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Blog Bitácora Véritas

Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

28
Ene
2021
Extras angélicos
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Aquino flamenco

Un elemento fundamental de cualquier película son los extras. Esos tipos mal pagados que se contratan a granel. De vez en cuando uno se resiste al foco y deja de fijarse en los galanes y galanas que merodean por la escena, haciendo que su vista vague entre los extras. A diferencia de los actores principales, acariciados por la cámara y mimados por el director, el productor y demás gerentes, los extras –supongo– pasan más frío que un perrillo abandonado. Las estrellas reciben cuidadosas indicaciones de qué deben hacer, cómo deben moverse y comportarse, pero los extras están frente a la cámara, seguramente con instrucciones muy genéricas: no mires al objetivo, finge tener una conversación agradable con tu compañero de mesa o cruza por el paso de peatones cuando se te indique, y ni se te ocurra tener alguna genialidad que nos destroce la escena. Supongo que no hay una escuela de extras en la que se enseñe a estar sentado de manera cinematográfica o a tomar un refresco como si toda la maquinaria filmográfica no estuviese allá. ¿Quién iba a pagar por eso? Además, parte de la vocación y del sueldo del extra pasa por la convicción de que nadie se va a fijar en uno y por el buen hacer para que así sea. Sin embargo, y esta es la clave del asunto, un mal extra puede fastidiar una película.

La vida que cada quien protagoniza está llena de extras, de personajes casi imperceptibles que hacen que la existencia que uno cree el centro de la creación llegue a fructificar o sea un desastre. Además de los secundarios, en nuestra película hay multitud de extras constantes, extras casuales, extras temporales y extras sobrevenidos. Como en la de Tomás de Aquino. En su día, hoy, se glosa su inmensa tarea y se paladea la apoteosis del Santo, que bien la merece. Vemos su película (o mejor, sus películas) y nos fijamos muchas veces en los grandes actores secundarios que lo acompañan, como Reginaldo de Piperno o Guillermo de Moerbecke, a los que da gusto ver actuar en la pantalla. Pero pocos se fijan en los extras (quién sabe, sus priores, sus provinciales, sus familiares, sus alumnos, los frailes que compartieron refectorio con él, sus colegas de docencia olvidados… porque de la mayoría no nos ha llegado memoria). Los extras de la película del Aquinate, sin duda, desempeñaron bien su papel. Como él mismo dijo “non omnes omnia possumus”. Pues claro que no: si no todos podemos hacer todas las cosas, y hacemos bien lo que hacemos, es en gran medida porque quien hace lo que debe hacer no mete la pata. Memoria también para ellos en el día del doctor Angélico.

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21
Ene
2021
Vuelta la burra al trigo
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Kiss

Hoy un columnista clamaba que más ciencia y menos religión era lo que necesitábamos para salir de esta crisis. Es curiosa la insistencia en contraponer ambas realidades bajo el mismo respecto. El caso Galileo, leído bajo una óptica específica, parece que es aplicable al día de hoy, y realmente no sé por qué. En general, la gente religiosa va al médico, investiga en colisionadores, cree que si se tira por la ventana caerá con un movimiento uniformemente acelerado, etc. igual que la no religiosa. No pide que el investigador rece antes de entrar en su laboratorio pero tampoco le molesta que vea un elemento de creación en lo existente. No sé exactamente qué ganaríamos con menos religión. Sí, claro que hay exaltados y gente que carece de toda lógica. Pero ni todos los religiosos lo son ni los no religiosos se escapan de esos problemillas.

El otro día, según decía el periódico, un biólogo, danés creo que era, aconsejaba ponerse la vacuna, pero decía que él no quería ser el primero en hacerlo. Es una cosa que habrá dicho media humanidad en sus conversaciones intrascendentes, pero si se pretende erigir eso en imperativo categórico (“obra de tal modo que te pongas la vacuna, pero no seas tú el primero”) mal vamos, salvo que elijamos cobayas que renuncien a ese imperativo. Y eso es éticamente reprobable. Estamos en un atolladero lógico-ético-erótico-festivo. En este caso, la cosa retorcida no venía del obispo de Persépolis, sino de un biólogo que había escrito un libro sobre vacunas, por cierto.

