Blog de:
Sixto Castro Rodríguez, OP
Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
domingo, 14 de marzo de 2010
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La parábola del hijo pródigo que hoy hemos escuchado es, sin duda, una de las páginas más bellas del evangelio. Siempre que se habla de lo sobrenatural suena raro, un poco a programa nocturno de radio, otro poco a tiempos pasados definitivamente arrumbados y un ratito a cosas raras que pasan en pueblos perdidos y no suficientemente evolucionados. Y resulta que sea lo que sea lo sobrenatural (a lo que damos nombre, pero no determinamos, porque sólo lo podemos entrever paulinamente como en un espejo) nos lo cuenta la parábola de hoy. Hay una actitud natural, lógica, cotidiana, que es la del hermano mayor, el vapuleado de la parábola: ¿acaso está siendo justo el padre? Lo natural es eso, la actitud y la espera de la recompensa tasada y perfectamente medible y mensurable: tantos días aquí, tanto me toca; tanto trabajo, tantas monedas. Lo sobrenatural, por el contrario, aquello a lo que según Tomás de Aquino está llamado el hombre (bien violento y bien paradójico) es lo otro: estaba perdido y le he encontrado (cuántas parábolas no hay sobre el tema en los evangelios) y, acto seguido, aparece gratis (por gracia) lo que está más allá del ojo por ojo. Es lo sobrenatural, lo que no nos sale “naturalmente”. Hay tradiciones escatológicas que sostienen (esperan) que Dios será primero justo y, una vez que se haya hecho la justicia, misericordioso, porque lo sobrenatural es la misericordia (otra palabra, esa del corazón contrito, que también nos suena a rancio, como de otra época). El evento de lo sobrenatural, como dice un teólogo norteamericano, acontece en estos hechos, aunque no se reduzca a los hechos. Siempre hay un algo más que forma parte, como decían los medievales, de su sentido anagógico: lo que nos cabe esperar.
sábado, 13 de marzo de 2010
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“Espero que Cristo cumpla su palabra”. Ayer escuchaba en la radio, camino de Madrid, este epitafio que, según la locutora, deseaba Miguel Delibes. La verdad es que me chocó, no por que lo dijese Delibes, que es perfectamente esperable, sino porque lo incluyesen en la noticia radiofónica. Vende muy poco esperar que Cristo cumpla su palabra, y en el fondo, en esa espera, creo que nos igualamos todos los cristianos. A esa esperanza le ponemos caras, rostros, formas y al mismo tiempo sabemos que es un ejercicio de “wishful thinking”, que dicen en la lengua de Shakespeare… Pero, ¿no es todo pensamiento algo “wishful”? ¿No pensamos lo que deseamos y queremos, y queremos lo que pensamos que debemos querer? Nunca he comprendido bien el irracional deseo de separar razón y deseo, porque hasta donde yo sé, el deseo pocas veces es irracional, y a veces es el motor de la esperanza, del acontecimiento que somos. Ni toda la racionalidad se reduce al modus ponens ni toda la existencia del hombre se rige por lo que le cabría esperar según lo que vio. La esperanza, la otra cara de la caridad y de la fe. Escuchar esa esperanza de Delibes me ha hecho más bien que un lote de documentos episcopales. Una cosa más que agradecerle a este enorme escritor.
jueves, 11 de marzo de 2010
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No es fácil asumir tantas noticias como sueltan los periódicos cotidianamente, y a veces pienso que hay al menos tantas otras que no aparecen. Siguiendo la liberación de la española secuestrada en África (así lo voy a decir, en general) me he dado cuenta de que hay ahí un enorme continente que prácticamente no sale en la foto (quizá porque se ha movido demasiado, o porque no se mueve, que ya no sé si se aplica lo de Alfonso Guerra a este caso o no). El mismo periódico de hoy, El País en concreto, en una página denuncia la connivencia de muchos intelectuales de izquierdas con buena parte de las dictaduras que en el mundo han sido y en la página siguiente afirma que el partido socialista se opone a que se enseñen en las escuelas los crímenes de Stalin en Ucrania. Lo que me importa de todo esto es que, como bien se ha dicho, el desconocimiento de la historia nos condena a repetirla. Pero el conocimiento de la historia, público y compartido, no es condición suficiente para que no se repita. La publicidad, seguramente, es condición necesaria para la libertad, pero no es suficiente. Sólo hay que echar un vistazo a lo dicho y a lo no dicho estos días al respecto de dictaduras, presos políticos y demás. Bacon decía que uno creerá lo que esté dispuesto a creer. Esa cita la utiliza Sokal en su último libro publicado en España para lanzarse contra la religión (una de las pseudociencias, la llama él), inconsciente de que se aplica exactamente del mismo modo a lo que él desarrolla en su libro. Pues bien, la condición suficiente para la libertad, la comprensión, la verdad, etc. seguramente no sea algo individualizable (x, y, z), sino “esa cosa” que lubrica toda nuestra vida y la hace capaz de sentido, “esa cosa” a la que San Pablo concede todo el protagonismo en 1 Corintios 13.
