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Blog Bitácora Véritas

Sixto Castro Rodríguez, OP

de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor

26
Sep
2011
En Patmos
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Hay en depósito, en la Iglesia de San Pablo un precioso cuadro, procedente del Monasterio de Santa Catalina, titulado San Juan en Patmos. Es un óleo sobre tabla del siglo XVI artísticamente espectacular, a mi modo de ver. Representa a San Juan, sentado, escribiendo el Apocalipsis. Frente a él está el monstruo de siete cabezas, bien bonito y coloreado, y la Virgen con el niño que concebirá. Lo que me ha llamado la atención es que es un ángel el que con un dedo toca al evangelista, y le hace notar lo que tiene delante, que le señala con el otro dedo. El ángel es “otro que yo”, al igual que lo es el otro de la comunidad (cristiana, religiosa, política) o el mediador (que los terapeutas creo que llaman “facilitador”, lo que elimina ese elemento de control y poder que supuestamente tiene). Hay ciertas confesiones cristianas que se han cepillado estas idea y en las que prima lo individual, el individuo solo enfrentado a Dios, la vida, la interpretación o la salvación. Recuerdo que el Aquinate dice, por alguna parte, que hay infinidad de cosas con las que uno no tiene que confrontarse individualmente, sino que le vienen dadas por la comunidad en la que vive. Eso, que suena tan wittgensteiniano, es algo que funciona siempre que no se absolutiza esa “absurda” obsesión por el yo, que se convierte, entonces, en medida de todas las cosas. Si se pone en su justo lugar, ah, entonces caben otra vez los ángeles, los otros y hasta, si me apuras, la comunión de los santos. Y todo eso, ya en Patmos.

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23
Sep
2011
El novicio cartujo
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Con el lío de las partículas que corren que se las pelan, y que apuntan a que la velocidad de la luz no es un límite inviolable (bien interesante esto de los límites, las leyes y demás), un físico español ha dicho, como recoge el NYTimes “If it is true, then we truly haven’t understood anything about anything”. Quien lo lea en los EE.UU seguramente entenderá que no sabemos nada acerca de ninguna cosa, pero casi estoy por apostar que lo que este hombre ha dicho, en román paladino, es que no sabemos nada de nada. Qué gran expresión, en cualquier contexto, que recoge ese contenido semántico y le da una connotación que va mucho más allá. En fin, que el nada de nada me remonta a un óleo con el que tuve la ocasión de encontrarme no hace mucho, una pintura de Gustave Doré (la que aquí enlazo es un grabado, ya que hay varias obras con idéntico tema), concretamente “El neófito”, que representa el rezo coral de unos cartujos viejos como la misma naturaleza, un tanto ajados, en medio de los cuales está el novicio mirando “a cámara”, por así decir, y con cara de… Al leer el texto que acompañaba el cuadro, el escribiente señalaba que era cara de “Dios, ¿dónde me he metido?”, lo cual puede ser perfectamente posible. Los que le acompañan no es que sumen un millón de años, que es lo de menos, sino que parece que su estado vital no es precisamente el adecuado para que uno decida pasar el resto de su vida en su compañía. O a lo mejor sí, porque también puede ser que el novicio o neófito, sobre el que recae la luz de la composición, esté diciendo: sí, sí, no me extraña que te extrañe, pero precisamente por eso es por lo que me quedo, y a gusto. ¿No era aquello de locura para unos y necedad para otros? Quizá el que le mira piensa que es él el que no ha entendido nada de nada, o quizá el novicio piensa que es el otro el que no comprende “anything about anything”. Quién sabe. A mí me ha gustado sobremanera.

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20
Sep
2011
Martin Luther King
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Sin prisa, de nuevo por aquí. Cuesta ponerse a escribir, pero la vida cotidiana siempre ofrece temas y cosas. De hecho, por una suerte de “serendipia”, que dicen los que saben, me he encontrado de bruces, recientemente, con la vida y obra de Martin Luther King. No es que la desconociese del todo. Es que, por circunstancias de la vida, me ha salido al paso y me ha impactado hasta la conmoción. Resulta que (¿casualidad?) parece ser que, según unos papeles que acabarán saliendo, su vida no era la vida ejemplar que parecía. ¿No lo era? Creo que sí. Es pesada la manía que tiene el personal de contar las intimidades (quizá su percepción de las mismas) de la vida de los demás, y es un tanto falaz la intentona constante de mezclar la militancia con la vida privada de cada quien. A mí me importa bien poco cuáles fuesen las faltas, reales o imaginarias, de este hombre. Creo que ese nivel de discusión no me compete, sino que pertenece a otros ámbitos de su parcela particular. Basta con leer sus discursos, con conocer algo de su vida pública y de su labor gigantesca para que los menudeos de prensa rosa queden a un lado. Pero nuestra época es también la de estos, trompeteados por teles y periódicos. A ese respecto me da igual. Nada de lo que Martin Luther King haya hecho podrá cambiar lo que Martin Luther King ha hecho.

