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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
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19
Sep
2026
Ensoberbecióse tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría
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bello usical

Cuando diserta sobre si lo honesto es igual a lo bello (ST II.II, q. 145, a.2) –algo que suena extraño en nuestro mundo, en el que la belleza se vincula a lo estético y lo honesto se refugia casi exclusivamente en la cueva de las cosas privadas en la que se acomodan como pueden tantas cosas importantes–, Tomás de Aquino señala, entre las objeciones, que hay una belleza que se opone a la virtud, y cita Ez 16,15: Fiándote de tu belleza, te prostituiste en tu nombre. Si pensamos la belleza como una mercancía, parece que la honestidad pinta en la casa calística menos que un artista de cuadros ácromos. La mercancía, en cuanto tal, no incluye en su concepto mismo la idea de honestidad, sino la de intercambio o ago semejante. Ahora bien, para el santo esta objeción se basa en la identificación exclusiva de la belleza con una conformación corporal agraciada, cosa que no debería ser el caso. También es curioso que, en nuestro mundo moderno, que ha naturalizado desde hace un par de siglos, la idea de que la belleza está en el ojo del que mira –como la verdad, el bien, los hechos, hasta los números, si me apuras– se nos embuta la idea de que tal persona es bella más allá de toda duda razonable. Misterios epocales. Pero a lo que vamos. Para el Santo, incluso cuando uno no es o deja de ser formoso, también puede admitirse una especie de fornicación espiritual para con la belleza espiritual, al enorgullecerse de la propia honestidad, según nos dice Ez 28,17: Ensoberbecióse tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría. Es entonces, una honestidad falsa, basada en la mentira, en la soberbia, en la chulería, en fin… Y así es como esta gente de la que yo les hablo trató de corromper cualquier posibilidad que la belleza tenga o tuviese de salvar el mundo. Otra línea roja traspasada.

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17
Sep
2026
Truffaldino e il nonno
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empanada

Bien sabia es esa expresión de quienes se dedican a la cocina, cuando le dicen al aprendiz que le eche al guiso lo que el guiso pide… Ejerce la prudencia, le dicen: mira, prueba, dialoga con la perola, que va demandando más de esto, menos de aquello, algo más de tiempo, quizá más fuego. En ese juego dialéctico, el chef, incluso el sollastre, responde a esas demandas y el resultado es un puchero magnífico que ejemplifica la gastronomía del cuidado.
Por el contrario, la comida “de bolsa” es siempre igual. Alguien decretó el estándar de sabor y no hay más que hablar ni que discutir con la pota y el puerro. Los comensales están completamente ausentes en la gestión de este proceso que, en realidad, es solo un requisito inevitable para dar lugar a esa cacofonía en serie. Por muy bien que le sepa alguien (o a todos o a nadie) la dimensión afectiva de ese acto gastronómico ha desaparecido.
La boca, principal órgano culinario, es también el órgano de la palabra. La palabra puede ser prudente o imprudente, sensata o insensata, cierta o falsa. Se la puede tratar con cuidado, para que facilite el diálogo y haga surgir espacios de verdad y entendimiento, o se la puede convertir en un producto envasado que repiten unos y otros como pericos desganados. Es la diferencia que hay el celofán incomestible del trufaldín cabecilla que solo se digna a decir, con displicencia, "pregúntele a él" y el guiso del abuelo ceutí que dice "pregúnteme lo que quiera". Por seguir con lo que decíamos ayer…

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2
Sep
2026
Estar sujeto a un tirano equivale a ser presa de una bestia voraz
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oso

Dejemos que hable santo Tomás. No hace falta más.

 