lunes, 08 de marzo de 2010
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Voy a presentar una excusatio non petita, que espero que no sea una acusatio manifesta. No me importa nada de nada a quién le den los Oscars. Los premios tienen la extraña virtualidad de que están, antes que nada, para criticarlos, especialmente cuando el ámbito en el que se otorgan es uno que no es primeramente estético, sino crematístico. Pero he de confesar (y aquí viene mi incongruencia) que me ha alegrado (aunque me hubiese dado absolutamente igual que no se lo hubiesen dado) la concesión del Oscar a la mejor película de animación a Up. Sin duda, es de las mejores películas que he visto este año. Una película de animación acerca de la vida, así de simple, y de una vida con un poco de todo: esperanza, anhelos, frustraciones, promesas, amistades, generaciones, viajes, no-viajes, de todo, vamos. Es de esas películas que a ciertos críticos un tanto autocráticos no le suelen gustar porque no son trágicas, en el sentido de que no revelan que la vida sea un absurdo, sino todo lo contrario: pone sobre el tapete la afirmación del sí a la vida y de una vida dotada de un sentido pleno, de una vida que hacemos porque habitamos en ella y nos alegramos de habitar en ella. Todo eso es Up, un auténtico placer para los sentidos, el entendimiento, la voluntad, la cogitativa, la estimativa y todas las facultades que a uno se le puedan ocurrir. Ahora entenderán por qué me alegro de que le hayan dado el Oscar, y por qué si no se lo hubiesen dado, me hubiese sido indiferente la no concesión. Si alguien no la ha visto, ahí va mi recomendación para el fin de semana (para cualquier fin de semana, aunque caiga en miércoles):
viernes, 05 de marzo de 2010
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Soy practicante de la radio, de ese bello deporte que consiste en quedarse frito mientras se escucha una voz, normalmente una voz que alegra el momento en que Morfeo le recoge a uno en sus brazos, y una voz que glosa la actualidad del día anterior cuando Morfeo se retira, asustado por el despertador. Pero echo en falta en la radio (no digo que no las haya, simplemente que no las he encontrado, porque no suelo mover tampoco demasiado el dial, que es de los de rueda de toda la vida, y luego no hay quien encuentre nada) cosas como esta, una entrevista al filósofo inglés John Haldane, en la que le preguntan por qué es teísta, es decir, por qué cree en Dios. Doy vueltas a mi cabeza, y no sé dóndepodría tener cabida (o intereés) una entrevista de ese tipo. Hala, cuénteme usted una cosa que aparentemente no vende, que ni trata de faldas o pantalones, ni de fútbol ni de toros o de cotilleos políticos. Cuénteme usted por qué cree que hay un orden en la naturaleza, una belleza que no se explica así, sin más. Y atrévase a decirme que hay cosas que la ciencia no podrá explicar. Uau, me he quedado sorprendido, porque son afirmaciones fuertes, especialmente en la radio, donde se supone que uno monta una emisora para ganar dinero o propagar ideas, no para pensar. Pero de momento, tenemos Internet (no sé hasta cuándo), donde podemos escuchar de todo, no sólo aquello que hay que escuchar ahora y ya, sino aquello que aconteció y que queda aquí registrado como en un archivo. Si alguien tiene ciertos conocimientos de la lengua de Purcell y le apetece escuchar una entrevista filosófica –se esté o no de acuerdo con las conclusiones– y ponerse a darle vueltas a la cabeza, le recomiendo a Haldane para el fin de semana.
