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Nov2011Hábito de misericordia
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Nov
de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor
Un autor, Mark C. Taylor, en una interesante obra que se publicó el año pasado y se ha traducido éste (otra de esas rapideces inusitadas que sorprenden sobremanera), comenta la llamada de Dios a Abraham como acontecimiento fundamental del judaísmo, que se hace evidente en el Éxodo. Y subraya: “este acontecimiento, que resultó ser de proporciones globales, pareció tan insignificante en aquel momento que ni siquiera fue registrado en los archivos oficiales de las autoridades egipcias”. Da que pensar. Sin duda, la falta de fuentes “oficiales” es, para muchos, equiparable a una negación de existencia: tal hecho no se dio porque no fue recogido por quien debería haberlo hecho. Este argumento lo encontramos constantemente en la historia de la crítica de las doctrinas o tradiciones religiosas: no hay grandes relatos (los que sean que se consideren autorizados), luego probablemente no existieron los hechos que se relatan dentro de esas tradiciones. No hace falta pensar mucho para darse cuenta de que se da una identificación que no es lícita, un salto ilógico. Lo que me da que pensar es la hipertrofia de registros que tenemos hoy. Curiosamente, y a pesar de ello, en vez de haber desaparecido, la sensación de irrealidad se ha acentuado. Todo tiene un cierto carácter de apariencia, de fantasma, porque le falta densidad, poso o, como dirían Aristóteles o el cocinero, sustancia. Los medios, las redes, están llenos de datos, relatos e informes grandes, poderosos, a los que asistimos con una cierta conciencia de imágenes pululantes que no paran en nada. Y de lo que pasa mientras tanto tampoco hay registros oficiales. Como no los hay de aquella búsqueda de Elías en la parafernalia que se nos narra en el primer libro de los Reyes, que acaba en el susurro.
Hoy ha pasado lo que tenía que pasar según la predicción de Emilio G. Estébanez: si pones una clase de teología no aparece ni el tato, pero si sale el tema de Dios en cualquier otro ámbito… todo el mundo tiene algo que decir. En fin, salió, cómo no. E imbricados en estas cuestiones, un alumno se me quejaba de lo que por otra parte es verdad: en cuanto hay algo que nos desconcierta, hala, decimos: es que es un misterio. Y como punto de partida no es una respuesta muy acertada. Ah, pero como punto de llegada la cosa cambia. Uno puede partir de que la realidad es misteriosa (y la de Dios ni te cuento), meterse las manos en la sotana y decidir que no merece la pena darle vueltas a la cabeza (una postura, por otra parte, bien encomiable, al menos según el Eclesiastés) o puede darle vueltas, agarrarla (o creer que la tiene cogida por el gaznate) y comprender, al final, que se le escapó, es decir, el misterio acaba refulgiendo..., pero después (aunque la conciencia siempre haya estado rondando por ahí). Eso le pasó al Aquinate (aquel mihi videtur ut palea que a mí me pone la carne de gallina) y a tantos otros que acaban en una fase biblioclasta. Si tal alumno me respondiese al examen de la asignatura (la que fuese) con un “es un misterio”, dejando el resto del examen en blanco, tendría que objetarle: tienes toda la razón, pero, ah, tienes un uno (por aquello de la intolerancia al cero). Pero si me dijese eso mismo después de contarme todo lo que sabe sobre la asignatura, seguramente la cosa sería bien distinta.
La verdad es que nunca llueve a gusto de todos y a veces a uno le extraña que muchos de esos incluidos en el “todos” no se den cuenta ni de que llueve. La semana pasada, en la catedral de Valladolid, gratis et amore, pudimos escuchar obras marianas de Tomás Luis de Victoria a The Sixteen, uno de los grupos de referencia en la interpretación de nuestro venerable compositor. Cuando llegaba a la catedral algo me daba mala espina: uy, no hay colas, eso es señal de que se ha llenado a rebosar la catedral y ya no dejan entrar a nadie. Mi gozo no en un pozo, sino en una nube: sitio de sobra y al final, los bancos llenos y poco más. ¿Cómo es posible que escasamente unos cientos de personas acudan a un acontecimiento cultural de primer orden, se mire por donde se mire? Pocos días después, Francisco J. Ayala en Madrid, hablando sobre evolucionismo y religión. Tres cuartos de lo mismo. Donde uno esperaba masas y colas, encontró una entrada aceptable, pero menos, sin duda, que para ver a cualquier locutor televisivo. No sé, todo esto me dice algo sobre el mundo (bueno, sobre uno de los múltiples mundos) en los que vivo. Me gusta en lo que dice sobre la variedad de intereses. Pero hay otro aspecto que me deja perplejo.
