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Hay determinadas funciones que han cambiado completamente en su sentido, hasta el punto de que algunas de ellas no puede cumplirlas nadie, mientras que otras puede cumplirlas cualquiera. Entre estas segundas hay una que me llama la atención: pregonero de las fiestas (especialmente de los pueblos, villas y conurbaciones donde más o menos todo el mundo sabe algo de todo el mundo). En mi pueblo han elegido como pregonero de las fiestas a un famoso exjugador de baloncesto, un tipo divertido, con el que yo me hice una foto cuando tenía 10 años y parecemos, obviamente, la i y el punto. Un tipo majo, ciertamente, pero que podría haber sido sustituido por cualquier otro de su nivel (entendiendo por nivel lo que se quiera: fama, presencia pública, desparpajo, qué más da). Una campaña en el Facebook trató de postular a una persona que no sólo hizo mucho por el pueblo, sino que es bien querido por la mayoría, pero, vaya, seguramente no daba el perfil de lo que querían los regidores municipales (por cierto, ¿alguien se ha parado a pensar la cantidad de arbitrariedades que se recogen en esa expresión “perfil”?). Este último, quizá por su carácter particular, y por sus características únicas, no hubiera podido ser sustituido por nadie. Si el jugador de baloncesto casca, por la razón que sea, podrá ser sustituido por cualquiera. En la sociedad en la que más se habla del respeto a la individualidad, cada vez se impone más un marco estandarizado en el que cualquiera es sustituible por casi cualquier otro. Y eso me lleva, en pleno verano, a recordar la peli “Qué bello es vivir”, uno de cuyos mensajes navideños es que cada quien es insustituible.Con este calor, y me viene a la mente un paisaje nevado...
martes, 22 de junio de 2010
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En el Babelia de este pasado fin de semana venían un par de artículos sobre un tema que me apasiona: las falsificaciones y malas atribuciones en el mundo del arte. Me resulta especialmente interesante porque nos aboca a cuestiones ontológicas, a cuestiones de qué es algo y, con ello, nos meten de lleno en innumerables ramas de la filosofía. Algunos de mis lectores dirán que estas cosas sólo nos interesan a los filósofos, mas diciendo eso no pueden estar más equivocados, porque a todo el mundo le interesa el qué. De hecho, basta con penetrar lo más mínimo en el contexto de cualquier discusión, por anodino que sea el tema, para percibir cómo uno y otro contendiente se dan, a modo goyesco, garrotazos ontológicos: es que lo que tú afirmas no es (tal o cual). Pensar en términos filosóficos no le hace a uno más listo, como pensar en términos estéticos no le hace a uno más guapo o en términos éticos, más bueno. Simplemente le permite ver la dificultad de las cosas que, en la actitud natural y cotidiana, parecen fáciles, evidentes e indiscutibles.
Pues bien, en ese mismo articulillo aparece citada una obra en inglés que curiosamente es de un dominico del siglo XIII que no hablaba inglés: The Golden Legend. Quien redactó esta información debió de inspirarse simplemente en el catálogo de la exposición y no se percató de que esa leyenda dorada es la Legenda aurea de Santiago de la Vorágine, es decir, que no sabía muy bien de qué estaba hablando. Sospecho que en un periódico alemán nunca se les hubiese colado ese fallo extraño, porque lo que dice es correcto, pero evidencia un error que hubiese sido objeto de censura en un ámbito escolar. Y eso me lleva a la reflexión de lo inermes que estamos ante el inmenso caudal de noticias cuyo contenido sólo nos suena. ¿Qué sé yo si el periodista sabe de qué habla cuando especula sobre mercados financieros, los escándalos de la banca Ambrosiana o la teoría de cuerdas? Luego no conviene tomarse tan en serio lo que, negro sobre blanco, tiene, ante todo, la urgencia de aparecer todos los días.