Pasados los primeros zarpazos de la pandemia un escribano de un periódico se preguntaba con sarcasmo dónde estaba la religión en esta crisis. Era la ciencia la que nos iba a salvar y la religión ya no tenía capacidad de movilizar a la gente para hacer rogativas o quemar a unos cuantos prisioneros para complacer a la divinidad hambrienta de vísceras (estos ejemplos son míos, que el hombre no llegaba tan lejos). Al leer aquello, yo pensé que aquel letraherido se había quedado en la imagen estereotipada que quien no está muy al día tiene de la religión de los siglos XII, XIV, XVI, XVIII… hasta que llegó la luz que disipó las tinieblas, supuestamente. La religión, al menos en el mundo occidental, ha estado done tenía que estar, colaborando con las autoridades civiles, protestando cuando algo no le parecía justo y manteniendo su obra social y evangélica a un ritmo superior al habitual, si cabe. Supongo que muchos estarán ávidos de desfiles de gente disfrazada, con los rostros ocultos y entonando cánticos. Para eso habrá que esperar a que se autoricen otra vez los desfiles de carrozas y todo tipo de “parades”. Que haya científicos enemigos de la religión, o religiosos enemigos de la ciencia, no implica que ciencia y religión sean enemigas. Ya lo sabía San Agustín, por cierto de moda con Joe Biden.

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31
Dic
2020
La bendición de Dios
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Berlín

Me acaban de enviar un enlace a la felicitación de año nuevo de la canciller alemana Angela Merkel. Una filmación espartana, una cámara que prácticamente no se mueve, con la melodía del himno alemán de fondo, repitiéndose una y otra vez a lo largo de los siete minutos que dura, el Reichstag y el árbol de Navidad al fondo y poco más. Nada de trampantojos ni vocecillas de trilera. Con ello logra un discurso parco en futesas que trasmite credibilidad a quien lo enuncia. Y, para terminarlo, la mujer desea de corazón un feliz año y la bendición de Dios, tal cual. Impensable en nuestra tele pública (y en casi todas las privadas). ¿Qué tendrá de malo desear lo que uno considera mejor? ¿Es más neutral hacer un discurso en términos kantianos o habermasianos que hacerlo en términos religiosos genéricos? ¿Qué entiende mejor el oyente ideal de esos discursos: el imperativo categórico o la bendición de Dios, una tradición que tiene milenios de existencia? Dado que, según algunos de nuestros líderes –ay, qué pensaran los extraterrestres cuando nos invadan–, hay que institucionalizar el insulto, se entiende que lo de Angela necesariamente sonaría extraño en boca de nuestros representantes. Pero, en fin, las extrañezas conforman el futuro, como bien sabemos. No puedo desear sino lo mismo que Merkel. Amén.

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27
Dic
2020
Cultura y estupidez de una señora de Tolstoi
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corea

Tolstoi, en un tratado magnífico sobre arte, que lleva el nada sorprendente título de “¿Qué es el arte?”, recuerda a “una señora estúpida pero muy culta” que se creía una gran literata, pero que no hacía más que churros a partir de despojos, préstamos y saldos que ella cosía con su falta de talento. Al menos era culta, aunque eso, por lo visto, no la salvaba de su estupidez. ¿Es mejor ser estúpido y ser culto al mismo tiempo o la cultura no modela la estupidez de ningún modo? Todo esto me venía a la mente cuando pensaba en los intensísimos debates, de enorme altura intelectual, con citas procedentes de todos los focos de la cultura que, con el objeto de provocar una iluminación de la mente y un cambio de conciencia sobre temas importantísimos que realmente afectan a toda la población (eutanasia, ley educativa, indultos políticos a políticos, gestión de la pandemia, estructura del Estado…) No se han dado en el parlamento. Ni el más mínimo ejercicio dialéctico. Por lo visto, nadie cree ya en el poder de la palabra. Todo se cuece en otro sitio. Me fascinaría ver a un diputado o a un senador cambiar la intención de su voto tras haber escuchado un alegato ponderado, bien argumentado, sólido. Pero eso no se da. Nuestros representantes, por desgracia, cada vez se parecen más a esos pobres militares (lo que habrán tenido que tragar) que sujetan su cuadernillo mientras aplauden cualquier bobada que sale de la boca de su pequeño y regordete timonel norcoreano. Aquí también se saludan con fruición leyes que van a poner a los pies de los caballos a mucha gente. ¿Tenemos representantes cultos? No lo sé. Tampoco importa. Lo otro de la señora de Tolstoi es más preocupante.

