Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
sábado, 19 de junio de 2010
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La pregunta por el sentido está de moda entre los filósofos… y entre la gente de la calle. En las conversaciones cotidianas todo el mundo se pregunta por qué sentido tiene un hecho, sobre todo si el luctuoso o desconcertante. Solemos pensar que lo alegre, festivo tiene sentido por sí mismo y no remite más allá de sí. Pero no se da sin más esta tesis. El sentido parece que, en cuanto tal, apunta. En todo caso, ¿tiene sentido la vida? Un libro reciente de Susan Wolf, Meaning in life and why it matters, sostiene que el sentido no se identifica con la felicidad ni con la moralidad. Una vida puede ser moral y no tener sentido o puede ser feliz y carecer del mismo. El sentido, para ella, radica en el encuentro de la atracción subjetiva con el atractivo objetivo, es decir, en el compromiso amoroso con algo que es mayor que uno mismo, cuyo origen no está en uno mismo. Por supuesto que esto supone postular cierta objetividad en el valor. Pero eso implica afirmar también, que hay vidas infelices que tienen sentido y, a la inversa, vidas felizmente vividas que carecen por completo de sentido. Y, en apariencia, aun cuando todos aspiramos a la felicidad, ¿no estaremos más bien llamados al sentido? Me suena bastante al sermón de la montaña.