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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

19
Oct
2020
Aquello de la trascendencia
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rezo

Un filósofo de la religión, bien analítico y bien detallista en sus textos, Richard Swinburne, afirma que, al analizar el problema del mal desde un punto de vista teísta, la dimensión escatológica es irrenunciable. Es obvio, pero parece que es algo de lo que nos hemos impuesto no hablar, por una cierta vergüenza torera. No se trata de que la perspectiva escatológica justifique el mal, ni que haga posible comprenderlo, ni que le haga un hueco en este mundo como forjador de virtudes. Solo se trata de que, sin esa perspectiva, la visión cristiana de la realidad está incompleta. Esta realidad le queda lejana al hombre moderno, a quien, como afirma otro gran pensador, Hans Blumenberg, le resulta ajeno que el fin de los tiempos esté por encima de lo humano. Las expectativas inmanentes del fin de la historia (que las hay a miles, sobre todo de índole político) le atraen más, porque ofrecen menos que la cristiana. Al leer las descripciones del fin de la historia de los filósofos uno se queda con la duda de si para ese viaje hacían falta esas alforjas. Por supuesto, pintan un espacio ideal, pero un espacio que continúa siendo histórico, porque lo que no es histórico parece que no puede pensarse sino con categorías históricas, del mismo modo que lo que no tiene imagen no puede pensarse sino mediante imágenes. Por eso es más fácil, socorrido y tranquilizador quedarse en las realidades penúltimas, aquellas que podemos comprender, dibujar y esbozar de alguna manera. Uno no suele estar preparado para aceptar una “otredad” radical.

El otro día se murió la hermana de un buen amigo. Él dejó de ser creyente por lo que fuera y, sin embargo, me pidió que rezásemos por ella. En el fondo rezar no es sino abrirse a esa trascendencia y a esa realidad última que es Dios, un acto bastante intempestivo y, por ello, bastante radical, en esta época de presentes perpetuos que no invitan a ponerse en perspectiva escatológica, pero sí a quedarse en lo penúltimo. O más atrás incluso.

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6
Oct
2020
La ética de la creencia
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niágara

Cuando Clifford, en su texto “Ética de la creencia”, atacaba la creencia religiosa, ponía un ejemplo interesante: si el armador envía a navegar un barco que está en malas condiciones porque confía en que la providencia no permitirá que se hunda, es responsable de lo que pase cuando se hunda, porque se hundirá antes o después. La analogía vale en lo que vale. En esta gestión de la pandemia el gobierno acusa a las comunidades, estas al gobierno y al alcalde despistado también le cae lo suyo. Uno tiene la sensación de que a los políticos la cosa pública no les importa nada en absoluto. El juego es otro y los peones que nos permitan dar jaque al rey (nunca mejor dicho) se sacrifican gustosamente. Y si alguien levanta la voz, le lanzan a los morros un cúmulo de regulaciones y desregulaciones que recuerdan mucho al “pues anda que tú” (falacia del “tu quoque”) al “vuelva usted mañana” de Larra. Parece que no hemos avanzando tanto en este siglo.

El otro día se convocó a las partes de un juicio por malversación de fondos, prevaricación y demás, de un caso que sigo más o menos de cerca, ¡11 años después de que el asunto se destapase! En cierto modo esto trasmite un mensaje muy poco edificante. Dentro de unos años, cuando alguien judicialice la desastrosa gestión de la pandemia, la situación se habrá estabilizado (a pesar de los políticos) y el calentón social habrá desaparecido. Un recuerdo siempre es una cosa borrosa que ha perdido buena parte de su fuerza emocional. Todo quedará como un mal sueño y aquí paz y después gloria.

En fin, todo esto puede encerrarse en la idea de que la gente que nos ha tocado en el gobierno (de la nación, que no sé muy bien quién gobierna en el bajo Ampurdán) en esta época de locos es desastrosa. En cualquier país civilizado un ministro y sus adláteres que se permiten invocar un comité científico de expertos que luego ellos mismos dicen que nunca existió deberían estar en la calle. Y quien les ha puesto ahí, también. Porque eso tiene consecuencias. Mandar un barco a navegar sin capitán confiando en que quizá las corrientes impidan que encalle (ya no metemos a la providencia, que no juega esta partida) es punible. Si “La ética de la creencia” de Clifford sirvió para que los religiosos pensasen qué significa creer, no ha de valer menos para que sobre los que rigen los destinos de esta nave desbocada caiga el peso de sus manejos.  