En el fondo, todo esto estaba previsto en uno de los momentos centrales de la película de esta época, Qué bello es vivir. Cuando el señor Potter quiere contratar a George Bailey y le alegra el oído con las cosas que podrá hacer con la enorme cantidad de dinero que le va a pagar, con la sola condición de que se traicione a sí mismo, también está mendigando ese aplauso. Menos mal que George Bailey, que durante toda la película está lamentando su falta de cultura, por no haber podido ir a la universidad, viajar, abandonar su pueblo…, no era el estúpido que Potter imaginaba. La estupidez, como dijo el santo, es pecado. La falta de cultura no. Y además, tiene fácil arreglo. 

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17
Dic
2020
Áteme esa mosca por el rabo
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Hegel

Por lo visto, el mundo ya no se divide en términos binarios, al menos en algunas cosas fundamentales. Pero en otras, no se aplica esta regla: o eres facha o progre, sin colores intermedios. Estar a favor, por ejemplo, de la eutanasia sin matiz alguno es progre; poner algún pero es facha. Y en este reparto de etiquetas (amigo/enemigo, tan viejo como la vida misma) quien controla la distribución del material y sobre todo quien controla el contenido de cada paquete es quien se lleva el gato al agua.

Hoy escuchaba a una exministra hablar de la eutanasia, promovida por un gobierno progresista, para “profundizar la libertad individual”. Se supone, entonces, que el progresismo tiene que ver con eso. Pero al mismo tiempo, el progresismo pide una intervención cada vez mayor del Estado para eliminar las diferencias, lo que se traduce en una merma de la libertad individual. Siempre se puede acudir a aquel celebérrimo argumento de nuestra pensadora de cabecera de que el candidato no es la misma persona que el presidente o que el brillante profesor que atribuyó a Kant la “Ética de la razón pura” no es la misma persona que el vicepresidente, dando pie a una nueva teoría filosófica sobre la posibilidad de que dos conciencias (¿es lo mismo conciencia que persona?) o dos intencionalidades (ídem) habiten en un mismo cuerpo, para concluir con el argumento paradójico de que restringir la libertad es el único modo de promover la libertad, cosa, que, dicho sea de paso, parece ser máxima de este colectivo. Aun así, buena parte de los intelectuales modernos y postmodernos que dan base a todas estas teorías creen que la libertad no pasa de ser una ficción. ¿Qué es entonces la libertad? ¿Cómo se puede profundizar? Si nos quitan la filosofía de las escuelas, los políticos mediocres y sus cantaores radiofónicos son los que crean la opinión, que, para Platón (ah, viejo facha) es lo que está más lejos del conocimiento.

Ser progresista significa pensar que la historia tiene un “telos”, que es teleológica, que se mueve hacia algún punto preciso, y que las fuerzas de la historia la encaminan hacia allá. Si no se cree eso, no hay diferencia entre progresismo y “regresismo” porque todo da igual: no hay direcciones privilegiadas. Y o bien usted adopta una filosofía de la historia, tipo Hegel (que, por cierto, ¿era progresista o conservador? Depende de quien lo lea) y seguidores marxistas y demás, y está dispuesto a correr con los riesgos de subsanar los “errores” (mataderos, en terminología hegeliana) de esa teleología, o habla en el vacío. Lo más “progresista” que podrá leer es la teología de la historia de San Agustín, para el que la historia parte de un punto y progresa hacia otro. Y se faja el hombre explicando por qué ese progreso en ocasiones se nos oculta a los ojos. De otro modo, el progresismo es un concepto hueco que podrá usar a su antojo quien ostente el poder de dotar de significados a ese marchamo. Esa dialéctica de progre/facha es tan vacía como estúpida y, en el fondo, es una magnífica estrategia de dominación… quizá también para profundizar la (ficción de la) libertad individual.

