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Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

18
Nov
2015
Homo sum, eso parece claro
2 comentarios

Uno se asoma a las “redes sociales” ?quizá se llamen así porque te atrapan, da que pensar? y ve que hay tortas para todos. Para los terroristas, cómo no, y para los franceses. Para los occidentales y para los del medio Oriente. Para los fríos y para los que se calientan. Para los que ponen la bandera para solidarizarse con Francia y para los que no. Obviamente, cómo no, para la religión. Seguramente sea uno de los fenómenos humanos más complejos, con más manifestaciones culturales, fenomenológicas, históricas y todos los adjetivos que usted quiera poner, y muchos se ven obligados a liquidarlas, a todas, en 140 caracteres. Sin duda, hay muchas razones en críticas específicas a situaciones específicas, pero el descrédito total de la religión al que parecen abonados algunos intelectuales no debería tener demasiado recorrido, valga la redundancia, intelectual. Las religiones o las no-religiones pueden, en la apariencia, producir los mismos efectos. No hace falta ser religioso para ser un asesino, como no hace falta no serlo. No hace falta ser ateo para ser el mayor humanista, ni hace falta no ser ateo. Homo sum. Y de ahí parte todo. Cuando se dice que quien no teme más que a Dios es capaz de cualquier cosa, se entiende que Dios es una “cosa”, una idea, un concepto, o lo que sea, que no tiene nada que ver con el ser humano. Y precisamente, las religiones postulan justo lo contrario, a diferencia del concepto que de ellas han forjado algunos pensadores. Pero homo sum, y cada quien recibe lo que ha de recibir según su conformación humana. Si eres un asesino, es posible que la religión te haga más de lo mismo, pero tampoco es necesario. Y si eres un santo, ídem. Ahora bien, para eso hay que creer, aceptar o postular que hay algo así como una naturaleza humana, y contemporáneamente eso está “demodé”. Hoy parece que somos una nada sometida a fuerzas externas de múltiples calibres. Me acuerdo de aquello de gratia non tollit naturam… O de aquello de quod natura non dat… Muchos latines, sí. Y mucho pensamiento en ellos…

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11
Nov
2015
OT (Orden de Traductores)
2 comentarios

Hoy leía un comentario fervoroso a un editor que se había atrevido a publicar la traducción de un libro de Derrida que debe ser casi ilegible, por lo que hacía notar el reseñador, que se quedaba anonadado por el pensador francés y por la valentía del editor, al tiempo que señalaba la titánica labor de la traducción… En vano busqué el nombre del traductor, que sería, sí, un titán, pero anónimo, por lo visto.
El traductor no solo es el tipo que menos cobra de todo el proceso editorial, sino el más olvidado. De hecho, para las agencias calificadoras de la actividad investigadora de los profesores (hay agencias calificadoras para todo) no cuentan. Nada. Nada de nada. Y sin embargo todos nos damos cuenta de que una mala traducción mata el mejor texto del mundo. Da igual que seas Cervantes y Ortega. Un mal traductor acaba contigo… Un traductor que no domine las dos lenguas, los giros del original y los tropos de su propio idioma mal puede hacer su tarea.
Esto parece tener bastante que ver con la idea de la predicación, que no es sino una cierta traducción. Predicar supone tener delante el mensaje originario y conocer a quién va dirigido ese mensaje, y, al igual que el traductor encuentra una fórmula feliz en, por ejemplo, el inglés, para traducir aquel célebre “desocupado lector” cervantino de tal modo que dispare todas las resonancias del original en el hablante al que va destinado, el predicador ha de tener ojos camaleónicos, cada uno de ellos puesto en uno de los dos extremos: de quién y a quién. Como un traductor. Y, como este, que sepa que no es gran negocio en términos humanos, que son los que computan.
 

