No lloréis; yo os seré más útil desde el cielo
Domingo de Guzmán
Blog de: Sixto Castro Rodríguez, OP

Eckhart

domingo, 07 de febrero de 2010 | Hay 0 comentarios

Una vez que el maestro Eckhart pasó a mejor vida, 28 de sus tesis fueron condenadas por Juan XXII (18 como heréticas y once no tanto, pero con unas notas de sospecha). Les sonaba a panteísta o incluso a algo más complejo, a nihilista antes de tiempo: Dios mismo se podía identificar con la nada. Y sin embargo, independientemente de las simpatías que hoy suscita, que son muchas, nunca ha dejado de tener influencia en el pensamiento filosófico y teológico. Hay diversos movimientos que acuden a este dominico del siglo XIII-XIV y le citan como criterio de autoridad. Leerle hoy es apasionante, pero no puedo siquiera imaginar que habría supuesto para un lector de su época escuchar esas palabras tan sorprendentes, chocantes hasta para los que creían haberlo visto y oído todo. La bula In agro dominico, si bien reconocía que la intención de Eckhart no era apartarse de la Iglesia, condenaba sus tesis de sabor neoplatónico, al entender que Eckhart afirmaba que todo era equivalente a Dios, una especie de Deus sive natura spinoziano con muchos siglos de adelanto. Pero si lo entendemos en clave tomista y paulina –todo está en Dios– la cosa cambia. No sé si cabe esperar una revisión de la condena de Eckhart, tampoco tiene mayor importancia, ya que las cosas de los hombres entre los hombres han de arreglarse. A mí me gusta leerle de vez en cuando. Y este enlace, por si alguien quiere profundizar en el tema.



Pues yo, lectura creyente, qué le voy a hacer

sábado, 06 de febrero de 2010 | Hay 3 comentarios

En España tenemos un presidente que no nos lo merecemos. Después de su (hu-)ida a hacer las Américas y a rezar en Washington se han desatado la batalla prensil (de la prensa) entre los que le vituperan y sus corifeos áulicos. Entre los primeros está Juan Manuel de Prada que hoy, en el ABC, le llama de todo menos bonito. Entre los segundos, J.J Tamayo, que, en El País, ve en ese discurso una continuación de la tradición de Lévinas, lo cual es mucho ver (es lo que tiene la sobreinterpretación, como sucede en gran parte del arte contemporáneo: sin ella, las naderías y mindundeces permanecen como naderías y mindundeces, luego, por lógica, lo que es la obra de arte es la interpretación). No sé qué es una lectura laica de la Biblia a la que se refiere este buen señor, porque en la Biblia, por suerte o por desgracia, la construcción de humanidad no se hace sua sponte, sino porque detrás hay un origen común, una raíz, un suelo (Dios, por si alguno no me entiende). Todo eso que leyó el presidente de dar el sueldo, pagar el salario y todo lo demás, como acoger al inmigrante, liberar a los esclavos, se hace por una razón que no es el contrato social, el pacto entre individuos, la manifiesta bondad paternal del estado ni la naturaleza genética común… Es porque la fraternidad es previa a la decisión de los individuos, los estados o las instituciones. Nacemos en ella, y eso, así creído, postula un suelo común. Por eso me parece inadecuada la lectura de Tamayo cuando dice: “el comentario del presidente me parece todo un ejemplo de lectura laica de las Escrituras judías en clave de liberación, en perspectiva humanista y en el horizonte de la utopía”. Suponiendo que él sepa qué demonios es eso de una lectura laica de las Escrituras (supongo que se referirá a una lectura del mismo cariz que la que yo puedo hacer de las Metamorfosis de Ovidio), no creo que sea la propietaria de la liberación, el humanismo (entendido como defensa de lo humano, supongo) y la utopía. Si, por poner un ejemplo, el Magnificat es revolucionario, como se decía en mis tiempos, lo es porque es, ante todo, una proclama religiosa en la que Dios actúa de una determinada manera. Si le quitamos esta dimensión, no pasa de ser una poesía hermosa… pero, como he defendido en algún lugar, el arte, en general, no cambia nada, a pesar de que las páginas de cultura de los periódicos nos den la barrila cotidiana con la idea de transgresión y subversión. No sólo es que no cambie nada, sino que, la mayor parte de las veces, conserva determinado status. Lo dicho, voy a ver si recuerdo cómo hacer una lectura creyente de la Biblia para que las cosas cambien.



