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Jul2011Teorías que encajan
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Jul
de Sixto Castro Rodríguez, OP
Sobre el autor
Transcribía hace unos instantes la primera formulación del argumento ontológico que San Anselmo hace en el capítulo 2 del Proslogion para ese libro que está in fieri y a punto de terminarse, si Dios quiere y julio lo permite, y me ha asaltado, como una sombra, el pensamiento de la potencia de este argumento. No, no se trata de que pruebe o deje de probar. Innumerables pensadores de primerísima línea lo han aceptado e innumerables pensadores de exactamente el mismo nivel lo han rechazado (y no cabe esperar reconciliación final al respecto, lo cual nos da una cierta idea de los límites de la razón). De lo que se trata es de la difusión del mismo. San Anselmo lo elabora en el siglo XI, en su abadía, en el contexto de una oración, destinado a sus monjes. Y el argumento se extiende por toda Europa. ¿Qué tiene de raro? Nada..., en el siglo XXI, donde la última declaración de Belén Esteban llega a los pasillos de los centros de investigación en un par de segundos. En el siglo XI tuvo que haber calado bien profundamente para que comenzase su periplo por las universidades y fuese considerado en todos los grandes centros de estudio. A lo mejor va a resultar que en el medievo se estudiaban cosas que, en cierto modo, se imponían por sus propios méritos… Ni los pedagogos ni los políticos ni la tele decidían que se estudiaba en París y ni el Papa impedir el estudio del aristotelismo. Pruebe o no, vaya si da que pensar.
Me he encontrado con este vídeo divertidísimo en el que, en una broma de cámara oculta, un supuesto Jesús (un tanto kitsch y despelurciado), que lleva una cruz al pecho (lo cual ya delataría la cosa) convierte el agua de una fuente en vino. Las caras son un poema. Me imagino que un porcentaje cada vez más grande de la población no sería capaz de pillar la broma, precisamente porque no pueden referirlo al hecho al que hace referencia. La sorpresa de que salga vino de la fuente no viene dada porque salga vino de la fuente, sino porque parece que un tal Jesús se ha dejado caer por allá y uno es capaz de imaginar que las bodas de Caná tienen lugar en sus mismas narices. Obviamente, la situación es ridícula: Jesús paseándose por la calle y haciendo milagros de todo a cien (de esos que aparecen en los apócrifos para deleite de la imaginación de los oyentes), pero para que seatal, divertida para los que estamos a este lado del monitor y sorprendente para las víctimas del montaje, es necesario poder leer más que lo representado en la escena. Cuanto menos conozcamos de nuestra historia, más oportunidades perderemos -también- de disfrutar y divertirnos.
Ayer leía, en un libro de teología filosófica, un artículo sobre la Trinidad. Todo él estaba lleno de x es y si y sólo si necesariamente existe un z que… Y me recordó la película “Monjas a la carrera”, en la que dos malhechores se refugian en un convento y así, se integran tanto, que un día a uno le toca explicar la Trinidad en clase. El otro, que es católico, le explica la cosa usando el símil del trébol, tan caro a los irlandeses gracias a San Patricio. Obviamente, el otro se lía en clase de manera bien cómica. Lo simpático de la película, entre otras cosas, es que el que lo explica apunta al carácter de “misterio”: ¿tú lo entiendes?, le dice el otro. Claro que no: nadie lo entiende. Tienes que creerlo. Por eso es una religión. Seguramente eso se podría aplicar a la mecánica cuántica, o al menos eso se deriva de lo que cuentan los grandes padres y estudiosos de la disciplina, no los divulgadores, que tienen una claridad meridiana al respecto. No, la religión tiene algo más y la Trinidad configura la vida, a diferencia de los quarks y de la ecuación de Schrödinger. A todas horas. En todas las oraciones. En todos los ritos. Tiene tanto de misterio porque, sea lo que sea Dios en sí, seguro que no es algo que podamos agarrar categorialmente. Si comprehendis non est Deus, decía San Agustín. ¿Es eso una dejación de la razón, una entrega irracional a la irracionalidad? En absoluto, en absoluto. A mi entender, es una apertura de la razón y de la humanidad a espacios en los que se vive de manera no posesiva. ¿Tiene sentido? Seguramente pensar que Dios y el mundo no suman 2 tiene sentido.