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9
Nov
2015
Octingentésimo, con simplicidad
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Aunque, por lo que veo, no suelo escribir de las cosas que pasan en el momento en que suceden, la ocasión lo merece. Se trata, cómo no, del octingentésimo aniversario de la fundación de la Orden. Eso no pasa todos los días. Sólo cada 800 años. Y solo cada 800 cosas ordenadas una detrás de otra puede uno usar esa palabra tan precisa, tan preciosa y tan cubierta de polvo por falta de uso. No hay muchas cosas que lleguen a los 800 años, y si llegan, ah, es más fácil usar el cardinal que el ordinal. Pero que sea más fácil no significa que sea más correcto.
Siempre me ha gustado esa teoría que emparenta simplicidad y verdad (simplex sigillum veri), pero también me ha hecho sospechar en ocasiones. A veces sí, es verdad. Pero a veces, no. Cuando leíamos las constituciones en el noviciado ?que es cuando se leen con más profundidad, creo yo?, sobre todo la Constitución Fundamental, se nos mostraba aquel mosaico de elementos que había que articular para conformar la vida dominicana. Y no es que sea una vida simple, precisamente.
En ocasiones parece simple lo que no lo es, porque, dado su carácter genial, uno ni siquiera se pregunta por su origen o por el esfuerzo que llevó configurarlo. Parece que siempre ha estado ahí. Pero cuando se mira con detalle y se admira la perfección de la obra, esa sencillez de la apariencia revela la titánica tarea de la misma. La idea de la Orden dominicana parece una idea simple y evidente. Como la Suma Teológica. Simple. Como una catedral gótica. Evidente. No voy a decir 800 aniversario, ni a referirme a los 800 años de la fundación. Voy a hablar del octingentésimo aniversario. Así tendré presente esa maravilla de simplicidad vivida, ahora sí, como sigillum veri.


 

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21
Oct
2015
Pesadilla por indigestión de garbanzos
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Entre las cosas que nos trae la cotidianidad, hay una que, a mi modo de ver, destaca sobremanera. Es la traída y llevada asignatura de religión y demás cosas que la rodean (“pavor en torno”, como dice el salmo). Que si la quito, que si la pongo. Parece que el personal se sirve del quito-pongo, como de la yenka, para definirse a sí mismo. Ya no es, me parece: soy esto y por tanto quito la religión (o la pongo), sino quito la religión (o la pongo), luego soy aquello. A modo de ver se trata de un problema profundo, que hay que meditar con mucho tino, más allá de las cuestiones constitucionales (que son fundamentales) o de derecho internacional (que también tienen su aquel).

Los filósofos estarán en desacuerdo con que las ponga en pie de igualdad. Los de primera clase del Titanic también pensaban que la cosa no iba con ellos. Pero a estos efectos lo están. Dentro de unos años, nuestros jóvenes no sabrán quién fue Aristóteles, ni qué pintó Platón (quizá si piensan que garabateó una caverna, ya no será poco), como ya les sueña a chino la mayor parte del magma nutricio de nuestra cultura, es decir, qué le pasó a Job o quién ese tipo que aparece con un dedo a punto de meterlo en el costado de un personaje que le muestra una herida desagradable. En las clases de filosofía he de hacer referencias básicas de cultura religiosa sin las cuales no se entiende (insisto, no se entiende) a, pongamos por ejemplo, Descartes (que ya no es medieval) o Nietzsche (que no es religioso). Saber quién es Abraham no es marginal para entender a Kierkegaard, no es algo que venga desde fuera. Y sin saber qué le picaba “abrahámicamente” a Kierkegaard no hay lugar no solo para Bergman, que se verá como un creador de un espectáculo para pasar la tarde (cosa a la que en buena parte se ha reducido el mundo del arte), sino tampoco para Woody Allen o Beckett, por no hablar de que las preguntas que los seres humanos nos hacemos como primeras (las preguntas serias, gordas, grandes), bueno, en fin, son cosas que no pasan de ser, citando al gran Ibáñez (el de Mortadelo y Filemón) una “pesadilla por indigestión de garbanzos”.