“Este régimen se vuelve injusto cuando, despreciando el bien de la sociedad, tiende al bien privado del dirigente. Luego cuanto más se separe del bien común, tanto más injusto será el régimen. (..) Cuando el tirano, despreciando el bien común busca el suyo, es lógico que oprima a su.s súbditos de mil maneras, pues se deja llevar por muchas pasiones para adquirir algunos bienes. Quien se encuentra sometido a la pasión de la codicia roba los bienes de los súbditos, y por ello Salomón advirtió (Prov 29, 4): El rey justo endereza la tierra, el varón avaro la destruye. Pero, si está sometido a la pasión de la ira, por nada derrama sangre, y por eso se dice en Ezequiel: Sus príncipes se hallan en medio de ella como lobos que arrebatan la presa para derramar sangre (Ez 22, 27). De ahí que el Sabio avise que es preciso huir de ese régimen, al decir: Permanece lejos de quien tiene poder de matar (Eclo 9, 18), o sea, de quien no mata por justicia, sino por poder, cumpliendo un capricho de su voluntad. Y de este modo no puede darse seguridad alguna, sino que solamente hay incertidumbre cuando se olvida el derecho, ni se puede asegurar nada, tal y como sucede, que se halle bajo la decisión de otro, y menos sobre la avaricia. Pero no oprime solamente los cuerpos de sus súbditos, sino que impide hasta sus bienes espirituales, puesto que se preocupa más de figurar que de servir e impide el progreso general de aquéllos, sospechando que cualquier superioridad de sus súbditos supone un perjuicio para su dominación inicua. Los tiranos sospechan más del bueno que del malo y siempre les parece terrible la virtud ajena. Los tiranos se esfuerzan en que sus súbditos virtuosos no alcancen un espíritu de magnanimidad efectiva ni destruyan su inicua dominación. También se preocupan de que entre sus súbditos no se fortalezca ninguna relación de amistad ni que se alegren mutuamente de las ventajas de la paz de manera que, mientras uno desconfía del otro, nada pueden preparar contra su dominio. Por eso siembran las discordias entre sus súbditos, o las atizan si ya han surgido, y prohíben todo lo que pueda llevar a la unión de los hombres, como las asambleas y los banquetes y cosas semejantes, por medio de los cuales suele aparecer la familiaridad y la confianza entre las personas. Se preocupan también de que no se hagan poderosos o ricos porque sospechan de los súbditos por su experiencia anterior, ya que, como ellos mismos utilizan el poder y las riquezas para hacer el mal, temen que ese poder y riquezas de sus súbditos se vuelvan peligrosos para su perdición. Por eso se afirma del tirano en Job: Siempre resuena en sus oídos el terror y, cuando hay paz (Job 15, 21), o sea, cuando nadie intenta nada contra él, él siempre sospecha traiciones.
De ello resulta que, como mientras gobiernan, quienes deberían inducir a sus súbditos a la virtud, miran con malos ojos la virtud de sus súbditos y la entorpecen cuanto pueden, en su régimen se encuentran pocas personas virtuosas. Pues, según Aristóteles, bajo su mandato hay hombres fuertes por los cuales son honrados como varones fortísimos, y Tulio dice: Descansan siempre y apenas trabajan, cosa que reprochan a los demás. Y es hasta natural que los hombres que crecieron bajo el temor degeneren hacia el servilismo y se vuelvan pusilánimes ante cualquier obra viril y esforzada, lo cual está demostrado en las provincias que vivieron mucho tiempo bajo un tirano. Por eso dice el Apóstol a los Colosenses: Padres, no provoquéis la indignación de vuestros hijos para que no se vuelvan pusilánimes (Col 3, 21). Y el rey Salomón, considerando los daños que provienen de los tiranos, dice: Las ruinas de los hombres son causadas por los reyes impíos (Prov 28, 12), porque los súbditos de los tiranos malvados se apartan de la perfección de la virtud; y más adelante añade: gemirá el pueblo cuando los impíos tomen el poder (Prov 29, 12), puesto que vuelve a la esclavitud; y además observa: se esconderán los hombres de bien cuando los impíos se levanten (Prov 28, 28), para evadirse de la crueldad de los tiranos. Y esto no debe extrañar, porque el hombre que gobierna según su capricho al margen de la razón, no se diferencia de la bestia en nada; por eso continúa Salomón: Como un león rugiente y un oso hambriento es un príncipe impío sobre un pueblo pobre (Prov 28, 15); y no sólo los hombres se esconden tanto de los tiranos como de los animales salvajes, sino que estar sujeto a un tirano equivale a ser presa de una bestia voraz".
 