In paradisum

jueves, 04 de febrero de 2010 | Hay 2 comentarios

Continúo lo del otro día, ya que parece que una vez que se le hinca el diente a estas realidades que suelen aducirse como paradigma del mal, hay que aprovechar la tesitura. Resulta que no hay nada que la sociedad haya inventado y que se parezca, siquiera de lejos, al ritual católico de difuntos. La parte que reza: “Al paraíso te lleven los ángeles. A tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba y, junto con Lázaro, pobre en esta vida, tengas un descanso eterno” es, simplemente, insuperable (y si se dice en latín, y se canta, ya ni te cuento). Y no sólo es el elemento estético, sino que es la firme convicción (nótese que esta expresión la suelen usar los políticos que no están convencidos ni de su propia existencia) de que lo que rezamos en el credo, la comunión de los santos, es una realidad profunda. ¿Por qué rezamos por el difunto? ¿Por qué le acompañamos? Por esto, por dar cumplimiento a nuestra parte en esa comunión. Sí, claro que la muerte es un mal. Y no sabemos cómo comportarnos ante ella, a veces ni siquiera cómo dar el pésame a los deudos. Pero esencial al cristianismo es la convicción, la creencia de que “llevado a los hombros del Buen Pastor” el camino continúa para el que se va, y que, con todo el dolor, le decimos un “hasta la vista”. Ya sé que en el mundo en que vivimos esto suena a ñoñería (en términos de calle) o a “inautenticidad” (en términos heideggerianos). No me importa lo más mínimo a qué suene o deje de sonar. ¿Acaso el que me llama ñoño o el mismo Heidegger tenían creencias más sólidas al respecto que las mías? Ni hablar del peluquín. In paradisum deducant te Angeli; in tuo adventu suscipiant te Martyres, et perducant te in civitatem sanctam Jerusalem. Chorus Angelorum te suscipiant, et cum Lazaro quondam paupere aeternam habeas requiem. Seguro que así será, y con Fauré, lo pregusto.



Seguro

viernes, 29 de enero de 2010 | Hay 1 comentarios

Acabo de recibir una llamada en la que me recuerdan que todos nos vamos a morir. Efectivamente, ya lo sabía, y así se lo dije a la muchacha, que  no era la parca, sino una empleada de una compañía de seguros. “Todos los hombres tienen que morir” es el título de uno de los más hermosos corales luteranos. Y aunque la certeza de morir nos entristece…, que dice la misa de difuntos, esa certeza no es la última certeza, sino que hay otra que la complementa. Pero necesitamos que de vez en cuando nos llamen de la compañía de seguros (tiene algo de gracia que a uno le aseguren no contra el morirse…, pero casi) para que nos recuerden que la muerte es parte de la vida y que hay que vivir con esa conciencia, sí, pero no como los que no tienen esperanza (San Pablo dixit). Pues así le dije a la muchacha: que no quería seguro alguno (¿vamos a asegurar todo, como si todo fuese asegurable (y no me refiero a ese seguro de deceso, que sí, seguro que es seguro?) Y me dijo ella: bueno, usted sabrá lo que hace. En la Apología de Sócrates, Platón cuenta que Sócrates, cuando fue condenado a tomar la cicuta, no imploró a sus jueces (cosa que les hubiese placido y hubiera sido tema de debate en la tele de la época) porque lo más que podían hacer era posponer su destino. Así, con esa conciencia y con esa confianza, uno vive de modo, probablemente, más auténtico. No es muy sano vivir con miedo. Es muy saludable vivir viendo gloria donde otros sólo ven dolor (La delgada línea roja,  película excelente de Terrence Malick, recomendada).



Quia malum est

domingo, 24 de enero de 2010 | Hay 0 comentarios

Sigue dando que hablar el “papel” de Dios después del desastre de Haití. Leo un artículo en el NY Times, en el que se vuelve al viejo argumento del mal para poner en cuestión el discurso religioso. El articulista cita, adecuadamente, la requisitoria de Voltaire a Leibniz con motivo del terremoto de Lisboa, y desde ahí deduce la crisis de la teodicea. Hay que tener en cuenta que Voltaire se enrabieta, con razón, contra una tesis metafísica, la que afirma que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que es la de Leibniz, quien creó la palabra “teodicea”. Pero la tesis de Leibniz es enteramente consistente… al igual que lo es el cabreo de Voltaire. A este respecto no hay soluciones fáciles. La tradición teodiceica (perdón por el “palabro”) ha oscilado entre la justificación de Dios a toda costa (tal como se nos cuenta en el artículo que hace un tal reverendo), con el mal tomado como castigo (lo cual no se sostiene: antigua es la experiencia de que el justo sufre y el inicuo triunfa), o la alusión a la voluntad incomprensible de Dios. El cuestionamiento más poderoso a la teodicea no viene de ningún agnóstico o ateo, sino de un profundo cristiano, tal como es Dostoievski, en su capítulo “La rebelión” de Los hermanos Karamazov.  Pero claro, ese texto viene seguido de “El gran inquisidor” y conviene leer ambos capítulos seguidos. No obstante, una explicación naturalista no nos sirve de nada. El "por qué" que han venido entonando sucesivamente todas las personas que han pensado sobre esto no es una pregunta que busque causas eficientes (el movimiento de las placas tectónicas: ahí tienes la respuesta… que no satisface a nadie), sino una pregunta que se dirige a otro ámbito. Tomás de Aquino decía quia malum est, Deus est. No alcanzo a explicar esto en términos naturalistas, pero tengo la certeza de ello.