Hoy viene un terrible artículo en el NYTimes sobre la contaminación en ciertas partes de China. Ese hecho no es sorprendente, es más, es esperable, teniendo en cuenta que lo que más conocen los viajeros y de lo que más cuentan es de Pekín, y dicen que es una ciudad inhabitable, con una contaminación que literalmente no deja ver el cielo. Lo que choca y conmueve es el testimonio del padre de una criatura cuyo cerebro ha quedado irreversiblemente dañado por la absorción de plomo, y que dice: “queríamos que esta niña lo tuviese todo. Por eso trabajamos tan duro. Por eso nos envenenamos en esta fábrica. Ahora resulta que la niña también está envenenada. No tengo palabras para describir cómo me siento”. Mal sobre mal parece. Poco consuela conocer todas las causas, por muy felices que eso nos haga. Seguramente, la idea de dejar un hogar medianamente saludable para las generaciones futuras sea un imperativo moral. Pero eso suena raro. ¿Cómo conjugar un imperativo moral con todo lo demás? A la fuerza ahorcan, dicen. Y el imperativo acabará entrando por la ventana.
Hay un gran intelectual que vive en mi casa (él no sabe lo primero, aunque supongo que se habrá dado cuenta de lo segundo) que, cuando algo le sorprende, exclama algo así como “sangre de Cristo, protégenos”. Un fraile de la isla caribeña de Granada, cuando se troncha de risa por algo que, como buen chiste, ocurrencia, ingenio o ironía, pilla al oyente por sorpresa, dice a voz en grito: “Lord, have mercy”. Un extraterrestre que apareciese por el convento no sería capaz de distinguir entre la recreación y la misa o las vísperas. “¿Lord have mercy” cuando me desternillo? Es lo que tienen las interjecciones, un poder enorme. Wittgenstein afirmaba que todo lo que decimos ante una obra de arte que nos gusta equivale a una interjección. El rollo que suelta el entendido de gafas redondas y bufanda larga, si acaso con perilla o con las gafas colgando sobre los pechos, ante una escultura que le gusta equivale a una interjección (mejor haría diciendo ¡ah!). Pero la interjección que se elija, y aquí vamos un paso más allá de nuestro amigo de Cambridge, es más que el mero acto ilocutivo o expresivo. Tiene sentido dentro de una forma de vida el que se diga “Lord have mercy” o “sangre de Cristo protégenos” cuando uno se ríe. Y el extraterrestre que llega al convento, pensará que los que se han confundido son los que viven en él.
Estoy bien enzarzado con cuestiones de fe y razón, escribiendo sobre ellas. Yo tengo la cuestión más o menos resuelta, al menos con comprensión suficiente para pasar el año, pero escribirla supone poner sobre el papel no tanto el proceso que a uno le ha llevado a concluir algo cuanto el itinerario de razones que pueden servir para cualquier otro, no sé si tanto para convencer, cuanto para debatir. Pues bien, de repente me llega el regalo, no sé si la respuesta a mis plegarias o qué, del documental de Pueblo de Dios de Dios sobre los frailes en Santo Domingo, en la República Dominicana (¿es mucho decir que este programa es de lo mejor que hay en la tele?)
En el mundo rico, los términos preferidos son tolerancia y derecho. A veces pienso que el que tolera permite (ese es el origen de la idea, en las guerras de religión) y eso genera un derecho a vivir como uno desee, lo cual es justo y necesario. Tolerar, no obstante, conmoverse y mucho menos, me temo, aceptar que el de enfrente puede tener razón o necesidad. En el mundo pobre y “mediopensionista”, los términos son misericordia y deber. El misericordioso no se pone en un lugar especial, sino en el suyo y en el del otro, que podrían ser el mismo, y así no juzga ni permite, sino que hace, de ahí su deber. Mejor que Eduardo, en el documental, no lo voy a decir: hay tantas cosas que hacen que a uno se le caiga el alma a los pies, que parece que no hay nada que hacer, y sin embargo, se hacen, porque se deben hacer, seguramente no por un imperativo categórico, sino por el deber que impone la caridad (recuperemos el término). ¿Cómo se hace eso? Abrazos, unciones, becas, salud, escuchas, unos pesos que ayudan a pasar el día. No sé, cada cual se las ingenia para ser sabio en la situación específica. Y bien que lo hacen los frailes del Caribe.