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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

9
Jun
2016

Grandes relatos

1 comentarios

En este interesante artículo, en el que se reflexiona sobre las supuestas conversiones de última hora, aparecen unos cuantos temas relevantes para los religiosos. Uno de ellos son las famosas listas de “ateos” que los cristianos no pueden supuestamente tolerar, a los que cristianizan de una y otra forma: que si rezaba secretamente, que si llevaba oculto un crucifijo, que si en sus últimos momentos dijo… Quién sabe lo que pasa por uno y por lo que pasa uno. Dios sabrá (obviamente esta frase no se usa en ese contexto). En esas listas se mete al personal de manera un tanto indiscriminada. En el caso comentado, no cabe duda (supongo) de que Hitchens o Dawkins lo son, porque lo han proclamado en todos los foros y hasta son padres fundadores de eso que se ha llamado “nuevo ateísmo”, pero Darwin no encaja tan claramente en esa lista… O al menos, si lo hace, seguramente no por las razones “científicas” que supuestamente se le imputan al meterlo en una lista de pensadores que, como grandes luminarias, parece que no pueden más que abrazar la actitud racional y razonable. Alister McGrath, a quien sigo en esto, ha estudiado bien la cuestión en varios textos. Ha rastreado a Darwin de arriba abajo y ha entresacado un montón de citas en las que dice que su teoría no es incompatible con un creador, etc… Parece que sus agonías (o lo que fuere) religiosas tienen más que ver con asuntos personales, más con sufrimientos de la carne que con deducciones científicas. Estas humanizaciones de los titanes no vienen bien a nadie. Necesitamos dioses que nos guíen y un ateo que lo es porque no puede tolerar la muerte de su hija (caso de que fuese así) no parece tan titán como uno al que su actitud racional le ha llevado a ello (caso de que fuese así). Aun así, solo Dios sabe lo que pasa por uno y por lo que pasa uno (repito). Y trampoco sé cuán importante es hacer listas que convierten la vida y al personaje en un número.

El autor señala aquello de que afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias (atribuyéndoselo a pensadores sabios, como son Laplace, Hume, Sagan y Hitchens). Y dice: “es difícil imaginar una afirmación más extraordinaria que aquella de que una inteligencia oculta creó un universo de más de cien mil millones de galaxias, cada una con más de cien mil millones de estrellas, y luego esperó más de 13,7 mil millones de años, hasta que en un planeta de un rincón remoto de un sola galaxia se desarrolló una atmósfera lo suficientemente oxigenada como para favorecer la vida, sólo para luego revelar su existencia a una variedad de grupos tribales violentos antes de desaparecer de nuevo”. La verdad es que no sé qué Dios es este. Desde luego el cristiano, no. Si acaso una suerte de demiurgo. Pero en todo caso, lo relevante es que el cristianismo está lleno de personajes que no podían creer cosas que les parecían increíbles. Hume, en su crítica a los milagros, supone que en la antigüedad el personal creía casi cualquier cosa: la resurrección podría haber sido fácilmente creída por individuos un tanto atolondrados, como eran los de aquella época, pero no es materia de fe para gente del siglo XXI. Parece que en el siglo I la gente resucitaba de vez en cuando, por ver cómo iba el partido. Pero los evangelios insisten por activa y por pasiva en que el relato de la resurrección no se lo creían ni los discípulos. Hasta que creyeron porque vieron. Pero este es un tema que dejo a los especialistas, a los que he tenido la suerte de leer últimamente respecto a los relatos de la resurrección. Léanlos a ellos y saquen sus conclusiones.En todo caso, lo que a mí me suscita lo que describe el párrafo que redacta este hombre es asombro (los ingleses dicen "awe", que suena "oooo". Me gusta). A él incredulidad religiosa. A mí un asombro casi místico. Supongo que me aceptarán que es tan legítimo como aquella.

 

 

 

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JMValderas
9 de Junio de 2016 a las 17:06

Se necesita, Sixto caro, ahondar en las pruebas de la existencia de Dios. Profundizar en ellas, no eliminarlas de un plumazo como algunos de formación tomista. Pienso en Ayala. No sé quién le enseñó apologética en San Esteban, pero el alumno se quedó en la superficie. Cierto es que el azar ha de jugar un papel desconocido por santo Tomás, pero el nudo de las cinco vías sigue siendo válido.

De las conversiones en el lecho de muerte sólo Dios y el sacerdote sabe.Pero no son raras las conversiones en edad provecta, pensemos en Manuel García Morente. He conocido a varios científicos en sus postrimerías. Eximios, respectivamente, en genética, física atómica y ecología. Nadie deseaba la muerte. Para todos era un problema el más allá. Pero eran creyentes en distinto grado. Uno, con un cáncer de hígado galopante, en cuya terapia se volcó toda la facultad de medicina de Barcelona, esperó con serenidad la muerte. Había ayudado en secreto a fieles de su parroquia. Había, pues, vivido el cristianismo, incluso en medios hostiles. (Recuerdo su ironía al hacerse eco del libro de "un dominico que había intentado demostrar que Einstein se encontraba ya en santo Tomás. Se refería, sin saberlo, al libro de Luis Urbano.) Otro se consolaba leyendo el libro de Job.

Las estadísticas, en efecto, evidencian la falta de cultura teológica de nuestra sociedad. Cierto es que la religión es un compromiso de vida. Pero, ¿desde cuándo existe vida sin inteligencia? En alkgunas ocasiones he echado en falta la formación científica de los docentes en la facultad de teología. No saben que esa deficiencia repercute en su propia adquisición de la interpretación honda de la palabra revelada. Más vale equivocarse como Luis Urbano que perderse en palabrería psuedoespiritual.

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