Del tratado sobre la monarquía de Santo Tomás, según la versión de https://tomasdeaquino.org/el-peor-regimen-es-el-tiranico/

 

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27
Ago
2026
El lobo nominalista
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rostro órgano

Para algunos nominalistas Dios podía suspender todas las leyes, las naturales, las de la lógica, las de la historia, y cualquier legalidad que a uno se le ocurra, en virtud de su potencia absoluta. Dios puede incluso dispensar de los preceptos del decálogo y ordenar lo opuesto a lo que ordenan; las cosas son buenas o malas no porque tengan alguna hondura o solidez ontológica, sino solo en virtud de ese edicto voluntarista. De quererlo Dios, uno podría estar en la playa tomando el sol, bebiendo un daiquiri y, a pesar de las apariencias, trabajando más duramente que el albañil en el andamio agosteño. Ni siquiera las leyes de la semántica se aplican ya, porque Dios es omnipotente en sentido absoluto. Si lo quisiese, edicto divino de por medio, una cosa podría ser verdadera y falsa al mismo tiempo, o mejor, dos cosas contradictoras, A y no A, podrían ser verdad –o mentira, tampoco nos vamos a poner exquisitos– al mismo tiempo y bajo el mismo respecto, porque él es Señor de todo. Los tomistas se opusieron a este mundo voluntarista, pero no tuvieron mucho éxito, ya que la voluntad siempre acaba triunfando, o al menos eso parece.
Escuchando a los ministros de este país huir de sus responsabilidades, desertar de sus funciones y tratarnos como párvulos, negando hechos con relatos, uno no puede evitar pensar en ese perverso juego de tratar de acomodar la realidad a la voluntad propia como si fuese solo una masa informe esperando ser conformada de modo voluntarista. A veces funciona, pero no dura mucho tiempo y, en no pocas ocasiones, el triunfo de la voluntad es, en realidad, la antesala del desastre. El lobo acaba por llegar y comerse a Pedro porque, como los de aquellas generaciones aprendimos, la mentira no renta.
 

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22
Ago
2026
El zapatero de Rodas
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Bruce

En uno de sus textos, Francisco de Vitoria cita aquello de Horacio: “quidquid delirant reges, plectuntur Achivi” (“lo que deliran los reyes, lo sufren los aqueos”), máxima intemporal haya o no reyes. Siempre habrá quien, teniendo poder, desatine, y quien sufra por estar sometido a esa jurisdicción, sobre todo cuando esta se ejerce de manera despótica y se justifica no con hechos, sino con relatos.
El relato –pequeño– es una de las principales construcciones teóricas de la posmodernidad. Hace tiempo que los hechos han dejado paso a lo que se dice de ellos y han acabado con cualquier solidez de lo real. Esto supone un cambio sustantivo. En épocas anteriores había sofistas y mamelucos que trataban de hacer ese juego, pero no se les tenía en cuenta. Montaigne se daba cuenta de que “los que tienen canijo el cuerpo auméntanlo con rellenos; los que tienen exigua la materia hínchanla con palabra”. Esa era la naturaleza del relato según el francés: hechos vanos, verbosidad que barbulla lo que no hay. Si no hay realidad, pongamos en su lugar mendacidad, que todo lo aguanta. Pero a los exiguos no se les daba el poder de imponer el relato. Hoy todo se juega ahí.
Los que nos educamos con fábulas recordamos aquello de “hic Rhodus, hic salta”, aunque lo aprendiésemos en román paladino. Un gobernante que tiene, vez tras vez, Rodas diversas para mostrar que sabe saltar, pero es incapaz de hacerlo, debería ser juzgado según la medida que merecían algunos rétores, según nos recuerda Montaigne: “Decía un retórico de tiempos pasados que su oficio consistía en hacer que cosas pequeñas pareciesen grandes y así las encontrasen los demás. Es un zapatero que sabe hacer zapatos grandes para pies pequeños. Habríanle azotado en Esparta por hacer profesión de un arte engañoso y mentiroso”.

Los lloros de los aqueos no llegarían a tales si no hubiésemos naturalizado a los que nos engañan ya desde los zapatos.
 

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1
Jun
2026
Madrid bien vale una primera comunión
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canto

En una de sus cuestiones quodlibetales (Quodlibet V, q. 6 a. 2), Tomás de Aquino inquiere “si un sacerdote debe dar una hostia no consagrada a un pecador secreto que se la pide”. El santo da muchas razones para decir que no debe hacerlo: que un sacerdote no debe hacer público un pecado secreto; que la hostia consagrada ha de ser venerada, y si se la venera sin estar consagrada se comente idolatría; que peca mortalmente quien recibe el cuerpo de Cristo en conciencia de pecado mortal.