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23
Ago
2011
La cosa pública
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Estos días (y desde ya hace unos cuantos) se han venido sucediendo en los periódicos (y en las manifestaciones) multitud de debates sobre la relación entre la religión y la esfera pública. Seguramente quien más haya colaborado a este empresa sea Habermas, que ha pasado de no prestar demasiada atención a la religión a comprender que vivimos en un mundo “postsecular” que tiene que integrar los contenidos éticos de la religión en la filosofía postmetafísca. Habermas sostiene que el "potencial capital semántico de las tradiciones religiosas" ha de traducirse a un lenguaje universalmente accesible a todos los implicados en el uso público de la razón. Y es que el uso público de la razón no es territorio propio de los no creyentes. La plaza (pública) es de unos y de otros, si bien Habermas defiende que los contenidos creyentes han de traducirse a esa racionalidad común (cosa que también deberán hacer los no creyentes). Charles Taylor, con más razón que un santo, aún da un paso más: la ruptura epistémica entre la razón secular y el pensamiento religioso es insostenible, puesto que la neutralidad estatal que postula el secularismo es una respuesta no sólo a la diversidad de posturas religiosas, sino también a las no religiosas, de modo que si el Estado es neutro, es neutro, es decir, no puede defender que hay algo así como una razón secular que sea la koiné. A Martin Luther King le entendieron perfectamente sus coetáneos, aunque su lenguaje era eminentemente cristiano. Por tanto, no se puede defender como punto de partida que la razón religiosa o bien llega a las mismas conclusiones que la" secular" (suponiendo que sea una), lo que la hace aceptable, o bien llega a otras, con lo que habría que mantenerla al margen. No hay razones de peso para mantener esa actitud pragmático a lo religioso. No hay, sostiene Taylor, más legitimidad en el kantismo o en el utilitarismo que en el cristianismo para contribuir al debate público.
El mismo Habermas afirma que una sociedad postsecular, en la que una democracia constitucional, autoriza explícitamente a sus ciudadanos a llevar una vida religiosa, no puede al mismo tiempo discriminar a esos mismos ciudadanos en su papel de legisladores democráticos.
Todo esto no es más que una breve glosa a la obra El poder de la religión en la esfera pública, recientemente publicada por Trotta, que me vino a la mente cuando el otro día, alguien leía un manifiesto en que apelaba al carácter esencialmente privado de la religión, por ser tierra de creencias o algo así. Falso. Tan falso como decir que las creencias con respecto al estatuto moral del otro han de quedar reducidas al ámbito particular y personal: con ello nunca se habría de practicar la caridad (solidaridad, justicia social) en la medida en que no es más que una creencia.
Ufff, la cosa se complica. Y todo esto no cabe en un manifiesto de cinco minutos. Habrá que estudiarlo con detalle y ver que, en el fondo, todos somos privados y públicos al mismo tiempo. Y eso es fantástico.
 

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21
Ago
2011
Y hasta Río (quien vaya a ir)
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Se acabó la JMJ. Van a salir cientos de artículos con las más variadas temáticas, de eso no cabe duda, y con las más variadas orientaciones. Son más de un millón de personas (también en esto habrá bailes) que dan para escribir crónicas de todos los colores, como se ha venido haciendo, desde dentro y desde fuera, ultramontanos y conciliaristas, laicos, religiosos y clérigos, ateos, creyentes, politeístas, panteístas y panenteístas (y muchos más, que parece que esto es un argumento cornuto, en el que A o B, y la verdad es que hasta Z quedan muchas opciones). El debate es bien sano para todos y, al final, queda lo de Jesús: quien tenga oídos para oír, que oiga. Feliz viaje de vuelta a casa.

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18
Ago
2011
JMJ
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Estoy pasando más tiempo de lo esperado en Madrid con motivo de la JMJ. La prensa cuenta versiones bien diferentes según lo que se lea. La mía es sencilla. Infinidad de gente joven, tanta como yo nunca había visto nunca, que van cantando en el metro, por la calle, felices como el que más. Hay uno que viste al estilo punk y que ya se ha hecho famoso en todos los periódicos. Si se les quitan las camisetas de la JMJ (distintas según de dónde procedan o que familia religiosa) pasan por jóvenes normales y corrientes, que es lo que son. No encajan, no obstante, con la idea que habitualmente nos dan los que manejan los eslóganes breves y concisos (para que puedan propagarse como “memes” memos) de gente triste, recoleta y hasta un poco tonta. Nada de eso, lo puedo asegurar, como pude ver ayer en la fiesta OP. No sé si habrá gente más feliz que estos jóvenes cristianos. Palabra.

