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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

6
Oct
2020

Analógico estáis, Rocinante

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caballo

En el habla común se ha impuesto considerar el fútbol, el nacionalismo, el ecologismo, el pacifismo y otra serie de manifestaciones culturales como religiones. Se suelen tomar aspectos de estas manifestaciones que las asemejan a lo religioso: generan una dogmática, crean un sentimiento de comunidad y pertenencia, articulan lo que se considera el modo correcto de obrar, etc. Pero la analogía llega hasta ahí. Si se dice que esos movimientos son análogos a una religión, la cosa cambia, porque la analogía, como sabemos desde tiempo inmemorial, descubre semejanzas donde priman las diferencias. Por eso la filosofía tomista aplicó esto de manera sistemática a nuestro discurso sobre Dios: al aplicar epítetos a Dios (bueno, poderoso, justo…) se hace de modo analógico. Dios es bueno, pero su bondad se diferencia de la bondad humana más de lo que se asemeja a ella. Esto suscitó en el medievo innumerables debates, que fueron ganados, seguramente, por los que postulaban que, por mucha diferencia que hubiese, hablábamos de lo mismo. Si Dios es bueno, lo será como nosotros, en un grado eminente, sí, pero de la misma sustancia. Y de esos polvos, llegamos a épocas recientes, donde los filósofos concluyeron que, ya que hablamos de la misma bondad, y solo tenemos acceso a la bondad humana, la bondad divina no ha de ser más que una proyección de la humana en un cosmos hiperuranio y, por tanto, eliminable del cuadro de cosas que hay, así que Dios se queda sin sitio.

El elemento clave, que separa la religión de todas esas manifestaciones culturales es la trascendencia. El nacionalismo, el ecologismo, el pacifismo apuntan siempre dentro del ámbito de lo inmanente, a una “trascendencia inmanente”, que parece que es la única que tiene cabida desde el siglo XIX en adelante: la paz perpetua, la nación de tal pueblo, la naturaleza arcádica… La inmanencia. Pero la religión postula como elemento inalienable una relación con lo trascendente. Y aquí es donde la analogía, que mantiene la diferencia en la semejanza, es clave. A quien afirme que esos movimientos sociales y culturales –casi siempre para deslegitimarlos– son nuevas religiones, habrá que decirle, parafraseando a Babieca (a Rocinante: “Metafísico estáis”): “analógico estáis”. Y hasta ahí podemos llegar.

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