miércoles, 03 de marzo de 2010
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Si no estás preparado para equivocarte, nunca serás creativo. Esta es una de las frases que he entresacado de un vídeo (está en inglés) que me ha mandado mi amiga Lucía, que se dedica al mundo de la educación y, por lo que veo, al de la educación en serio, no al constituido por la cantidad de barbaridades pseudopedagógicas con las que los que mandan y dirigen el ministerio nos tienen fritos a los que nos dedicamos a estas cosas. Pues bien, este hombre convence no sólo con lo que dice, sino con cómo lo dice. Su idea de que nuestro modelo educativo responde a una sociedad decimonónica orientada a buscar titulados aptos para rellenar los huecos que va generando el desarrollo industrial, a la par que descuida aspectos elementales de la persona, me parece indiscutible. Es más, ese modelo genera una cierta jerarquía social en la que se valora casi lo que capacita para ingresar en ese mundo, y se desprecia, por ejemplo, al que toca en la calle o al que baila en un local que no sea el teatro real o cosa semejante. Todo va de la mano, pues, y todo depende de un sistema educativo que fomente la creatividad (especialmente porque, como señala, no tenemos ni la menor idea de cómo será el muindo en 2065, año en que se jubilarán los críos que ahora están en primaria). Desde luego, cabe pensar que a los redactores de la miríada de leyes, decretos y demás cosas raras que nos obligan a multiplicar sine necessitate los papeles, informes, protocolos y yo qué sé qué más, tendrán en mente algo de esto, pero creo que nada más lejos de la realidad. No sé qué sucede en secundaria (cuando andaba por allá era algo por el estilo). En la universidad, e espíritu de Bolonia debió ir por ahí alguna vez, pero si el espíritu está presto, la carne es débil, y lo que va saliendo es un pálido reflejo de lo que podría haber sido de haberse hecho bien las cosas. Me da en la nariz que algo así sucede en el mundo religioso: si no se está preparado para equivocarse, no se alcanzará un nuevo lenguaje, un nuevo modo de catequesis, de contar el kerigma, y como consecuencia de ellos, se multiplicarán los protocolos, las comisiones y los papeles. Seguro que así no nos equivocamos, pero tampoco vamos a llegar demasiado lejos.
domingo, 28 de febrero de 2010
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Lo que tiene no acceder a Internet siempre y en todo momento es que no se puede escribir el blog cuando uno quiere. Pero eso tiene la ventaja de que así se escribe de lo que uno recuerda como sorprendente o llamativo y no de lo que el momento parece que le urge a registrar. El otro día, en un vuelo, cuando el comandante hizo el comentario de rigor, ya saben, altura, velocidad de crucero, temperatura exterior (supongo que la referencia a los -50º del exterior será para dar una nota exótica o para impactar a los viajeros, porque, la verdad, utilidad no tienen ninguna…, pero, ¿ha de tener todo utilidad? Quizá baste con estremecerse con esos guarismos), dijo, más o menos textualmente, “llegaremos a nuestro destino, si Dios quiere, a las…” Y me hizo mucha gracia, pues lo que uno espera es que la información del piloto sea aséptica, fundada quizá en las leyes de la física y en la confianza en la técnica aeronáutica y en la solidez de los materiales. Y uno dirá: bah, es sólo un modo de hablar. Sí, claro que es un modo de hablar, pero no es sólo un modo de hablar. Perfectamente podría haber dicho “llegaremos a las dos” y el contenido informativo habría sido el mismo. Pero ahí es donde entra el matiz del modo de hablar. Si Dios quiere, Deo volente y cosas semejantes no tienen por qué indicar superstición o que uno sufra un trastorno obsesivo compulsivo. Casi siempre suelen dar a entender un profundo respeto por lo real y por lo que le da ser. Sí, si nada falla, si el avión vuela, si las leyes de la física no se suspenden, si el motor derecho no se incendia… en el fondo, si Dios quiere.