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6
Oct
2020
Analógico estáis, Rocinante
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caballo

En el habla común se ha impuesto considerar el fútbol, el nacionalismo, el ecologismo, el pacifismo y otra serie de manifestaciones culturales como religiones. Se suelen tomar aspectos de estas manifestaciones que las asemejan a lo religioso: generan una dogmática, crean un sentimiento de comunidad y pertenencia, articulan lo que se considera el modo correcto de obrar, etc. Pero la analogía llega hasta ahí. Si se dice que esos movimientos son análogos a una religión, la cosa cambia, porque la analogía, como sabemos desde tiempo inmemorial, descubre semejanzas donde priman las diferencias. Por eso la filosofía tomista aplicó esto de manera sistemática a nuestro discurso sobre Dios: al aplicar epítetos a Dios (bueno, poderoso, justo…) se hace de modo analógico. Dios es bueno, pero su bondad se diferencia de la bondad humana más de lo que se asemeja a ella. Esto suscitó en el medievo innumerables debates, que fueron ganados, seguramente, por los que postulaban que, por mucha diferencia que hubiese, hablábamos de lo mismo. Si Dios es bueno, lo será como nosotros, en un grado eminente, sí, pero de la misma sustancia. Y de esos polvos, llegamos a épocas recientes, donde los filósofos concluyeron que, ya que hablamos de la misma bondad, y solo tenemos acceso a la bondad humana, la bondad divina no ha de ser más que una proyección de la humana en un cosmos hiperuranio y, por tanto, eliminable del cuadro de cosas que hay, así que Dios se queda sin sitio.

El elemento clave, que separa la religión de todas esas manifestaciones culturales es la trascendencia. El nacionalismo, el ecologismo, el pacifismo apuntan siempre dentro del ámbito de lo inmanente, a una “trascendencia inmanente”, que parece que es la única que tiene cabida desde el siglo XIX en adelante: la paz perpetua, la nación de tal pueblo, la naturaleza arcádica… La inmanencia. Pero la religión postula como elemento inalienable una relación con lo trascendente. Y aquí es donde la analogía, que mantiene la diferencia en la semejanza, es clave. A quien afirme que esos movimientos sociales y culturales –casi siempre para deslegitimarlos– son nuevas religiones, habrá que decirle, parafraseando a Babieca (a Rocinante: “Metafísico estáis”): “analógico estáis”. Y hasta ahí podemos llegar.

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11
Sep
2020
La peor gestión es muchas
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facultad

No seré yo el que diga que el gobierno/los gobiernos de este país han hecho la peor gestión posible de la pandemia. Tendría que tener la mente de un dios leibniziano que me permitiese conocer cuál es la combinación óptima de elementos con los que hay que jugar para dar lugar al mejor de los mundos posibles, y elaborar una suerte de combinación opuesta. Tendría que ser, de nuevo, Dios, para saber qué significa “peor”. “Peor”, al igual que mejor, es un término engañoso, que da a entender a primera vista que solo hay una realidad que puede ostentar ese deshonor. Pero no, lo peor, como lo mejor, puede ser múltiple. Por eso los filósofos se montan esos follones cuando se preguntan si el mejor de los mundos posibles sería aún mejor si contuviese una pera más o una orquídea menos. De modo que no es fácil decir que la gestión –de la que no hay duda de que es mala, vistos los números, las improvisaciones y los discursos hueros de nuestros dirigentes– haya sido la peor posible. Pero mala, mala, maaaala, sin ningun género de dudas.

Pero ya que nos meteos en esos asuntos, y concediendo este punto a los filósofos de cabecera que elaboran los argumentarios de esta “gentica que lleva mi carro”, como dicen en Valladolid, tampoco se puede concluir con un mínimo de solidez lógica que cualquier otro hubiese hecho lo mismo. Eso es entrar en el ámbito de los mundos posibles, que es una cosa magnífica y que muy poca gente maneja con precisión. Los “mundos posibles” son como una bomba de relojería, con tantas piezas que cualquiera de ellas mal manipulada hace saltar el argumento por los aires. La célebre polémica De Auxiliisentre Báñez y Molina iba de esto, y el Papa la dejó en suspenso, porque allí no se aclaraba nadie. Así que cuando alguien le cuente la milonga de que conoce el mundo posible alternativo en el que las cosas son iguales, mejores o peores, según las haga el amigo o el enemigo, mándelo a Salamanca a estudiar y a lavarse la boca antes de hablar de cosas serias.

