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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

27
Dic
2020

Cultura y estupidez de una señora de Tolstoi

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Tolstoi, en un tratado magnífico sobre arte, que lleva el nada sorprendente título de “¿Qué es el arte?”, recuerda a “una señora estúpida pero muy culta” que se creía una gran literata, pero que no hacía más que churros a partir de despojos, préstamos y saldos que ella cosía con su falta de talento. Al menos era culta, aunque eso, por lo visto, no la salvaba de su estupidez. ¿Es mejor ser estúpido y ser culto al mismo tiempo o la cultura no modela la estupidez de ningún modo? Todo esto me venía a la mente cuando pensaba en los intensísimos debates, de enorme altura intelectual, con citas procedentes de todos los focos de la cultura que, con el objeto de provocar una iluminación de la mente y un cambio de conciencia sobre temas importantísimos que realmente afectan a toda la población (eutanasia, ley educativa, indultos políticos a políticos, gestión de la pandemia, estructura del Estado…) No se han dado en el parlamento. Ni el más mínimo ejercicio dialéctico. Por lo visto, nadie cree ya en el poder de la palabra. Todo se cuece en otro sitio. Me fascinaría ver a un diputado o a un senador cambiar la intención de su voto tras haber escuchado un alegato ponderado, bien argumentado, sólido. Pero eso no se da. Nuestros representantes, por desgracia, cada vez se parecen más a esos pobres militares (lo que habrán tenido que tragar) que sujetan su cuadernillo mientras aplauden cualquier bobada que sale de la boca de su pequeño y regordete timonel norcoreano. Aquí también se saludan con fruición leyes que van a poner a los pies de los caballos a mucha gente. ¿Tenemos representantes cultos? No lo sé. Tampoco importa. Lo otro de la señora de Tolstoi es más preocupante.

En el fondo, todo esto estaba previsto en uno de los momentos centrales de la película de esta época, Qué bello es vivir. Cuando el señor Potter quiere contratar a George Bailey y le alegra el oído con las cosas que podrá hacer con la enorme cantidad de dinero que le va a pagar, con la sola condición de que se traicione a sí mismo, también está mendigando ese aplauso. Menos mal que George Bailey, que durante toda la película está lamentando su falta de cultura, por no haber podido ir a la universidad, viajar, abandonar su pueblo…, no era el estúpido que Potter imaginaba. La estupidez, como dijo el santo, es pecado. La falta de cultura no. Y además, tiene fácil arreglo. 

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