Estaba hojeando un manual de Oxford University Press y he visto que también tiene erratas. A los que fungimos de correctores, esta constatación nos da esa alegría tonta que a veces provoca el hecho de que “aliquando bonus dormitat homerus”, es decir, que los grandes están sujetos a los errores que también se nos escapan a los de a pie. Y uno, en su cosa, se consuela con esa idea de que la perfección, el 10, queda casi como un término escatológico. En fin, que el tema no era ese, sino que al echar un vistazo al índice del libro vi que uno de los temas era la Escuela de Salamanca, lo que me hizo ir hasta la página correspondiente, sobrevolar el texto y ver la bibliografía. La mayoría ?la inmensa mayoría? es de procedencia anglosajona. Nos falta, por ejemplo, Ramón Hernández o Ángel M. Casado, entre otros, que seguramente sepan más del asunto que algunos de los escribanos citados, pero en fin. Y sin embargo, el redactor del artículo hace referencia a los inéditos de Vitoria publicados por Beltrán de Heredia en Ciencia Tomista, lo cual, en una publicación “british” de este nivel, no deja de ser un logro de primera. Lo que pasa es que siempre esperamos que desde fuera reconozcan a los que desayunan con nosotros. Va con nosotros
Quienes me conocen saben que no me gusta el alcohol, y de modo especial el vino. No sólo es que no lo aprecie, es que me provoca una suerte de repulsión física, de tal modo que creo que hay pocas tabarras que alguien me pueda dar que superen a la pesantez de “prúebalo, que es buenísimo, de la cosecha de no sé qué…” En fin, eso es un hecho físico-psíquico que no puedo remediar (quizá pudiese, pero no me empeño), junto al cual está la conciencia de que me estoy perdiendo algo enormemente rico y enriquecedor de la cultura humana, desde El banquete de Platón hasta cualquier celebración especial de las que acontecen de vez en cuando. Cabría defender mi negativa a acercarme al mundo vinícola haciendo oscilar falazmente la argumentación a las terribles consecuencias que provoca el abuso del mismo, el consumo a ciertas edades, etc. Pero cualquiera se daría cuenta de que el argumento no vale. Aunque el vino (el alcohol en general) sea condición necesaria del botellón, no es condición suficiente, de modo que argumentar la proscripción del vino acudiendo al botellón es una falacia de las que se estudian en primero de filosofía.
Conozco a mucha gente que hace un análisis semejante de la religión, a la que consideran una tierra baldía, de dogmas, aceptaciones inauditas de cosas raras, gente amargada y triste e hipoteca de la propia vida. Y cuando me dicen eso, pienso para mí: ¿no será como el vino? Por eso no doy la turra, como no me gusta que me la den con taninos y demás. Sólo pienso: ¿no te das cuenta?
Hoy, el Norte de Castilla publica un artículo bien inteligente rde Reyes Mate, mucho más en consonancia con los tiempos post-seculares que no toca vivir y en los que muchos se resisten a entrar (no puedo encontrar el enlace en la web). Reyes Mate no sólo rescata al valor de la religión en muchos aspectos, sino su parcela de verdad, que la tiene, al igual que la tiene la filosofía. Véase, lo que mi entender es un cierto despropósito escrito por Sánchez Ron en el País hace un tiempo, mezclando todo lo mezclable y, al final, por si la cosa no fuese aún lo suficientemente sofocante, invitando a (creo) los jóvenes que participaron en la JMJ a “examinar su vida”, porque sólo una vida examinada merece ser vivida, lo cual es bellísimo, platónico (no sé por qué se lo aplica a los jóvenes de la JMJ y no a ZP, por ejemplo, o al general de brigada de Matalascañas o al tendero de Barrio Sésamo)... y claramente no equiparable con ser científico, a pesar de que esa es la deriva que nos arrastra. Porque hay un cierto empeño en hacernos comulgar con la idea de que la verdad es la de la ciencia y sólo la de la ciencia. Platón pensaba que era el filósofo el que debía dirigir todo el cotarro. Parece ser que después siempre había un teólogo que ponía la guinda. Y ahora es el científico. ¿Proceso necesario? Más bien esquema de poder en el conocimiento que, como el espíritu hegeliano, va pasando de unos a otros que determinan qué se puede decir, pensar, hacer y demás. Insisto, mis críticas van contra el cientifismo y nada más.