La gracia presupone la naturaleza

miércoles, 20 de enero de 2010 | Hay 1 comentarios

En la Iglesia de San Pablo de Valladolid se recaudaron, en la colecta del pasado domingo, más de 6000€ para ser entregados a Haití. Y así serán, íntegramente entregados, por medio de Acción Verapaz, que hará llegar a los frailes y hermanas que trabajan allí el millón de pesetas para que disciernan cómo cubrir las necesidades más perentorias. Porque, como decía el Aquinate, la gracia no destruye la naturaleza (sino que la perfecciona), y sin naturaleza no hay “lugar” en el que se aposente la gracia: si falta el alimento, el techo, al escuela, la salud y el calor no puede actuar la gracia (ya San Bernardo, si mal no recuerdo, decía que los monjes tenían que comer para poder rezar). Por eso no cabe defender espiritualismos sorprendentes, porque el hombre no es dos trozos (cuerpo-alma) sino una unidad que vienen dada por lo que el Aquinate llamaba la forma sustancial y que nosotros, en términos contemporáneos, podemos decir dado por el ser persona.

Así que esos 6000€ irán, sin perderse un céntimo por el camino, a Haití. De hecho, hoy iba Miguel Ángel Gullón desde Santo Domingo a Puerto Príncipe a entregar en mano los 7000$ que obtuvieron en el maratón que organizó Radio Seybo en República Dominicana. A Dios rezando…



El obispo y Haití

domingo, 17 de enero de 2010 | Hay 2 comentarios

Se ha montado buena con las declaraciones del obispo de San Sebastián respecto al mal y a Haití. Desde luego, no ha estado nada, pero que nada acertado. Ahora bien, cuando alguien dice una cosa, hay que entenderla en un sentido amplio, exactamente como hacen los expertos que se dedican a cuestiones de crítica textual, es decir, no se puede pensar, de modo razonable, que un obispo y, en general, un cristiano sensato, desprecie la muerte de cientos de miles de personas en un desastre natural. Si nos encontrásemos ese texto en un manuscrito, trataríamos de ver qué sentido tiene eso en el contexto de la obra del escritor, de sus creencias, etc. Simplemente no es creíble que lo que quisiera decir el obispo es que no pasa nada y que es mucho más grave que la gente no vaya a misa. No es creíble, aunque, como a cualquier texto, puede hacérsele decir lo que se quiera siempre que haya un auditorio dispuesto a recibirlo.

Y es que ayer iba en el metro escuchando a unas muchachas que iban poniendo a caldo al obispo y, por participación, a toda la Iglesia, a las monjas que les dieron clase en su época y a todo lo que se movía. ¿Qué se puede decir? Bueno, si yo oyese a un dirigente comunista decir que la aspiración de su vida es llegar a tener una buena suma en las islas Caimán, pensaría que, o bien ha dejado de ser comunista, o bien le he entendido mal. De modo semejante, supongo, cabe pensar que desde una visión cristiana, en la que el mal es una tragedia incalculable (¿acaso no está eso en el Evangelio?, ¿acaso hay respuestas fáciles en algún sitio de la Escritura –ni siquiera el libro de Job da respuestas–¿), éste no tiene la última palabra. Es así de sencillo y así de increíble (y cuando digo increíble quiero decir que no es una proposición que haya que meter en el vademécum y soltársela al que está pasando por el trance, sino que hay que ponerla en práctica). ¿Dónde estaba Dios? Seguramente en Haití.