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12
Ago
2011
Listos y tontos
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Antes de que caigan las lágrimas de San Lorenzo, el cielo se ha vuelto gris y el bochornazo preludia una tormenta mientras en la red, a cuenta de la visita del Papa, se cuenta de todo, todito. Alguien el otro día, no recuerdo en qué periódico o foro, decía algo así como que “la ciencia” (sic, esto sí es literal) ha demostrado que los ateos son más inteligentes que los creyentes. Vuelve por otra, si quieres. “La ciencia” es oráculo de Delfos (o de Matrix) que es como una señora vieja que vive en el segundo izquierda, rodeada de gatos, y que habla de vez en cuando. No sé a qué se refería el “comentador”, si a la neurología, al cálculo, a la teoría de cuerdas, a la química orgánica o al encaje de bolillos, aunque sospecho (en su favor) que habría leído algún estudio de estos que establecen correlaciones entre cosas y, normalmente, no pasan de ahí. De hecho, por estudios que no quede. Desde Comte en adelante se ha asociado pensamiento religioso con pensamiento “primitivo”. Aunque este término está cada vez más en desuso, los antropólogos  no han abandonado, en general, la creencia de que la religión es básicamente irracional, por anticientífica, idea que han abonado las corrientes marxistas, psicoanalíticas, etc. (que, independientemente de la verdad que proporcionen tienen los mismos méritos para llamarse “ciencia” que Grecia para mantenerse en el Euro, según dicen). La idea es que una persona culta, que viva en un mundo en el que la ciencia tiene la última palabra, no puede ser religiosa, salvo dolo, engaño o incapacidad transitoria (por lo que habría, seguramente, que prohibirle conducir, me imagino).
Frente a esta afirmación, los datos empíricos (en sentido tan lato como se quiera) van en otra dirección (cf. L. Iannaccone, R. Stark and R. Finke, “Rationality and the ‘religious mind’”, Economic Inquiry XXXVI (1998) 373-389) : si bien los científicos y los profesores norteamericanos son menos religiosos que la población en general, la proporción es semejante a la que se asocia con otros rasgos demográficos, como el sexo o la raza (y no se suele hacer un gran caso de que los semitas sean más o menos religiosos que los caucásicos o los etíopes). Pero lo curioso ?y quizá el dato realmente significativo? es que los profesionales de las ciencias “duras” son más religiosos por término medio que los profesionales de las humanidades o las ciencias sociales (sobre todo psicólogos y antropólogos, es decir, los que están más en relación con la tesis de la “mente primitiva”), cuyas disciplinas se apoyan mucho más en datos no comprobables empíricamente (en cierto modo en “competición” con las afirmaciones religiosas).
En realidad, a mí me convence más la autoridad de los sabios. Preguntado por la compatibilidad entre la teoría de la evolución y la creencia religiosa, Stephen Jay Gould respondió: “o bien la mitad de mis colegas son enormemente estúpidos, o la ciencia del darwinismo es totalmente compatible con las creencias religiosas convencionales, e igualmente compatible con el ateísmo, lo que prueba que los dos grandes reinos de la factualidad de la naturaleza y de la fuente de la moralidad humana no se solapan”. O Thomas Nagel: “quiero que el ateísmo sea verdadero y me inquieta el hecho de que algunas de las personas más inteligentes y bien informadas que conozco sean creyentes religiosos”. Como se ve, listos, tontos y de media talla hay en todas partes… y no es la creencia religiosa lo que nos distingue (como sucede en muchos otros ámbitos de la vida).
Oh, qué largo me ha salido esto. No se volverá a repetir.
 