Pesadilla producida por indigestión de garbanzosAlgunos filósofos se regocijan cuando algunos pensadores decretan el fin de la religión y la teología como pensamiento anejo, y no leen en la línea siguiente que en el mismo saco va la filosofía. Por eso digo que en este barco vamos todos y si uno se salva o bien lo hace sacrificando parte de su esencia (si la filosofía deja de ser lo que es para convertirse en una glosa o nota a pie de página de, por ejemplo, la ciencia, o la teología se convierte, como decía aquel, definitivamente en una rama de la literatura fantástica) o bien no se ha enterado de que en realidad ya murió en la escena anterior y sigue caminando sin darse cuenta de que ya está muerto. No puede ser que una persona culta de nuestra época no sepa quién es Abraham. Crea o no crea. Salvo que se convierta en una rueda de un engranaje. Y ahí, filosofía y religión van de la mano. Y no es cosa de la parroquia...

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15
Oct
2015
El zapato del cardenal
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Hoy he asistido a una defensa de tesis doctoral. Siempre me pasa que, en estos casos, me doy cuenta de cuánto sabe el doctorando y cuánto los miembros del tribunal. En ese ambiente intelectualmente tan satisfactorio a veces me advienen ideas que aprovecho posteriormente para algún escrito. Hoy, en algún momento, me asaltó el recuerdo de una cosa que me pasó el otro día cuando, de manera inopinada, me encontré detrás de un cardenal que caminaba con un trozo de papel adhesivo pegado al zapato. Indiferente. Cuando se detuvo, me acerqué un poco por detrás y, sin que se diese cuenta, pisé el papel para que cuando levantase el pie, la cinta se desprendiese del zapato y el hombre no fuese arrastrando esa cosa indecorosa. Llámame neurótico. El cardenal nunca sabrá que le quité esa cinta y, de no haberlo contado yo, creo que nadie en el universo mundo sabría de tan grande hazaña. En medio de la tesis, cuando cada quien revelaba sus propios pensamientos y trataba de hacerlos razonables, y de alcanzar a entender la lógica del otro, pensaba yo en el zapato del cardenal, y en cómo hay cosas que, si no se revelan (¡qué profundo suena este término!) nunca se llegarán a saber. Tomás de Aquino, al hablar sobre la revelación con mayúsculas, decía aquello de que a muchas cosas sí podemos llegar por medio de la investigación, cómo no, aun cuando sea de aquella manera un tanto imperfecta, a su entender. Pero a muchas otras, simplemente no hay acceso. O nos las cuentan o no hay mucho que hacer, por mucho método que se aplique. Como que yo pisé la cinta que el cardenal llevaba pegada a su zapato.

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28
Sep
2015
Ad bonum commune? Bah
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A la luz de las cosas que pasan en España, me vino a la mente una cosa que decía el Aquinate y que, visto está, se nos ha olvidado porque vivimos en un mundo que ya no es el medieval, fuente de todos los males, las desgracias y los tópicos del mundo mundial. Con toda esta cosa de los secesionistas, me puse a ver la entrevista que un periodista de la BBC hizo al líder de la cosa. Y suponiendo que a la BBC se manda al que sabe del asunto, me dije aquello que decían los clásicos: si tuviese algún argumento mejor, o a un mejor polemista, lo usarían. Pero el litigante no tenía ninguna razón de peso y salió espectacularmente escaldado. Véase.
Entre las muchas cosas que decía este caballero, con más miedo que vergüenza, estaba aquella del dinero, algo así como que ya que damos más, debemos recibir más. Claro, esto es un contrato, que es la gran idea política de la modernidad. Y si el contrato no me conviene, lo rompo y a correr, como se ve en casi todas las instancias de la vida. Es papel. Y me venía a la mente la noción antigua, arcaica, vieja, aristotélica y tomista de “bien común”. ¿Cómo se podrá poner eso en funcionamiento si el que más da más quiere, por principio? Voy a comentarle al prior que mañana me ponga, si puede ser, un filete más que al jubilado de la casa. Qué manera frívola y ridícula de tratar el asunto, me dirá alguno. Pues claro que sí, pero no empecé yo. Vean la BBC, véanla.
 

