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Feb2026Hora del reparto, fin de los estilos
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En una serie de cuyo nombre me he olvidado aparece un personaje bendiciendo la mesa con estas palabras: “Señor que estás en los cielos, bendice estos alimentos que recibimos de tu generosidad a través de Jesucristo nuestro Señor”. El programa de traducción o el traductor acabó produciendo una frase un tanto gnóstica que muchos calificarían como ofensiva para oídos píos. Lo importante no es, en este caso, debatir si hemos recibido los alimentos a través de Jesucristo proveedor, recolector o repartidor o si, más bien, Jesucristo es mediador, o sabe Dios qué. Esa frase tan rara saca a la luz cosas de mucho calado. Lo que llama la atención en este caso es la falta de cuidado. Cualquiera que tenga un mínimo de cultura religiosa –hasta el programa de traducción la tiene, a su modo– comprende que el “through Christ Our Lord”, que seguramente es lo que se recita en el original, está perfectamente traducido al castellano como “por Jesucristo Nuestro señor” desde hace ya unos cuantos años, eones incluso. Basta con haber ido a misa en alguna ocasión o haber rezado alguna vez para darse cuenta, y si no se ha hecho nada de esto –cosa que cae dentro de los posibles metafísicos– conviene preguntar a alguien que sepa de qué va el asunto, quizá un exseminarista versado en latines –per Christum dominum nostrum–, a alguien que hubiese estudiado en un colegio religioso –es posible que le sonase la cosa–, o a casi cualquiera de una generación en la que estas cosas formaban parte de la cultura cotidiana y popular de cada quien, fuese religioso o no.
No es, empero, una desidia solo con lo religioso, aunque en esta área alcanza cotas alarmantes. Los correctores de estilo existen en el recuerdo, quizá en un limbo inaccesible. Pocas son hoy las editoriales que no los consideran un lujo y encomiendan a los autores hacer de lectores de sí mismos. Tampoco se salvan los periódicos. El otro día aparecía un “exclavitud” en El País que quemaba los ojos.
El cuidado en el lenguaje no es una cuestión menor. Tiene que ver con el cuidado en general del otro, con un respeto que, a priori, se considera debido a quien nos va a leer o escuchar. Los propagandistas han dado tantas vueltas al lenguaje como elemento de dominación que han olvidado por completo su carácter de elemento fundamental de la caridad para con el otro, de donación verdadera de lo real. Si el Logos es lo que es en el cristianismo, por algo será. Habrá, pues, que prestarle los cuidados que merece para no hacer de Cristo un repartidor de comida a domicilio, aun cuando, quién sabe, pueda hacerse presente en el que llega en bici con la cena.