En fin, cuando podamos ver la pandemia con una cierta distancia, los errores de gestión seguramente estén barridos debajo de una alfombra y el alivio de haber salido del túnel nos hará ser más indulgentes con lo que ahora se llama la clase política, para nuestra propia desgracia, porque no aprenderemos de esta experiencia de shock. Una cosa buena, sin embargo, sí habrá. Se podrán utilizar kilos de discursos de estos dirigentes en una clase de introducción a la lógica como material de análisis de las falacias de la argumentación. Han salido todas las conocidas y seguramente han inaugurado territorios nuevos.

Y en esas seguimos, preguntándonos si son galgos o podencos... 

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4
Sep
2020
Erectio Animi y demás
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Aquino Lugo

El mundo no solo va cambiando por efecto de esta pandemia que nos ha tocado vivir. Nuestro acceso tecnológico a la realidad ilumina ciertas cosas y oscurece otras, y eso supone una transformación imperceptible de nuestra comprensión y acceso a “lo que hay”. Esta mañana buscaba una cita de Tomás de Aquino sobre la “erectio animi”, y google, que sabe lo que queremos mejor que nosotros mismos (según dicen los que analizan esa cosa amorfa que llaman el big data), me ha llevado a “erection anime”, que nos traslada a las preferencias erótico-artísiticas de algunos japoneses y otros admiradores de ese género, ciertamente temáticas más bien diversas de lo me preocupaba al hacer esa búsqueda. Si no supiese de buena tinta lo que buscaba (“no me buscarías si no me hubieses encontrado”, que decía Agustín), probablemente hubiese pensado que aquello tras lo que andaba simplemente no era, o bien que era un fantasma, un error, una quimera de la mente o un despiste del cacumen.

Lo tecnológico se ha apoderado de nuestro acceso a lo real hasta tal punto que lo que no entra dentro de su calibre simplemente deja de existir al ser ignorado de manera sistemática, como decía Heidegger de la primera pregunta metafísica: ¿por qué hay ser y no más bien nada? Simplemente la vamos apartando con un ademán despectivo, que, con el tiempo se vuelve un gesto inconsciente, como el del que espanta una mosca, hasta que acaba por desaparecer, sustituida por la pregunta por qué hago mañana de comer, que, sin duda, tiene su urgencia. Que al personal no le interese la “erectio animi” y se deje llevar por la “erection anime” que le proporciona la técnica que configura nuestra realidad no significa que sea lícito sustituir aquella por esta, ni trasladar el valor de aquella a esta, y mucho menos decir de aquella que no es. Hasta ahí podíamos llegar. “Erectio animi” es mi consejo para la época pandémica y también, por qué no, para todo otro tiempo.

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4
May
2020
El Yeti y el corona
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yeti

Vivimos una época a la que los filósofos, sin duda, le sacarán mucho partido teórico en el futuro. También los teólogos. Hay una sólida tradición de considerar el mal como un “megáfono” que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos, tal como decía C. S. Lewis en sus obras y como bien se refleja en la magnífica película “Tierras de penumbra”. De la misma opinión es el asesino que va siguiendo la lista de los pecados capitales en la película “Seven”. Cuando le llevan hacia la escena de los crímenes finales dice: “Si quieres que la gente te escuche no puedes limitarte a darles una palmadita, hay que usar un mazo de hierro. Solo entonces se consigue una atención absoluta”.

Pasará tiempo antes de que tengamos alguna idea de cómo una experiencia como esta, especialmente en una generación a la que algo así le parecía imposible, ha afectado a la fe religiosa. Veremos qué nos dice el informe del Pew Research Center en unos meses. En cualquier caso, en Occidente, el suelo nutricio de la creencia religiosa ha sido sembrado con sal. En su Dialéctica de la Ilustración,Adorno y Horkheimer afirmaban que el pensamiento típico del racionalismo científico no podía siquiera plantear la cuestión de la existencia de Dios. Ni siquiera plantearla sin que sonase a chiste. En el mejor de los casos, como señala Terry Eagleton, solo puede plantearse la existencia de Dios como se plantea la existencia del Yeti. De hecho, cuando salen estos temas en los debates de prensa, siempre hay alguien que saca a Papa Noel a relucir. Esa bobada solo se entiende en este contexto de cierre epistémico: esa pregunta no cabe. Los que se acogen al paradigma ilustrado suelen entender la fe como creer algo que no se puede demostrar racionalmente, lo cual supone, para ser precisos, que no se puede demostrar racionalmente según las reglas de razonamiento que hemos adoptado en otros ámbitos y que consideramos exclusivas del buen razonamiento. Ese modo de pensar determina qué es racional. Tras esta siembra de “nueva normalidad epistémica” por parte de una poderosísima tradición de pensamiento, no faltarán pensadores que traten de recobrar un sentido auténtico de fe, que no se identifica con un conjunto de dogmas creídos y punto. Pero la secularización iniciada en el período ilustrado ya ha configurado un marco mental e intelectual en el que no cabe el Dios cristiano. Es impensable. La sal sembrada ha vuelto baldío el terreno y toda otra sal sabe sosa de tanta salazón. Sin embargo, lo impensable (distinto de lo imprevisible) ocurre. A los teólogos posmodernos les gusta hablar de Dios en esos términos. Quizá lo que no estaba permitido pensar seguía estando por ahí.