 

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14
Dic
2020
Método mui facilissimo
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guitarra2

“Método mui facilissimo para aprender a tañer la guitarra a lo español” es el título de una obra de Luis de Briceño del siglo XVII. El mensaje de este músico es que aprender no solo es fácil, ni siquiera facilísimo, sino muy facilísimo. Maravilloso ejercicio de propaganda mercantil. ¿Qué método se compararía usted para aprender la guitarra: uno fácil o uno muy facilísimo, si los resultados que le prometen son los mismos: aprender a tocar la guitarra? No hay duda posible. Solo si el bien que se busca requiere gran esfuerzo, por su naturaleza o sus circunstancias, uno elige el camino de espinas. Y haberlos haylos. Obtener un título de doctorado en el MIT ha de ser arduo, imagino. Uno puede obtener lo mismo yendo a la plaza de Santo Domingo en México, y comprando el título. Parece ser que los impresores que allí hay le imprimen a uno lo que quiera. Y si no le apetece saltar el charco, seguro que en internet puede adquirirlo. Ambos títulos (el legítimo y arduo y el falsificado y muy facilísimo) lucirán en la pared de modo indistinguible a la vista. Pero no son lo mismo. Cosas que parecen idénticas no son la misma cosa. Una política meditada y que atienda a la complejidad de la realidad y una política populista (de izquierdas o de derechas, tanto se parecen) que todo lo soluciona a base de proclamas de escasa calidad política e intelectual pueden llegar a la misma solución, en apariencia, pero no es la misma ni de lejos. El camino, el “sendero heurístico”, es importante a la hora de construir un objeto, sea el que sea. No es igual el Quijote de Cervantes que el de Pierre Menard, aunque lleven las mismas letras. Y así todo.

El método muy facilísimo de muchas ideologías contemporáneas y de siempre es la unicausalidad: el discurso gravita en torno a una sola razón que explica todo lo que sucede, sea la Unión Europea, los turcos, el patriarcado, Eva, el cambio climático o Gavrilo Prinzip. No, la realidad se configura por causas y razones muy diversas que a veces se concitan para dar lugar a cosas. El “homo unius libri”, la persona de una sola idea que lo explica todo, no es más que alguien que no se ha dado cuenta de que “el método muy facilissimo” es una estrategia de mercado. Puede que se percate cuando se le empiezan a endurecer las yemas de los dedos, y entonces se convence de que ya no quiere tocar la guitarra, pero aún así le parece que sigue siendo una buena idea vender el método muy facilissimo, que él (o ella) no está dispuesto a aplicar, porque en realidad no funciona. Y esta es la esencia de los muchos populismos que nos asuelan.

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13
Nov
2020
La obsesión siniestra con la religión
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ábside

Tengo mucho que decir respecto a esta obsesión –en el sentido mórbido del término– con la religión que tienen los partidos de izquierdas. Pero como ni de lejos podría decirlo mejor que Terry Eagleton, que conoce la cosa desde dentro y no es un tipo susceptible de que le caiga el baldón de facha, vayan sin más un par de citas:

 

  1. “Intriga que mientras que la izquierda no parece objetar demasiado a la teología judía (Benjamin, Bloch, Adorno etc.) o, digamos, al pacifismo budista, tenga aversión a la rama cristiana de la creencia” (Reason, faith and revolution, p. 67).

 

  1. “El silencio de la izquierda política sobre la religión es curioso, puesto que, en términos de extensión, atractivo y longevidad, es, de lejos, la más importante forma simbólica que la humanidad haya conocido. Incluso el deporte palidece en comparación con la religión, por no hablar del arte. Sin embargo, quienes se disponen a estudiar la cultura popular pasan de puntillas sobre esa modalidad global, la más perdurable y extraordinariamente efectiva de la cultura popular, mientras que los izquierdistas que se toman en serio, por ejemplo, el racionalismo de Spinoza o el idealismo schellinguiano, la desestiman con el más rudo de los gestos como falsa conciencia (…). Intelectuales que se precian de un entendimiento informado de la cosmología aborigen no se avergüenzan de trazar caricaturas ignorantes y empobrecedoras de las respuestas cuando se trata del cristianismo. Muchos de los que suelen discutirlo casi todo con una ausencia de apasionamiento admirable se vuelven extravagantemente irracionales al respecto” (Dulce violencia, p. 22).

