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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
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1
Jun
2026
Madrid bien vale una primera comunión
1 comentarios

canto

En una de sus cuestiones quodlibetales (Quodlibet V, q. 6 a. 2), Tomás de Aquino inquiere “si un sacerdote debe dar una hostia no consagrada a un pecador secreto que se la pide”. El santo da muchas razones para decir que no debe hacerlo: que un sacerdote no debe hacer público un pecado secreto; que la hostia consagrada ha de ser venerada, y si se la venera sin estar consagrada se comente idolatría; que peca mortalmente quien recibe el cuerpo de Cristo en conciencia de pecado mortal.

En descargo del pecador que así actúa, cabría pensar que, para pedir una hostia sin consagrar en su comunión, uno ha de tener conciencia de pecado, al menos de culpa, quizá un cierto arrepentimiento. Y, cómo no, saber qué eso de la comunión despojado del ordinal “primera”. Si no es el caso, no llega uno a tales cavilaciones.

Ahora que llega el Papa a España y hay cola política por hacerse la foto, cabe preguntarse: ¿Madrid bien vale una misa? Alguno pensará que vale una comunión, y más papal. Ahora bien, el santo se pone serio: “no se debe añadir ficción a la verdad, porque no hay acuerdo entre la luz y la oscuridad (…) Y por lo tanto, no se debe hacer nada por ficción en los sacramentos de la Iglesia”. ¿Cómo obrar, pues? Así finaliza el Aquinate: “En consecuencia, el sacerdote debe primero advertir al pecador secreto de que haga penitencia y así se acerque al sacramento; pero si no desea arrepentirse, debe prohibirle secretamente que se mezcle con otros que comulgan en público; y si se mezcla, debe darle la hostia consagrada”. Hacer cualquier otra cosa haría que el asunto se volviese más endemoniado: “Cabe decir que sería insensato que un médico, con su mayor riesgo, quisiera evitar el menor riesgo del enfermo; por ejemplo, si él mismo quisiera beber veneno para que el enfermo no bebiera vino. Pero un sacerdote peca mucho más al fingir en el sacramento de Cristo que un pecador que participa indignamente. Por lo tanto, un sacerdote sería necio si, para evitar el pecado que añade, él mismo pecara más gravemente haciendo una ficción en el sacramento de la verdad”. Un recuerdo de la verdad en el mundo del engaño palaciego nunca viene mal. 

 

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4
Feb
2026
Hora del reparto, fin de los estilos
5 comentarios

mangiare

 
En una serie de cuyo nombre me he olvidado aparece un personaje bendiciendo la mesa con estas palabras: “Señor que estás en los cielos, bendice estos alimentos que recibimos de tu generosidad a través de Jesucristo nuestro Señor”. El programa de traducción o el traductor acabó produciendo una frase un tanto gnóstica que muchos calificarían como ofensiva para oídos píos. Lo importante no es, en este caso, debatir si hemos recibido los alimentos a través de Jesucristo proveedor, recolector o repartidor o si, más bien, Jesucristo es mediador, o sabe Dios qué. Esa frase tan rara saca a la luz cosas de mucho calado. Lo que llama la atención en este caso es la falta de cuidado. Cualquiera que tenga un mínimo de cultura religiosa –hasta el programa de traducción la tiene, a su modo– comprende que el “through Christ Our Lord”, que seguramente es lo que se recita en el original, está perfectamente traducido al castellano como “por Jesucristo Nuestro señor” desde hace ya unos cuantos años, eones incluso. Basta con haber ido a misa en alguna ocasión o haber rezado alguna vez para darse cuenta, y si no se ha hecho nada de esto –cosa que cae dentro de los posibles metafísicos– conviene preguntar a alguien que sepa de qué va el asunto, quizá un exseminarista versado en latines –per Christum dominum nostrum–, a alguien que hubiese estudiado en un colegio religioso –es posible que le sonase la cosa–, o a casi cualquiera de una generación en la que estas cosas formaban parte de la cultura cotidiana y popular de cada quien, fuese religioso o no.
No es, empero, una desidia solo con lo religioso, aunque en esta área alcanza cotas alarmantes. Los correctores de estilo existen en el recuerdo, quizá en un limbo inaccesible. Pocas son hoy las editoriales que no los consideran un lujo y encomiendan a los autores hacer de lectores de sí mismos. Tampoco se salvan los periódicos. El otro día aparecía un “exclavitud” en El País que quemaba los ojos.
El cuidado en el lenguaje no es una cuestión menor. Tiene que ver con el cuidado en general del otro, con un respeto que, a priori, se considera debido a quien nos va a leer o escuchar. Los propagandistas han dado tantas vueltas al lenguaje como elemento de dominación que han olvidado por completo su carácter de elemento fundamental de la caridad para con el otro, de donación verdadera de lo real. Si el Logos es lo que es en el cristianismo, por algo será. Habrá, pues, que prestarle los cuidados que merece para no hacer de Cristo un repartidor de comida a domicilio, aun cuando, quién sabe, pueda hacerse presente en el que llega en bici con la cena.
 
 

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