Recuerdo de dignidad

viernes, 15 de enero de 2010 | Hay 0 comentarios

Al ver las imágenes de desolación de Haití que abren casi todas las portadas de los periódicos de hoy, me viene a la mente una imagen (que es la que más clavada en la mente me ha quedado de ese pobre, paupérrimo, país). Había un grupo al lado de la una casa. Una mujer cocinaba con leña casi en medio de la calle (ése es, casi con exclusividad, el combustible, de ahí que los árboles y todo lo que se les asemeje hayan desaparecido casi totalmente). Al lado, un hombre de mediana edad, con bigote, pantalones “normales”, camisa blanca y corbata negra, sumamente agradable al trato (como pudimos comprobar después) miraba la vida pasar o quizá estaba atento a los visitantes (me chocó muchísimo la vestimenta, en ese lugar donde, todo lo más, se va con una camiseta y unos pantalones cortos). Junto a ellos, sentado, un señor leía una novela del oeste en inglés. Y por medio de Miguel Ángel Gullón, le pregunté (de entrada parece una pregunta estúpida, pero era sólo para tomar contacto, una especie de ruptura del hielo, si puede usarse esta metáfora en un país asolado por el sol) si sabía inglés, y en su lengua contestó que no, que lo estaba aprendiendo leyendo novelas del oeste. Sí, vagabundeamos por el pueblo, tratamos de ver todo lo que éste nos ofrecía (que no era mucho)… y tuvimos que regresar a República Dominicana para desayunar, porque allí no había dónde. El único sitio den el que nos dieron algo para que la glucosa no se descolocase del todo fue en un lupanar (no sé si esto es una ironía del destino para dos frailes o una metáfora evangélica). Pero de todo lo que vimos, lo que no se me ha borrado de la memoria lo más mínimo fue aquella imagen de dignidad: el hombre elegante donde no había necesidad de elegancia y el hombre aprendiendo algo que, según nuestra manía de cuantificar todo, de poco le iba a servir.



Pobre Haití

jueves, 14 de enero de 2010 | Hay 2 comentarios

Lo del terremoto de Haití es un desastre de proporciones incalculables que, por desgracia, va a sacar a ese país del olvido secular en el que lleva sumido desde ni sé cuándo. Esta tarde, mientras conducía, puse en la radio la emisora que suelo escuchar y ponían una especie de crónica maquillada, de gritos, testimonios, todo encadenado y recubierto de una musiquilla triste… y me pareció obsceno. Cualquiera que haya leído entre líneas la ausencia de noticias sobre Haití en la prensa cotidiana (no las hay porque no es noticia que esa parte de la isla de La Española se esté autofagocitando, porque ya ni árboles para comer sus hojas debe haber) habrá comprendido que en Occidente Haití no interesa, ni siquiera a su antigua metrópoli (salvo a los religiosos franceses que allá moran). Yo no conozco Haití, sólo estuve con Miguel Ángel Gullón en Anse-A-Pitre, la frontera, la zona con más intercambio comercial con la República Dominicana y, me atrevería a decir, precisamente por este movimiento de mercancías, una de las más prósperas… Y me pareció lo más pobre y sin esperanza que había visto en mi vida. Lo curioso es que los muchachos que se te pegan para darte un tour por la zona hablan todas las lenguas, la que tú quieras utilizar para comunicarte con ellos, apuesto que hasta el húngaro (y yo pensaba en qué potencial tan enorme estaba languideciendo en el tratar de subsistir). Eso me hizo pensar en que el problema de la pobreza endémica de Haití quizá no estuviese en sus gentes, que tienen la capacidad de cualquiera, sino en lo de siempre, en la casta que les gobierna y que nunca hará nada para sacar al país más pobre de América, y uno de los más pobres del mundo (insisto en que no he vuelto a ver nada ni siquiera parecido) de la fosa. Y ahora les viene el terremoto. Si tuviesen casas medianamente bien construidas, probablemente no se hubiesen caído todas con todo el mundo dentro. Pero eso es mucho pedir. Seguramente haré una lectura muy superficial de las informaciones que aparezcan: no quiero seguir a los periodistas que se deleitan en contar las desgracias.



Armstrong en defensa de Dios

martes, 12 de enero de 2010 | Hay 2 comentarios

Lo prometido (y lo que me recuerdan) es deuda. La obra que quería comentar (y he ido dejando pasar la ocasión, no sé por qué) es la de Karen Armstrong, En defensa de Dios. El sentido de la religión, Barcelona, Paidós, 2009. De entrada he de decir que se lee de un tirón, lo cual no es poco en un libro de más de 400 páginas. Lo que la autora defiende es que frente a la idea antigua de la divinidad como incognoscible, la época contemporánea desdeña lo que no entra en el logos que ella misma ha generado y olvida que la religión no es tanto un conjunto de pensamientos cuanto una forma de vida en la que esos pensamientos cobran sentido. En nuestra época, en la que se desprecia el no-saber, el misterio ha quedado desacreditado desde el mundo moderno: los teólogos adoptaron, en él, los criterios de la ciencia, con lo que los relatos del cristianismo se interpretaron como datos empíricamente verificables, de modo que se rompió una tendencia secular, lo que dio lugar a dos fenómenos: el fundamentalismo y el ateísmo.