En descargo del pecador que así actúa, cabría pensar que, para pedir una hostia sin consagrar en su comunión, uno ha de tener conciencia de pecado, al menos de culpa, quizá un cierto arrepentimiento. Y, cómo no, saber qué eso de la comunión despojado del ordinal “primera”. Si no es el caso, no llega uno a tales cavilaciones.

Ahora que llega el Papa a España y hay cola política por hacerse la foto, cabe preguntarse: ¿Madrid bien vale una misa? Alguno pensará que vale una comunión, y más papal. Ahora bien, el santo se pone serio: “no se debe añadir ficción a la verdad, porque no hay acuerdo entre la luz y la oscuridad (…) Y por lo tanto, no se debe hacer nada por ficción en los sacramentos de la Iglesia”. ¿Cómo obrar, pues? Así finaliza el Aquinate: “En consecuencia, el sacerdote debe primero advertir al pecador secreto de que haga penitencia y así se acerque al sacramento; pero si no desea arrepentirse, debe prohibirle secretamente que se mezcle con otros que comulgan en público; y si se mezcla, debe darle la hostia consagrada”. Hacer cualquier otra cosa haría que el asunto se volviese más endemoniado: “Cabe decir que sería insensato que un médico, con su mayor riesgo, quisiera evitar el menor riesgo del enfermo; por ejemplo, si él mismo quisiera beber veneno para que el enfermo no bebiera vino. Pero un sacerdote peca mucho más al fingir en el sacramento de Cristo que un pecador que participa indignamente. Por lo tanto, un sacerdote sería necio si, para evitar el pecado que añade, él mismo pecara más gravemente haciendo una ficción en el sacramento de la verdad”. Un recuerdo de la verdad en el mundo del engaño palaciego nunca viene mal. 

 

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4
Feb
2026
Hora del reparto, fin de los estilos
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mangiare

 
En una serie de cuyo nombre me he olvidado aparece un personaje bendiciendo la mesa con estas palabras: “Señor que estás en los cielos, bendice estos alimentos que recibimos de tu generosidad a través de Jesucristo nuestro Señor”. El programa de traducción o el traductor acabó produciendo una frase un tanto gnóstica que muchos calificarían como ofensiva para oídos píos. Lo importante no es, en este caso, debatir si hemos recibido los alimentos a través de Jesucristo proveedor, recolector o repartidor o si, más bien, Jesucristo es mediador, o sabe Dios qué. Esa frase tan rara saca a la luz cosas de mucho calado. Lo que llama la atención en este caso es la falta de cuidado. Cualquiera que tenga un mínimo de cultura religiosa –hasta el programa de traducción la tiene, a su modo– comprende que el “through Christ Our Lord”, que seguramente es lo que se recita en el original, está perfectamente traducido al castellano como “por Jesucristo Nuestro señor” desde hace ya unos cuantos años, eones incluso. Basta con haber ido a misa en alguna ocasión o haber rezado alguna vez para darse cuenta, y si no se ha hecho nada de esto –cosa que cae dentro de los posibles metafísicos– conviene preguntar a alguien que sepa de qué va el asunto, quizá un exseminarista versado en latines –per Christum dominum nostrum–, a alguien que hubiese estudiado en un colegio religioso –es posible que le sonase la cosa–, o a casi cualquiera de una generación en la que estas cosas formaban parte de la cultura cotidiana y popular de cada quien, fuese religioso o no.
No es, empero, una desidia solo con lo religioso, aunque en esta área alcanza cotas alarmantes. Los correctores de estilo existen en el recuerdo, quizá en un limbo inaccesible. Pocas son hoy las editoriales que no los consideran un lujo y encomiendan a los autores hacer de lectores de sí mismos. Tampoco se salvan los periódicos. El otro día aparecía un “exclavitud” en El País que quemaba los ojos.
El cuidado en el lenguaje no es una cuestión menor. Tiene que ver con el cuidado en general del otro, con un respeto que, a priori, se considera debido a quien nos va a leer o escuchar. Los propagandistas han dado tantas vueltas al lenguaje como elemento de dominación que han olvidado por completo su carácter de elemento fundamental de la caridad para con el otro, de donación verdadera de lo real. Si el Logos es lo que es en el cristianismo, por algo será. Habrá, pues, que prestarle los cuidados que merece para no hacer de Cristo un repartidor de comida a domicilio, aun cuando, quién sabe, pueda hacerse presente en el que llega en bici con la cena.
 
 

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