sábado, 20 de febrero de 2010
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Parece ser que estas fechas cuaresmales se vivían tradicionalmente con mucho recogimiento, supongo que interior, pero, a tenor de los ritos y recuerdos que han llegado hasta nosotros, también exterior. Parece que la conversión hay que proclamarla, en un ámbito penitencial, rodeada de una atmósfera sombría. Ciertamente los profetas se ponían bastante apocalípticos, sobre todo cuando veían que clamaban en el desierto y que a los oyentes lo mismo les daba ocho que ochenta. Mas quizá su tono venga del malestar provocado por la falta de respuesta, por la sensación de que lo que uno hace o dice no sólo no sirve para nada, sino que pone a uno en la situación de ser el incordio constante. Mas quizá quepa otra opción: se puede llamar a la conversión de la manera más alegre posible (sí, algunos equiparan alegría con superficialidad, frivolidad o indiferencia, lo cual en algunos casos será cierto, pero no cabe la generalización, y menos en términos evangélicos). Así lo hace una pieza de Gounod, la Gallia, que solíamos cantar en el coro de la Pontificia de Salamanca, y que aún me pone los pelos de punta cuando la escucho. Jerusalem, Jerusalem, convertere ad Dominum Deum tuum. Puede decirse esto mostrando contrición o puede decirse con la alegría del contrito que espera mucho. Así lo hace Gounod y así lo vivíamos nosotros al cantarla, con nuestra solista que se destacaba con una belleza brillante por encima del coro. Y como en el ejemplo que pongo aquí, tampoco nuestro pianista acompañante conseguía acabar la pieza. Es imposible, porque la belleza nos atrapa. Así que, en efecto, como Jeremías, toca lamentarse, pero con la conciencia de que el lamento no se agota en sí mismo sino que apunta a la nueva Jerusalén, a la novedad total de todas las cosas.
miércoles, 17 de febrero de 2010
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Miércoles de ceniza, hoy, 17 de febrero. Curiosamente hace 410 años que Giordano Bruno, dominico, autor de La cena de las cenizas, fue reducido a ídem en Campo dei Fiori. Todo son coincidencias que nos recuerdan las dos cosas que se dicen (o decían) al imponer la ceniza: conversión (porque siempre hay algo de lo que arrepentirse y quien diga lo contrario, que tire la primera piedra o, simplemente, como dice el chiste, es que no se ha dado cuenta de la gravedad de la situación) y memento de que pulvis es, que no hacía falta que los filósofos existencialistas se pusieran tan serios, que ya lo sabíamos hace tiempo… aunque a veces parece que lo olvidamos. El carácter temporal de la existencia humana da sentido a cada una de las acciones, que tienen lugar en un tiempo que ya forma parte de su ser, es decir, que no pueden posponerse indefinidamente. ¿Cómo sería la vida del inmortal? Desde luego, con una completa diferencia (en el sentido de diferir) de todo, sin ningún peso temporal que anclase los actos, las decisiones en la historia, como anclado está el Credo con esa mención a Pilato. La temporalidad, que nos recuerda la ceniza de hoy, como signo, nos dice que la conversión y la “pulveridad” van de la mano. ¿Cambiaríamos algo en un mundo sin instantes privilegiados por ser únicos y limitados? Desde luego, tal mundo no sería humano, quizá post-humano o super-humano, quién sabe. En todo caso lo que la ceniza simboliza, entre otras muchas cosas, es que los instantes de nuestra vida son todos instantes de conversión. De nosotros, seguramente, depende de que esa conversión sea a más humanos.
lunes, 15 de febrero de 2010
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Vaya preguntita, qué pasó después. Pues, como en el poema de Cervantes, fuese y no hubo nada. Una cosa es ser más o menos apologeta (aunque esta palabra suena tan mal hoy… recuperemos el sentido que tenía en los Padres, por favor, que evoca, entonces, algo razonable y hasta necesario) y otra cosa es convertir. Santo Domingo era Santo Domingo y dudo que el tabernero se convirtiese sólo por los razonamientos de N.P. Nadie cambia de vida por razonamientos, sino que una vida se cambia por otra vida infundida. Von Hildebrand se convierte al catolicismo nada más y nada menos que tras años de contacto con Max Scheler (que algo más que discursos fenomenológicos podría esgrimir); otros tras una experiencia estética o religiosa intensa. San Pablo alcanza nueva luz después de que la luz nueva le golpee. Hay múltiples carismas, y no es el mío el de convertir a nadie, me temo, como tampoco son tantos otros. Tampoco yo me convertí a su fe por el discurso que me soltó: sus argumentos eran poco convincentes, ésa es la verdad, pero su vida seguramente lo era más. Ahora bien, el proceso de conversión, sea hacia donde sea, siempre es largo, aunque pueda tener su cénit en un momento de despojamiento. Las Vitae fratrum y otras narraciones semejantes nos cuentan siempre el instante de cambio, la “peripéteia” de la que hablaba Aristóteles, el momento en que todo cambia, después, quizá, de que nada haya cambiado. No, no convertí al gruísta, ni el a mí. Pero seguro que ninguno de los dos salió como había entrado del encuentro.