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1
Ago
2011
Morirse quomodo
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Para pasar bien el veranillo este, mientras salgo a dar paseos colesterolíticos, escucho en un mp3 que tengo un curso de la universidad de Yale sobre la muerte. La culpa de que escuche estas cosas la tiene un experto en duelos y quebrantos que vive en el convento de El Olivar,de Madrid. Él sabrá por qué. Se trata de veinte lecciones, más o menos, de un curso regular de la universidad, en las que el profesor debate la existencia del alma, el problema de la identidad personal, cuándo uno llega/deja de ser una persona, etc. Metafísica, básicamente. Es un curso muy interesante, un profesor honesto que muestra sus convicciones y expresa sus dudas. Pero eso no hace al caso. Resulta que mi mp3, cuando lo apago, no conserva el punto en el que se detuvo cuando se desconectó. Sólo se puede escuchar desde el inicio de la pista, es decir, mi paseo dura lo que dura la lección de ese día. Y si algún día, por lo que sea, no pude escuchar la lección entera, vengo a casa y enchufo el chisme al ordenador para oír el final de la misma. Enchufo, se abre el itunes y en cuanto acaba la lección del día, salta (por azar, claro está, es decir, por razones de ortografía, numeración, o sabe Dios por qué algoritmo del programa) una de las piezas que tengo ahí almacenadas: Ecce quomodo moritur justus de Jacobus Gallus. Y, de repente (sobre todo el primer día), todo cobra sentido ¿Por azar? Bueno, pues será azar que justo cuando acabo de escuchar la lección tenga la respuesta.

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31
Jul
2011
Teorías que encajan
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En uno de los relatos que componen El candor del Padre Brown, G. K. Chesterton hace decir al reverendo: “La teoría que usted propone es la única que resiste un examen atento, y como hipótesis, lo explica todo. Merece usted que le diga, fundado en mi conocimiento de los hechos, que es completamente falsa”. Los filósofos de la ciencia hace mucho que hablan de subdeterminaciones y cosas por el estilo, es decir, de la posibilidad de más de una teoría para explicar un único fenómeno. Hay infinidad de razones teóricas para dudar de que una teoría ?y más una teoría de la totalidad? pueda demostrarse verdadera por procedimientos que la misma ciencia reconocería como científicos. No digamos ya en la historia, la filosofía, la filología o la decoración de interiores. Podemos pasar a una consideración pragmática y decir que es verdad en tanto que funciona. Pero para eso hay que aceptar la validez de la ecuación verdad=funcionamiento o algo así. En fin, la cosa es que la prensa diaria nos asa con tesis que explican con rigor y claridad tal guerra, la crisis económica, los abusos sexuales y el origen filogenético de las creencias. Es más que probable que los expertos en ese campo lo lean con respeto y con una cierta distancia. Los mediadores/divulgadores suelen presentarlo como el acabose. Y, efectivamente, acabose, porque aunque lo expliquen todo, cabe la posibilidad de que sean completamente falsas, que diría Chesterton. O no.

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28
Jul
2011
La fórmula (falsa) de la felicidad
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En sus Perfiles de nueva humanidad (Salamanca, San Esteban, 1993, p. 116) dice Eladio Chávarri: “Creo, por otro lado, que nuestra sabiduría es facilona. X dinero se identifica con y entes a poseer que se traducen en z placer. Un sabor de la vida que puede expresarse con toda propiedad en una ecuación. No digo que sea fácil ganar dinero. Lo notables que toda una condición humana esté en función de un símbolo universal de trueque. Ninguna sabiduría anterior ha dependido de cosa tan simple, y en este sentido afirmo que es facilona. Hasta ahora los maestros de la felicidad no habían conseguido expresarla en una ecuación tan sencilla. ¡Cuánto más intrincada es la armonía platónica asignada a la justicia!”. Lo formulario nos atrae por su simplicidad. Si algo se puede poner en una fórmula parece que absorbe algo de la potencia que tiene el mundo de la matemática. Recuerdo lo poco que me gustaba, cuando estudiaba esos temas, la manía de los estructuralistas de poner en fórmulas cualquier cosa que investigaban, las relaciones de parentesco, las relaciones sintagmáticas o los procesos de comunicación. Me salía, como al otro, un “no es esto, no es esto”. Y tampoco lo es la felicidad. Si se acepta la fórmula arriba indicada, se comprende que absolutamente todo lo que constituye una forma de vida, en la medida en que no está en función de ese símbolo que es el dinero, se desdeña. Y todo hay que justificarlo en términos monetarios y crematísticos para que se le permita ser o, en su caso, para que sea eliminado. ¿Por qué hay una Somalia, Etiopía, Biafra, y demás? Dios no debería permitirlo, pensamos. Pues claro que no. Pero tan lejos en el tiempo como San Agustín (por no ir a los evangelios) se nos decía aquello de, vamos, hombre, no le pidas a Dios que haga lo que puedes hacer tú, que es la versión elegante de eso que alguien solía decir: ningún pobre necesita criado o la versión macarrónica del célebre principio aristotélico quidquid movetur ab alio movetur (traducción ad casum: nada se hace si no lo hace otro). ¿Hay algo que yo pueda hacer? Seguramente no, pero de ahí no se sigue que lo que no se predique de las partes no se pueda predicar del todo. Qué gran invento es el dinero. Y qué desastroso.

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