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Nov2011San Melchor y el otro modo
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Nov
de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor
El sentimiento de gratitud es bueno para la salud. Eso nos cuenta hoy el New York Times. Se trata de algo que seguramente saben todos los terapeutas, desde el punto de vista teórico, y las personas agradecidas, desde el punto de vista vital, que es más vital que el teórico, valga la explicación. El hecho de ir por la vida agradeciendo la misma existencia, considerando dones las cosas que acontecen, no sé, prestando atención agradecida y graciosa a los hechos de la vida cotidiana… cambia las cosas. El estudio conecta también esto con la actitud religiosa, lo cual no es nada nuevo. La religión, para Tomás de Aquino, dista de ser una forma de alquimia o un engranaje de obligaciones: es la forma suprema de gratitud (Summa Theologiae II-II, q.106, a.1 ad1). Es agradecido quien considera que todo es gracia y la mayoría de las cosas importantes son impagables. Y así lo dice este chiste del New Yorker: las mejores cosas de la vida son gratis; las peores cuestan 19.95. Ah, y eso no simplemente cambia cómo vemos la cosa: hace las cosas nuevas, lo que es bastante distinto.
Una película reciente, bastante divertida, “Four lions”, es una especie de sátira que tiene en su punto de mira el fundamentalismo (islámico, en este caso). La verdad es que trata un tema delicado sin perder el sentido del humor en ningún momento, lo cual es bastante difícil en esta época en que todo el mundo sabe de qué se pueden y se debe reír uno…, bueno, en realidad, de qué se puede y deben reír los otros. En fin, en un determinado momento, dos de los que se van a inmolar discuten a la vista del otro, quizá el más radical de los tres, y éste viendo que uno de ellos está a punto de convencer al que duda, le dice: sólo está siendo amable. Y siendo amable no se gana un debate. El otro le responde: no, estoy siendo racional. A lo que el duro del asunto le espeta: con razones no se gana un debate. “No way”, apuntala. Y esto que parece tan anti-intuitivo, y nos hace reír a mandíbula batiente encierra una buena verdad. Y es que el resultado del debate no siempre depende de cómo se argumente ni de las razones que se den. Alguien tan poco sospechoso de complacencia con el enemigo es Schopenhauer, que, buen conocedor de la retórica, recomendaba utilizar las armas “racionales” que se tuviesen al alcance de la mano para aplastar al otro. Y si uno puede colar un argumento falaz, hágalo. Y si tiene que mentar a los antepasados del contrincante para sacarle de sus casillas, bienvenido sea el giro, todo por el bien de la victoria. Pues bien, cada día escuchamos argumentos racionales que circunscriben lo que se considera racional (lo cual también darçia para pensar otro rato). Y a pesar de eso, de que los reconozcamos como tales, no nos invitan a actuar. Parece que hay algo más que orienta nuestra vida que el argumento, que es fundamental, pero no es todo el fundamento. En fin, “four lions” es una divertida película para una tarde de domingo (o de lunes…)
¿Hay que tener en cuenta cuáles son las creencias de un político antes de votarle? En Europa no se planeta abiertamente la cuestión. En EE.UU. sí. De hecho, hoy a parece un comentario en la prensa debido al hecho de que uno de los candidatos que se postulan en la carrera presidencial es mormón. Supongo que el hecho de a qué familia religiosa pertenezca es lo de menos, o puede que no. En todo caso, lo interesante del debate es cuáles son los límites de lo “puramente humano”, es decir, qué podemos quitar de una persona hasta encontrar al hombre universal, natural, auténtico, incontaminado o como queramos llamarle. Que las cuestiones religiosas desempeñan un papel importante en la vida de quien se postula para un cargo parece más o menos claro, como lo es el hecho de que lo desempeñen en la de quien va a votarle o no. En eso no se diferencian de sus opiniones éticas, económicas, sociales o acerca de la estructura del Estado. Y ciertamente, una vez clara la separación entre Iglesia y Estado, ¿cuál es el riesgo de que un futuro presidente sea mormón, católico o budista? Los filósofos, que somos tan amigos de experimentos mentales, podemos hacer todas las variaciones en torno al “qué pasaría sí…” Y el ámbito de la posibilidad es infinito.
Y al pasar por un pueblo que fue importante, en todos los sentidos posibles, me encontré con un convento de monjas imponente… al que poco le queda en pie. Las monjas hace tiempo que se fueron y no hay dinero para mantener ese edificio del siglo XVI que pronto se derrumbará solo, porque, con la que está cayendo, no hay posibilidad de parador, hotel, edificio público o proyecto alguno que lo mantenga en pie y conceda una tregua a parte de ese inmenso patrimonio artístico que poseemos y que a los visitantes les anonada. No sé cómo se las apañan las monjas para mantener esos edificios históricos en perfecto estado de revista: limpios, inmaculados y artísticamente al día. Quizá porque los consideran su casa (y lo son) no sólo para el momento presente, sino que lo fue en el pasado que las precede y que les ha hecho ser lo que son, y esperan que lo sigan siendo en el futuro para las que vengan detrás. Decía Juan Antonio Cebrián, Q.E.P.D, que le solían decir algunos amigos extranjeros que en España teníamos muchísimo arte, ya que llevábamos siglos destruyéndolo y aún nos quedaba. Claro, y parte de la razón de que todavía nos quede mucho se lo debemos a las monjas que cuidan de su casa.