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22
Sep
2015
Mar afuera
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A la luz de todo lo que acontece estos días, de modo especial la cuestión de las mareas humanas que luchan por entrar en Europa, le he venido dando vueltas a una cosa que más o menos decía San Pablo, ya hace unos añitos tiempo, como es bien sabido. Se trata de aquello de que conozco el bien que debo, pero hago el mal que no quiero. Permítaseme la paráfrasis. Cuando uno ve estas cantidades de gentes que suplican una entrada en esta parte del mundo, le asaltan todo tipo de cuestionamientos políticos, económicos, urbanísticos, sociológicos, geográficos, qué se yo, y cada uno de los cuales arrastra consigo una miríada de argumentos que obligan a pensar con detenimiento las cosas, las decisiones, el modo de afrontar el asunto. Y sin embargo, con todos esos caveat, con la fuerza de todas las argumentaciones que puedan esgrimir los tertulianos y demás argumentistas profesionales, yo, en esos momentos de lucidez, puedo ver por encima de la maraña y darme cuenta de que San Pablo tenía claridad de mente cuando escribió eso de que conocía lo bueno que debía hacer. Por encima, más allá, quizá como trasfondo de toda discusión lícita, está esa suerte de convicción de que lo que está bien, lo que hay que hacer, está bien claro. Ahora discutamos los detalles.

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13
Jul
2015
La voluntad de decidir
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De vez en cuando aparecen argumentos interesantes en los periódicos, argumentos que van más allá del reportaje en cuestión. Hace unos días, El Mundo publicaba un artículo sobre los llamados “vientres de alquiler”, con gente que se manifestaba a favor y en contra del asunto. Entre los argumentos con los que lidiaba el redactor aparecía el de una mujer que decía que “con esta técnica no hay una mujer que renuncie a la patria potestad, sino que ese embrión no es su hijo; un ejemplo casi idéntico lo encuentras en las familias de acogida, pero en una fase de la vida del niño anterior al nacimiento. Cuando es un embrión es mi hijo y cuando nace es mi hijo”. Me quedé con la “fase anterior al nacimiento” de la vida del niño. Este argumento funciona igualmente, sin cambiar una coma, para el debate sobre el aborto, claramente en contra. Pero el debate al respecto, como no se puede ganar en el terreno de la biología, se traslada a otro espacio: el de la decisión. El derecho a decidir es el mantra de nuestra época y preside los debates sobre la maternidad, el aborto, la eutanasia y cualquiera de esas cosas, secesiones políticas incluidas.
El derecho a decidir, o la voluntad como fundadora de lo real, no es primariamente una discusión moral, ni siquiera política, que también, sino teológica, y se remonta en nuestra tradición, como poco –me repito- a la polémica entre realistas y nominalistas en la Edad Media. Para los realistas (Aquino, e.g.), el mundo tiene una consistencia sólida y las decisiones se pueden tomar sobre un trasfondo de cosas que no son decidibles ellas mismas, sino que son las que posibilitan la decisión. Para los nominalistas, la omnipotencia de Dios obliga a despojar al mundo de esa solidez de cosas, que parecen actuar como un freno a la voluntad creadora de Dios. Pasamos eso al espacio humano, cosa que ocurre durante la Modernidad, cuando los debates teológicos se trasladan de tejas abajo y acabamos concluyendo que la decisión humana es origen de todo. Sobre la voluntad de Dios y sus límites se debatió largo y tendido en esa época bárbara, inculta y demás zarandajas con las que se la suele tirar por la borda, el medievo, para más señas, y no se llegó a grandes acuerdos. La capacidad de la voluntad humana para crear lo real es uno de los dogmas de nuestra época. Parece que hemos llegado a un acuerdo incluso antes de discutir. En fin, feliz verano.