Estamos en una lucha por los valores últimos. La cultura va de eso.

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12
Nov
2020
La justicia del axioma y el relato del cura
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tribunal

Tomás de Aquino defiende que la justicia es la única virtud moral que no tiene referencia intrínseca a las pasiones (ST I-II, q. 59, a.5). La justicia no tiene que ver con las pasiones, como la templanza o la fortaleza, sino con las operaciones. Me vino a la mente esta referencia con todo este lío de reescribir las historias personales y colectivas de modo apasionado o, como se dice ahora, atendiendo a los sentimientos. Uno se siente tal o cual, y reescribe su relato, igual que hacen los pueblos, los países y demás.

El caso que me provocó este pensamiento fue el del cura vasco que justificaba estos días –¡estos días!– los asesinatos etarras. La base de todo el asunto es la primacía del relato, ese artificio que nos permite colocar las piezas de un puzle, aderezarles sentimientos y dar lugar a un cóctel que solo pueden beberse los propios, porque los extraños lo encuentran impotable. La filosofía de las últimas décadas ha entrado al trapo de ese juego huyendo de la idea de “hecho” y dejando todo en el espacio de la “interpretación” (que al fin y al cabo eso es un relato: un cuento con un planteamiento, un nudo y un desenlace, y cada uno de esos elementos puede jugarse a voluntad).

Yo recuerdo demasiado bien cómo día sí, día también, los terroristas iban segando vidas, extorsionando y amedrentando a la gente con su relato. Muchos callaban porque les iba la vida en estar callados y otros callaban porque algo les tocaba en el reparto de suertes. Esto lo hemos vivido como testigos una buena parte de los españoles. Los mismos que ahora quieren escribir la historia de la verdad nos dicen que no, que no fue así, que estuvimos equivocados durante décadas, y que un golpe de ataúd en tierra (a escondidas) no es algo perfectamente serio, sino una fruslería. Si no fuese trágico, sería para echarse a reír.

Una de las últimas lecciones de Eladio Chávarri fue el axioma de protección valorativa, que viene a decir algo así como que los valores que pertenecen a distintas dimensiones no se pueden mezclar. Uno puede ser un excelente padre de familia, pero también un asesino sofisticado, del mismo modo que una batalla puede ser, desde el punto de vista estético, un magnífico espectáculo, y desde el punto de vista sociopolítico una debacle. Supongo que este principio tan elemental, como pensaba Piaget de otros principios de razonamiento, es inasequible para alguna gente, que confunde a sus amigotes o amiguetes con héroes políticos del pueblo. Parece elemental, pero declarar hombre de paz a quien me aprueba los presupuestos es violar ese axioma. Y aún es peor defender el tiro en la nuca como parte de la homilía del domingo. No deja uno de sorprenderse de que ni siquiera los zulos hayan conseguido meter un principio tan elemental en la mollera de algunos. La justicia va de obras. Las pasiones, para la templanza.

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11
Nov
2020
No mientas, que la salud importa
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Cadillac Ranch