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13
Abr
2020
Noli me tangere
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noli

Hoy el New York Times dedica un magnífico reportaje a los dominicos de Manhattan que trabajan en los hospitales como capellanes. La redactora recuerda aquello de imponer las manos como un gesto de sanación, tan importante en cualquier ritual. Y eso me trae a la mente la importancia del tacto, el sentido de los sentidos tanto para Aristóteles como para Tomás de Aquino, tan devaluado como espacio de conocimiento, sobre todo por aquellos que consideran que lo propiamente humano es ese conocimiento que se cimenta sobre los sentidos superiores. De modo brillante, el artículo finaliza con el recuerdo del Noli me tangere de Jesús a la Magdalena. Cómo resuena eso en época de pandemia, de modo especial en las culturas mediterraneas y latinas, que basan su estar en el mundo en el con-tacto, desde que uno llega a este mundo hasta que se va de él. Irse sin poder tocar y ser tocado debe ser una de las experiencias más terribles del irse en sí. Pero también ahí hay misterio de salvación: Noli me tangere.Por extraño que le sonase a María Magdalena.

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28
Mar
2020
Ojo con los filósofos visionarios
2 comentarios

marciano

Si me permiten un consejo filosófico para estos días, no les hagan el menor caso a los filósofos que han aprovechado la ocasión para vendernos su futuro: los filósofos son tan buenos predictores de lo que va a pasar como los brujos que salen por la tele y se parecen bastante a un marciano toreando un toro en un restaurante mexicano. Cada uno de ellos cuenta su rollo de siempre, solo que ahora teñido de visión del futuro autorizada: que si un comunismo autoritario, que si relaciones humanas marcadas por un victorianismo puritano, que si… Ni caso. Lo sensato del filósofo es que piense lo que pasa o lo que ha pasado. Su tarea no es predecir el futuro y, menos aún, diseñarlo. Tampoco me parece muy sensata su conversión en terapeutas que tratan de sacar cosas buenas de esta pandemia. Obviamente, de las situaciones adversas se pueden sacar infinitos bienes, pero eso no las justifica. Hace años leí a alguien que se quejaba de los que trataban de justificar el mal poniendo el ejemplo del samaritano que, al encontrarse al hombre tirado en medio de la calle, en vez de recogerlo y ayudarle sin más, podría haber pensado pensado: “Oh, qué magnifica ocasión ha puesto Dios en mi camino para ejercer mi compasión, una virtud que de otro modo no hubiese tenido objeto”. En eso soy tomista: el mal es algo que no tiene cabida en la creación. Por eso es un misterio y hay que combatirlo con todos los medios, sacar todo el bien posible de él, seguramente, pero nunca justificarlo.

Lo que a todos, seguramente, nos ha sorprendido gratamente es la respuesta del magnífico tejido social que nos constituye. Frente a la incompetencia y fatuidad de buena parte de los políticos, los trabajadores de sanidad, seguridad, alimentación, carreteras, etc., que siempre han estado ahí, se han hecho visibles de un modo conspicuo, como cuando una afección deja a la vista las venas del cuerpo, que son las que llevan la savia imprescindible y vital. Y de una manera extremadamente generosa, ahí están, al pie del cañón, contra viento y marea. Entre ellos se cuentan también los que se han encargado de hacer esta situación mucho más llevadera creando todo tipo de memes divertidísimos e ingeniosísimos, curiosamente sin atender a si eran políticamente correctos o no. Sobre esto y sobre la vanidad postmoderna en la que hemos vivido, espero que se me ocurra alguna cosa para otra entrada.

Esta es la única seguridad que sale de esta crisis:  no si seremos comunistas o capitalistas, promiscuos o victorianos, sino que hemos sido atendidos y cuidados por un cuerpo de servidores “chapeau”.

