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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

19
Oct
2019

Los arcanos del secreto o "hecho diferencial"

1 comentarios

“La dificultad –afirma Montaigne– es una moneda que emplean los sabios, como los prestidigitadores, para no descubrir la vanidad de su arte, y con la cual la necedad humana se deja engañar fácilmente” (Ensayos, II, 12). O, en otros términos, hay un secreto, algo que alguien conoce, que no se puede revelar más que a los iniciados (pocos) y que sus lacayos ponen en práctica sin saber muy bien de qué se trata. Pero ese secreto es un espacio vacío que configura todo en torno a sí: lo símbólico, lo social, lo económico, etc. Estas tesis son moneda común de los filósofos postmodernos, y no les falta razón. En El péndulo de Foucault, Umberto Eco hizo una gran burla de estos secretos inexistentes que, a fuer de interpretación y convicción, fueron adquiriendo realidad y la gente acabó por creerse que, efectivamente, había un secreto inaccesible para los legos que los sabios se negaban a revelar. Y así se construyeron las sociedades secretas… O no tan secretas, quizá también las sociedades en general. Hoy leía a una muchacha hablar del hecho diferencial que transfigura a algunos que viven en ciertas regiones españolas. Nunca he sabido qué es (debe ser un secreto). Si es diferencial, más que un hecho (que suena pomposo y fuerte), ha de ser una relación. Nada es diferente de sí mismo, sino de lo otro. Y el hecho (ahora sí) de que todo es diferente de algo otro es una cosa que empapa e inunda lo real, tanto que no sé por qué ocupa titulares ni por qué alguien considera que ese supuesto y mistérico "hecho diferencial" le hace algo diferente de diferente, valga la redundancia. Diferente no es mejor ni superior. Es lo que es.

El otro día, en conversación con una hermana dominica filipina, aprendí que en Filipinas hay más de 150 lenguas, algunas de las cuales se hablan solo en alguna de las más de 7000 islas que componen el archipiélago. La tesis decimonónica aquella dice que la lengua va de la mano de la cultura. Quién sabe. No hay cosa más distinta que un asturiano y un vallisoletano (es una hipérbole) y hablan la misma lengua (o quizá no la hablan, ¿quién define los límites entre lengua y dialecto?). O quizá en realidad no se trata de culturas diferentes sino que no hay ningún "hecho diferencial" entre ellos (vayan, vengan y vean). O quizá un asturiano de mi pueblo se parece más a un tipo de Melbourne que al que vive a diez kilómetros de distancia… Cuántos quizás. Pero dejemos los quizás y vamos a las cosas claras de twitter: si lengua y cultura se unen de ese modo inextricable que impide que dos científicos vean los protones de la misma manera, en Filipinas tenemos 150 culturas que pueden exigir 150 naciones. 7000 lenguas en el mundo, dicen. Dialectos, incontables, que supongo que tendrán los mismos derechos. O mejor eliminemos las fronteras entre unos y otras. 

Por lo visto, si uno no pertenece a esa cultura del secreto, no puede entenderlo. Hay algo al alcance de estos nuevos perfectos gnósticos que se nos escapa a los que tratamos de entenderlo, y me temo que a casi todo el mundo. No se engañe nadie, no. Esto no va de entender. Esto va de otra cosa mucho peor. El Papa dijo en la recepción a los dominicos que asistieron al capítulo general de Roma que el gran mal de nuestra época era el nuevo gnosticismo. Avisados quedan los prelados, religiosos y demás del "hecho diferencial" que solo revela su secretos a los katharoí.

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Micaela
20 de Octubre de 2019 a las 09:03

Al leer tu comentario, fray Sixto, he recordado las palabras del profeta Isaías (50, 4): Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, no para constatar ningún hecho diferencial que me hace distinto (o distante), tampoco para hacerme partícipe de ese secreto desvelado a unos pocos elegidos. Se trata de poder decir al abatido una palabra de aliento ¡qué maravilla! y para ello me entrena en la escucha y me prepara el oído, ahora sí, como a los iniciados.
Seguro que no se trata tanto de hablar (no importa qué lengua o dialecto) como de escuchar. Y pienso que tal vez eso pueda diferenciar a los hombres: aquellos que solo hablan de aquellos otros, pocos, que mucho escuchan.

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