Esta pandemia ha dañado muchas cosas y las sigue dañando. Claramente la salud, en proporciones cósmicas, porque esta no es solo que no duelan las muelas, sino que involucra una enorme cantidad de factores físicos, anímicos, psicológicos y demás. Así se desprende de la definición que da la ahora también sospechosa OMS en su página web: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Mira qué bien. Pues ha quedado tocada y bien tocada. La economía, cómo no. Ya empieza el lobo a asomar las orejas y vemos que la cosa puede requerir muchos puntos de sutura, y a ver si aguanta el remiendo. Pero también la confianza, cómo no. Hablando del lobo y sus orejas, muchos de los que estudiamos EGB y Parvulitos, educados con cuentos sedimentados en un mundo bastante real, creo, y no en uno imaginado en gabinetes gubernamentales y de coirte y confección de argumentarios, recordamos aquella historia de Pedro y el lobo –mira qué a cuento vienen los personajes–, que tenía la moraleja de que, si uno miente sistemáticamente, cuando diga una verdad nadie le creerá. En aquella época infantil nos era muy fácil hacer el tránsito hacia la moraleja deóntica: no se debe mentir. No hacía falta que leyésemos a Kant ni el Astete. La fábula nos lo decía con meridiana claridad. Pues esto es lo que les ha pasado a nuestros líderes: han mentido tanto y tan seguido que la confianza está dañada. El cuento no nos dice qué pasó después de que el lobo llegase y se hubiese comido todo lo que tenía a su alcance. Empezarían de cero, tirarían a Pedro al pilón o lo volverían a proponer como pastor… Quién sabe. ¿Le importaba a Pedro el pastor que la confianza básica de sus vecinos estuviese irreparablemente dañada? Supongo que si ostentase un cargo gubernamental, no. Lo que antes era una cierta lucecilla moral, el pudor, ha desaparecido de la escena pública como por ensalmo, ya que nos suena a aquellos pintarrajos de Il Braghettone. Qué va. Se trata del “miedo a la deshonra”, o al menos así lo entendía Aristóteles. En el caso de los políticos que salen en la tele (habrá otros), los medios les recuerdan constantemente lo que dijeron ayer y cómo hoy se han desdicho, y ni se ponen colorados. ¿Honra? Mejor barcos. Ciertamente, esto forma parte de esa desaparición del pudor de todo el espacio público. El trabajo de destrucción de todo el entramado “opresor” de las virtudes (aunque el pudor no sea propiamente tal) nos ha dejado in púribus, sin la menor conciencia no solo de culpa, que eso suena a enfermizo, sino sin una mínima ética consecuencialista que vaya más allá del corto plazo de lo que uno puede vislumbrar, que en los políticos es la siguiente jornada de negociación con sus colegas de fatigas y, todo lo más, la próxima cita electoral. Todo esto para decir que, por desgracia, algunos no nos creemos nada de lo que dicen los políticos. Nada, nada, lo cual no es, por volver al principio, nada sano. Son como las musas, que a veces mienten y a veces dicen la verdad, pero nadie sabe cuándo sucede una cosa y cuándo otra. Al menos las musas, de cuando en vez inspiraban a algún poeta. No es el caso de esta gentica, que solo sabe hacer pintarrajos. Están bien para pasar la tarde, pero Goya pasaría de largo.

 

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19
Oct
2020
Aquello de la trascendencia
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rezo

Un filósofo de la religión, bien analítico y bien detallista en sus textos, Richard Swinburne, afirma que, al analizar el problema del mal desde un punto de vista teísta, la dimensión escatológica es irrenunciable. Es obvio, pero parece que es algo de lo que nos hemos impuesto no hablar, por una cierta vergüenza torera. No se trata de que la perspectiva escatológica justifique el mal, ni que haga posible comprenderlo, ni que le haga un hueco en este mundo como forjador de virtudes. Solo se trata de que, sin esa perspectiva, la visión cristiana de la realidad está incompleta. Esta realidad le queda lejana al hombre moderno, a quien, como afirma otro gran pensador, Hans Blumenberg, le resulta ajeno que el fin de los tiempos esté por encima de lo humano. Las expectativas inmanentes del fin de la historia (que las hay a miles, sobre todo de índole político) le atraen más, porque ofrecen menos que la cristiana. Al leer las descripciones del fin de la historia de los filósofos uno se queda con la duda de si para ese viaje hacían falta esas alforjas. Por supuesto, pintan un espacio ideal, pero un espacio que continúa siendo histórico, porque lo que no es histórico parece que no puede pensarse sino con categorías históricas, del mismo modo que lo que no tiene imagen no puede pensarse sino mediante imágenes. Por eso es más fácil, socorrido y tranquilizador quedarse en las realidades penúltimas, aquellas que podemos comprender, dibujar y esbozar de alguna manera. Uno no suele estar preparado para aceptar una “otredad” radical.

El otro día se murió la hermana de un buen amigo. Él dejó de ser creyente por lo que fuera y, sin embargo, me pidió que rezásemos por ella. En el fondo rezar no es sino abrirse a esa trascendencia y a esa realidad última que es Dios, un acto bastante intempestivo y, por ello, bastante radical, en esta época de presentes perpetuos que no invitan a ponerse en perspectiva escatológica, pero sí a quedarse en lo penúltimo. O más atrás incluso.

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