Aquí hay más hipótesis ocultas (es decir, hipótesis filosóficas no demostrables científicamente y sólo defendibles en el foro de la “razón pura” por así decir) que se nos plantan como piedras que sostienen el edificio de la civilización sensata, en el que no hay lugar para las religiones, que son el terreno de la falacia. Creo que es profundamente injusto que considerar que quien se tiene por religioso no examina su vida, mientras que el no religioso sí. Si nos jugamos la cuestión a una partida de cartas metafísicas, todos hemos de enseñar nuestras metafísicas cartas, puesto que tanto el teísta como el naturalista nadan por aguas metafísicas y no hay ni una sola razón para pensar que las aguas de éste sean más límpidas y transparentes por respecto a lo las cosas son. Por eso, recomiendo la lectura de Reyes Mate, que está bastante más al cabo de la calle de lo que los filósofos de altura andan repensando… incluso cambiando de opinión.
Por casualidad, hace un tiempo me encontré (un fraile me hizo caer en la cuenta) con un precioso cuadro de Pietro della Vecchia que representa a Santo Domingo con un mono. ¿Un mono? Sí, y sujetando una bujía. ¿Una bujía? En efecto. Nunca lo había visto y me fascinó. La leyenda es que Santo Domingo estaba leyendo la Biblia. Seguramente sus pasajes favoritos. O a lo mejor alguno totalmente desconocido para mí de Crónicas o anexos. El demonio se le apareció en forma de mono. La tentación. Se supone que como mono, andaría zascandileando para que no leyese. Y nuestro padre le agarró (le cayó atrás, dicen en República Dominicana, en traducción libre de la locución inglesa) y le dijo, bueno, hermoso, me vas a sujetar la vela hasta que se acabe. Y así fue. El mono aparece ahí aguantando la vela, que, según la leyenda, sujetó hasta que se chamuscó y entonces Santo Domingo le liberó.
Seguro que hay muchas maneras de vencer la tentación. Y o siempre la mejor, a pesar de Oscar Wilde, es caer en ella. Este cuadro me vino a la mente el otro día cuando un comentarista de la radio desgranaba datos económicos sobrecogedores, sobre todo referidos al paro. Y me vino a la mente junto a la acedia, ese pecado que me ha llamado la atención desde que lo he visto retratado por el Bosco en el Prado, esa desgana que cada día es más actual, visto los bastos que pintan (dudo que nadie quiera caer en esa tentación). La acedia es como el mono. Si se la deja trotar nos anula. Habrá que cogerla por las orejas y darle la bujía. Así, incluso es posible que sirva de luz.
Sin duda, la película contiene algunas de las escenas más potentes que ha dado el cine de las últimas décadas. Sí, claro, cómo no, hablo de El árbol de la vida, de Terrence Malick. No voy a hablar de mi relación amorosa con este hombre al que no conozco pero que, desde que vi La delgada línea roja, me “sulibeyó” y me “soripeyó”. Es lo que tiene encontrar tesoros, dracmas y ovejas. Pues bien, la Lacrimosa de Preisner (otro que baila en la misma pista) mientras sucede el drama cósmico es ya, sin más, escena de antología del cine. Pero claro, no estamos viendo un documental, nada más lejos de la realidad. Estamos asistiendo a un relato protológico y soteriológico, es decir de dónde venimos y a dónde vamos. Exitus, redditus, que decía muy bien el otro día Juan Manuel de Prada en una de sus columnas. Y todo ello, al hilo del relato de Job, al que Dios no responde con proposiciones cuando le pide cuentas, sino que, como hace Malick, le incluye en el relato de la creación. Es que vaya relato… Me resisto a seguir glosando esta joya, en la que la música está engastada en la imagen como pocas veces he visto, donde los grandes temas de La delgada línea roja aparecen bajo un prisma diferente, más teísta, de eso no cabe duda. Pero claro, para quien el libro de Job sea sólo el libro de los trabajos/jobs de la sección de ofertas del periódico de turno, ese despliegue panóptico, donde no nos queda resquicio por admirar, que no por explicar, carece de algo, quizá reducido a una mera sucesión de imágenes de colores. Cuando se introduce en el relato propio esta sucesión, todo adquiere nueva luz (como cuando, glosando el título de una obra de Schillebeeckx, se ve a los hombres como "relato de Dios" estos no pueden ser vistos ya de otro modo).
Era Wittgenstein quien decía algo que todos sabemos, pero que se nos olvidó: que expliquemos algo no tiene que ver con que no nos asombre. El supersticioso, pensaba él, es el que anula el asombro cuando cree haber explicado (Observaciones a la “Rama dorada” de Frazer). Al igual que me asombra el sol de la mañana, cuando alcanzo a verlo, El árbol de la vida me deja con esa sensación que es propia de lo bello: algo impacta con una fuerza brutal y, al mismo tiempo siembra en uno la certeza de que tiene mucho que dar. Amén. Y allá vamos.