He tenido mucha suerte al haber podido asistir al simposio sobre ciencia y religión organizado por la fundación Ramón Areces. Es un evento de esos que, de haberse organizado en cualquier otra parte del mundo, uno se hubiera organizado a base de ayudas, ahorrillos, mensiles no usados o algo semejante para poder ir allá. Pero mira, fue en Madrid. Doce conferencias doce, en lenguaje taurino, en dos días. Toda una maratón de reflexiones de primer orden, unas más sugerentes, otras más sesudas, algunas incluso emocionantes. Y con un éxito de público de esos que a uno, a pesar de todo, le parece escasillo. Casi todos los intervinientes eran científicos, varios de ellos de primera línea, y la mayoría creyentes (algunos así lo manifestaban, de otros sólo cabía inferirlo). Pero llama la atención, sobre todo, la normalidad con la que citan pasajes bíblicos después de haber sometido los datos a un buen exprimido: esto es lo que dice mi parcela de ciencia, o la parcela en la que yo soy competente. Ahora vamos a ver si es compatible con la creencia religiosa. Pues bien, algunos hablaban desde su cátedra universitaria y otros desde la práctica hospitalaria. Y en todos (y esto lo echo mucho de menos en sus críticos) hay una actitud de asombro -uau (así salió en alguna ocasión)-, seguramente humildad, y finalmente confianza y una bellísima visión del mundo. Estoy impaciente porque cuelguen en su web los vídeos de las ponencias para volver a escuchar algunas de ellas.
Un autor, Mark C. Taylor, en una interesante obra que se publicó el año pasado y se ha traducido éste (otra de esas rapideces inusitadas que sorprenden sobremanera), comenta la llamada de Dios a Abraham como acontecimiento fundamental del judaísmo, que se hace evidente en el Éxodo. Y subraya: “este acontecimiento, que resultó ser de proporciones globales, pareció tan insignificante en aquel momento que ni siquiera fue registrado en los archivos oficiales de las autoridades egipcias”. Da que pensar. Sin duda, la falta de fuentes “oficiales” es, para muchos, equiparable a una negación de existencia: tal hecho no se dio porque no fue recogido por quien debería haberlo hecho. Este argumento lo encontramos constantemente en la historia de la crítica de las doctrinas o tradiciones religiosas: no hay grandes relatos (los que sean que se consideren autorizados), luego probablemente no existieron los hechos que se relatan dentro de esas tradiciones. No hace falta pensar mucho para darse cuenta de que se da una identificación que no es lícita, un salto ilógico. Lo que me da que pensar es la hipertrofia de registros que tenemos hoy. Curiosamente, y a pesar de ello, en vez de haber desaparecido, la sensación de irrealidad se ha acentuado. Todo tiene un cierto carácter de apariencia, de fantasma, porque le falta densidad, poso o, como dirían Aristóteles o el cocinero, sustancia. Los medios, las redes, están llenos de datos, relatos e informes grandes, poderosos, a los que asistimos con una cierta conciencia de imágenes pululantes que no paran en nada. Y de lo que pasa mientras tanto tampoco hay registros oficiales. Como no los hay de aquella búsqueda de Elías en la parafernalia que se nos narra en el primer libro de los Reyes, que acaba en el susurro.
Hoy ha pasado lo que tenía que pasar según la predicción de Emilio G. Estébanez: si pones una clase de teología no aparece ni el tato, pero si sale el tema de Dios en cualquier otro ámbito… todo el mundo tiene algo que decir. En fin, salió, cómo no. E imbricados en estas cuestiones, un alumno se me quejaba de lo que por otra parte es verdad: en cuanto hay algo que nos desconcierta, hala, decimos: es que es un misterio. Y como punto de partida no es una respuesta muy acertada. Ah, pero como punto de llegada la cosa cambia. Uno puede partir de que la realidad es misteriosa (y la de Dios ni te cuento), meterse las manos en la sotana y decidir que no merece la pena darle vueltas a la cabeza (una postura, por otra parte, bien encomiable, al menos según el Eclesiastés) o puede darle vueltas, agarrarla (o creer que la tiene cogida por el gaznate) y comprender, al final, que se le escapó, es decir, el misterio acaba refulgiendo..., pero después (aunque la conciencia siempre haya estado rondando por ahí). Eso le pasó al Aquinate (aquel mihi videtur ut palea que a mí me pone la carne de gallina) y a tantos otros que acaban en una fase biblioclasta. Si tal alumno me respondiese al examen de la asignatura (la que fuese) con un “es un misterio”, dejando el resto del examen en blanco, tendría que objetarle: tienes toda la razón, pero, ah, tienes un uno (por aquello de la intolerancia al cero). Pero si me dijese eso mismo después de contarme todo lo que sabe sobre la asignatura, seguramente la cosa sería bien distinta.
La verdad es que nunca llueve a gusto de todos y a veces a uno le extraña que muchos de esos incluidos en el “todos” no se den cuenta ni de que llueve. La semana pasada, en la catedral de Valladolid, gratis et amore, pudimos escuchar obras marianas de Tomás Luis de Victoria a The Sixteen, uno de los grupos de referencia en la interpretación de nuestro venerable compositor. Cuando llegaba a la catedral algo me daba mala espina: uy, no hay colas, eso es señal de que se ha llenado a rebosar la catedral y ya no dejan entrar a nadie. Mi gozo no en un pozo, sino en una nube: sitio de sobra y al final, los bancos llenos y poco más. ¿Cómo es posible que escasamente unos cientos de personas acudan a un acontecimiento cultural de primer orden, se mire por donde se mire? Pocos días después, Francisco J. Ayala en Madrid, hablando sobre evolucionismo y religión. Tres cuartos de lo mismo. Donde uno esperaba masas y colas, encontró una entrada aceptable, pero menos, sin duda, que para ver a cualquier locutor televisivo. No sé, todo esto me dice algo sobre el mundo (bueno, sobre uno de los múltiples mundos) en los que vivo. Me gusta en lo que dice sobre la variedad de intereses. Pero hay otro aspecto que me deja perplejo.