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28
Jun
2015
Para los que no están "refalfiaos"
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Y de nuevo nos sorprende la prensa con una noticia que deja a lo religioso en general y a lo católico en particular en buen lugar, pues no es lo más habitual, de ahí que le pille a uno despistado. Hace unos días, un articulista que escribe todos los días, lo cual no sé si es la mejor terapia para pararse a pensar un poco, decía que las religiones son mentira. Hala. Sin manos. Eso, sin detenerse tampoco en sesudos análisis, implica que él sabe qué es la verdad. Otro filósofo, famoso por su ateísmo (D. Dennett), decía que Dios no existe, en una entrevista aparecida hace un par de días en no sé dónde. Supongo que lo afirmaba con temor y temblor, digo yo, dándose cuenta de que, en la muy desarrollada y meticulosa epistemología que maneja, eso no es una proposición que tenga un valor de de verdad distinto del que tiene mi afirmación de que sí existe. Pero no hay manera. “Dios no existe” es ciencia y “Dios existe” es superchería. Y con estos prenotandos estaba yo cuando me encontré la noticia de este médico católico en Sudán atendiendo, él solito, a medio millón de personas, porque allí no queda nadie más. El articulista dice: “también hay muchísimos cooperantes laicos que hacen un trabajo heroico. Pero la gente que he encontrado a lo largo de los años en los lugares más imposibles -como Nuba, de donde ha huido toda persona razonable- son poco razonables, de un modo desproporcionado, debido a su fe”. Cuando la fe religiosa se convierte en un elemento tan configurador de la existencia propia y ajena, tan humanizador de la vida y tan esencial para aquellos que no están “refalfiaos” (permítaseme el asturianismo), ¿no tendremos que conceder a aquello que predica al menos el beneficio de la duda? Un pragmatista de pro, por muy no creyente que fuese, diría: vaya que sí. Vaya que sí.

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27
Jun
2015
La gracia de Obama
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He estado viendo el servicio religioso que el presidente Obama ha presidido en Charleston, tras la matanza que aconteció allí hace unos días. Que eso pueda suceder es prueba de la verdadera separación de Iglesia y Estado, y solo se puede decir: Amén. Aquí entendemos esa separación como la imposibilidad absoluta hasta de la más mínima relación, por eso cada vez que parece que lo religioso “interfiere” (sic) en lo político se monta la de Troya. Por otra parte, me alegro enormemente de que los gestores de las cosas de la política no tengan en estos lares otro púlpito para servir a sus intereses. Salvo excepciones, seguramente sería para echarse a temblar.
Pero volvamos a Obama. En su sermón, homilía, plática, prédica… (un género retórico religioso, en cualquier caso, porque es lo que procede cuando uno va a dirigir la palabra en una iglesia), el presidente habla sobre la vida humana, sobre las promesas de la Biblia, sobre los sufrimientos humanos, de las obras de misericordia (aunque no use esa terminología solo conocida por los más viejos del lugar), sobre la importancia de la iglesia comunitaria en la vida de la gente, sobre cómo “Dios actúa de modos misteriosos”, etc. Y, de modo especial y recurrente, sobre la gracia de Dios, en una serie de frases que constituyen una exposición teológica impecable, que podría haber firmado San Agustín. Por si fuera poco, termina cantando “Amazing grace”. En fin, un ejercicio de autoridad por parte del presidente del país para no dejar la más mínima duda respecto a su posición en una cuestión que, por lo visto, aún divide al país.
Y vuelvo la mirada a nuestras sociedades europeas, en las que esto hubiera sido, simplemente, imposible: articular un discurso religioso que, como los de Martin Luther King, por ejemplo, tenga algo que decir en la vida pública. Dudo mucho que haya alguien que no haya entendido, desde la razón más secular que se quiera, lo que el presidente ha querido comunicar. Dudo mucho que un discurso sin razones ni argumentos religiosos hubiese tenido más racionalidad que este, en este momento y en este lugar. Pero para poder hacerlo así hay que tener detrás un armazón político y humano de un calibre enorme. Chapeau.
 

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