En la primera parte del libro, Armstrong explora el mundo antiguo, medieval y premoderno, donde el discurso religioso no estaba destinado a ser interpretado literalmente, pues sólo en términos simbólicos era posible hablar de una realidad que trasciende el lenguaje. Por ello, la religión, en la antigüedad, era fundamentalmente una actividad práctica, disciplinada, sin la cual las enseñanzas carecían de sentido, en la que había una enorme libertad interpretativa (que la autora ilustra con ejemplos, algunos divertidos), siempre rodeada por la conciencia del no saber último. Por eso es tan importante señalar el problemático paso de la concepción antigua de creencia o pistis, entendida como confianza, a la creencia moderna, entendida como asentimiento teórico a una proposición hipotética, con frecuencia dudosa. Esto es lo que centra la segunda parte de esta obra, que se desarrolla de la modernidad en adelante.

La modernidad trae consigo la idea de que la fe justa es la aceptación de enseñanzas correctas, de modo que la verdad religiosa se va haciendo cada vez más objetivista, y la sola razón, despojada de la práctica y de una forma de vida, da lugar, cómo mucho, bien lo sabemos, al deísmo. La Modernidad, además, trae consigo la equiparación de Dios con un ser y  de la teología con una ciencia clara y distinta. Si hasta este momento la creación no podía revelar la naturaleza de Dios, de repente el estudio del universo nos muestra cómo es Dios (cosa que los teólogos medievales no hubieran aprobado, porque aunque las vías tomistas hablen de la existencia de Dios, no nos dicen qué es). Dios pasa a ser un elemento más de un sistema científico, que debía ser tan racional, claro y distinto como cualquier otro hecho verdadero de la vida; deja, por ello, de ser trascendente y queda encerrado en los conceptos y en el lenguaje. La ciencia se vuelve apologética del deísmo (que no del ateísmo, que el mismo Voltaire consideraba un mal monstruoso), donde lo natural y lo sobrenatural tienden a confundirse, pues sólo cabe razonar de acuerdo con el método científico. Como reacción aparecen los movimientos pietistas en plena Edad de la Razón. Ahora bien, al depender en tal alta medida de la ciencia moderna, las iglesias se hicieron vulnerables precisamente a este tipo de ataque, que socavaba los planteamientos de los mismos científicos que habían sido los paladines de la religión. La convicción premoderna de que el mundo no puede decirnos nada de Dios había desaparecido: Dios es ya un ser y una sustancia del universo. Y de aquí se pasa a negar la existencia de Dios, puesto que no es verificable por los mismos criterios de la ciencia. La dependencia que habían asumido los cristianos respecto del método científico, que les era ajeno, es la razón de que después de Darwin pueda hablarse de un ateísmo que no niega las pruebas científicas.

El final del siglo XVIII y el siglo XIX es época del enfrentamiento entre fundamentalistas y ateos, ambos enzarzados en lecturas literalistas de la Biblia. Al mismo tiempo, se cuestiona la misma naturaleza de la creencia. Al hacer de Dios una verdad puramente teórica alcanzable por el intelecto racional y científico, sin ritual, oración ni compromiso ético, hombres y mujeres lo habían matado para sí mismos y todo lo que el símbolo de Dios había señalado empieza a ser  eliminado de la cultura. Su puesto lo ocupan ahora otras realidades, en forma de ideologías seculares modernas, que se mostraron tan letales como la intolerancia religiosa. Por ello, contemporáneamente se ha vuelto a la teología apofática, con la negación de la existencia de Dios (Dios está más allá de la esencia y la existencia), al que se afirma como “el fondo del ser”, que no sigue la ideología del método científico. Esto, por supuesto, no satisface a los nuevos ateos (de pobre formación teológica e histórica), que, como los fundamentalistas religiosos, creen que sólo ellos están en posesión de la verdad.

Está de más decir que a mí me encantó esta obra de Armstrong, en  la suenan ecos de Wittgenstein y Heidegger. Si alguien quiere refrescar lo que sabía o aprender algo que le ayude, se la recomiendo de verdad.