Jun
Madrid bien vale una primera comunión
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En una de sus cuestiones quodlibetales (Quodlibet V, q. 6 a. 2), Tomás de Aquino inquiere “si un sacerdote debe dar una hostia no consagrada a un pecador secreto que se la pide”. El santo da muchas razones para decir que no debe hacerlo: que un sacerdote no debe hacer público un pecado secreto; que la hostia consagrada ha de ser venerada, y si se la venera sin estar consagrada se comente idolatría; que peca mortalmente quien recibe el cuerpo de Cristo en conciencia de pecado mortal.
En descargo del pecador que así actúa, cabría pensar que, para pedir una hostia sin consagrar en su comunión, uno ha de tener conciencia de pecado, al menos de culpa, quizá un cierto arrepentimiento. Y, cómo no, saber qué eso de la comunión despojado del ordinal “primera”. Si no es el caso, no llega uno a tales cavilaciones.
Ahora que llega el Papa a España y hay cola política por hacerse la foto, cabe preguntarse: ¿Madrid bien vale una misa? Alguno pensará que vale una comunión, y más papal. Ahora bien, el santo se pone serio: “no se debe añadir ficción a la verdad, porque no hay acuerdo entre la luz y la oscuridad (…) Y por lo tanto, no se debe hacer nada por ficción en los sacramentos de la Iglesia”. ¿Cómo obrar, pues? Así finaliza el Aquinate: “En consecuencia, el sacerdote debe primero advertir al pecador secreto de que haga penitencia y así se acerque al sacramento; pero si no desea arrepentirse, debe prohibirle secretamente que se mezcle con otros que comulgan en público; y si se mezcla, debe darle la hostia consagrada”. Hacer cualquier otra cosa haría que el asunto se volviese más endemoniado: “Cabe decir que sería insensato que un médico, con su mayor riesgo, quisiera evitar el menor riesgo del enfermo; por ejemplo, si él mismo quisiera beber veneno para que el enfermo no bebiera vino. Pero un sacerdote peca mucho más al fingir en el sacramento de Cristo que un pecador que participa indignamente. Por lo tanto, un sacerdote sería necio si, para evitar el pecado que añade, él mismo pecara más gravemente haciendo una ficción en el sacramento de la verdad”. Un recuerdo de la verdad en el mundo del engaño palaciego nunca viene mal.