Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
sábado, 03 de julio de 2010
|
Hay 2 comentarios
Basta con que uno abra un periódico, escuche la radio o lea las declaraciones de uno de los mandamases al uso, para que se dé cuenta de que el ámbito de lucha en laopinión es el ámbito del valor. Sí, del valor (quizá con mayúscula), que existe, y no sólo el valor de cambio medible en pesetas. El que le da origen. Porque todo el mundo trata de mostrar que esto o aquello realmente “vale” o “no vale”. Una reseña periodística de las declaraciones de no sé quién es un examen valorativo. Una plática en el ambón es una declaración de valores. Y un puño levantado es una propuesta de lo que vale. El valor, además, es siempre transitivo: lo que es valioso para mí, debería (condicional, aunque alguno los ponen en indicativo o en imperativo) valer para los otros. C. S. Lewis, en su obrita sobre Los milagros, se sorprendía de que los que niegan que existan valores morales se enfurezcan cuando atacan los valores de los otros y presenten que lo único valioso es defender que no existen los valores… o nos cuelen de rondón sus propias axiologías. Porque, como bien anota él, si estuviésemos en el ámbito de lo puramente subjetivo (esto vale para ti y esto para mí) comunicaríamos nuestras apreciaciones valorativas como comunicamos que me gusta el queso y las oiríamos conel interés con el que oímos al vecino decir que las aceitunas le desagradan. Sine ira et studio. Pero el emotivismo moral parece vencido antes de empezar. No es lo mismo proclamar que algo es valioso que decir que me gustan los aguacates. Suelo sospechar que quien defiende esta reducción de lo valioso a lo gustable, en el fondo sabe que en la lucha por ofrecer (y a veces imponer) valores es donde se juega la partida.