 

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25
Feb
2020
La ceniza de warhol
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warhol

Me contó hace años un fraile del convento de St. Vicent de Nueva York que Andy Warhol era parroquiano de esa iglesia. Iba los domingos a misa. Se quedaba de pie, detrás de una columna, y no asistía a una misa completa, sino a la segunda mitad de una y a la primera mitad de la siguiente. Sea esto cierto o no (no vaya a ser que los biógrafos añadan esta anécdota como un dato irrefutable y se vean obligados a tirar los libros que han escrito), me llama la atención, más que la cosa “postmoderna” de trocear la misa y recoger los trozos en el orden que mejor le vengan a uno, el hecho de quedarse detrás de la columna, que me recuerda mucho al publicano, que se confesaba pecador frente al fariseo chuleta. El publicano es una figura que casi ya no existe, al menos en el mundo que más cacarea en los medios que nos asaetean todos lo días. La culpa ha desaparecido, al menos en los titulares. De un tiempo a esta parte, parece que la culpa ha sido desterrada, como una enfermedad contagiosa que hay que evitar. Supongo que entre el exceso de una culpa mórbida y la negativa a reconocer que al menos algunas veces uno hace algunas cosas mal ha de haber un término medio que nos haga tomar conciencia de que andar por el mundo es, en muchas ocasiones, provocar entuertos que hay que desfacer. La culpa es la conciencia de ese tuerto. Si desaparece esa conciencia, queda el publicano chuleta que todo lo hace bien al que Dios (caso de que lo tenga en cuenta), la sociedad, la historia o el universo no tienen más remedio que rendirle pleitesía.
Me pregunto si Andy Warhol asistiría a la imposición de la ceniza del miércoles del mismo nombre. Probablemente saliese de su ocultamiento y, al menos en una de las dos partes de su celebración, escucharía aquello de “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris” que nos habla tanto de nuestra condición como de la importancia de lo que se hace entre el pulvis y el pulverem. Buen comienzo de cuaresma.

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27
Dic
2019
Navidad y Transhumanismo
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belén

El otro día, en algún periódico, salía un científico barbado, o más bien barbudo, y muy despeinado, que decía que en veinte años la muerte habría desaparecido. No es nada nuevo tal anuncio. Es parte de ese programa transhumanista que está de moda en nuestra época, ya desde hace bastante tiempo, influido por los éxitos científicos y técnicos y por un pensamiento dedicado a acabar con cualquier resquicio de lo humano en favor de algo diferente. En su entrevista, todas las afirmaciones de este hombre se centraban en “reparar” las células, en revertir ciertos procesos, etc., es decir, en colocar los elementos materiales necesarios para la vida de tal modo que esta pudiese seguir de modo indefinido. Quiso la suerte que un par de días después viniese escuchando en el coche la maravillosa “Cuatro corazones con freno y marcha atrás”, de Jardiel Poncela, cuya segunda parte, una vez que el científico ha encontrado la pócima de la inmortalidad, pone esta, de modo gráfico, sobre el tapete y nos hace tomar conciencia de que la vida humana, sí, claro que se basa sobre la biología –¿quién negaría eso?– pero ni por asomo se reduce a ella. Los afectos, la familia, las historias que se van tejiendo, las expectativas, el tedio, la desesperación y la esperanza,… quién sabe cuántas cosas constituyen la vida humana que no tienen nada que ver con la reparación celular. Por eso, cuando el cantabrigense promete repararnos los axones o las mitocondrias y con eso hacernos inmortales, las neuronas no hacen más que plantear preguntas.

Desde hace al menos un par de siglos, todos los discursos de trascendencia son inmanentes, es decir, el hombre busca trascenderse en la historia, en ciertos modelos sociales, en lo que sea, pero siempre de tejas abajo. La trascendencia “trascendente”, es decir, la referencia a Dios, parece, al menos por parte de la “intelligentsia” occidental, haber quedado superada. De ahí las llamadas a celebrar solsticios y equinocios adornados con luces reticulares, que, supuestamente, son “hechos neutrales” en los que cualquier ser humano de bien podría concordar. Es una concepción tan empobrecedora de lo humano como entenderlo en términos de células que se reparan. Pero esto daría lugar a un largo tratado… o a su equivalente, una felicitación de Navidad, que es, en efecto, la celebración de cómo lo Trascendente, con mayúscula, ha entrado en la inmanencia de la historia con una promesa y una oferta: pensar la humanidad, de la que Dios se hace parte, en tiempo de su olvido por parte de lo transhumano.

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