Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
sábado, 12 de abril de 2008
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Creo que ya lo he dicho en alguna otra ocasión, pero lo que nos pasa a los filósofos que no vivimos habitualmente en Alemania, y que, por tanto, o estamos acostumbrados a escuchar todos los días el alemán de habla común, es que podemos hablar de las cosas más abstrusas (y los alumnos se te quedan mirando como diciendo: eso no es alemán, nadie habla así… Nadie salvo Heidegger o Hegel, jeje), pero cuando nos dicen si el huevo está bastante pasado miramos con cara de extrañeza, como si no esperásemos que un alemán nos hablase de cosas tan profanas. Pero eso es por deformación profesional. También en Alemania hay culebrones en alemán (pero, ¿se puede mancillar así la lengua sacra de los filósofos? –con permiso del griego–). Y diario de Patricia y cotilleos y cosas de esas. A los filósofos no pasa con Alemania lo que les pasaba a los alemanes decimonónicos con los griegos, que les parecía que todo lo allí habido era perfecto, que había un “grecidad” maravillosa. Y eso es porque todos llevamos dentro de nosotros una necesidad escatológica, de compleción, de perfección, de que ha de existir una Arcadia donde el lobo y el cordero pasten y coman juntos. Lo necesitamos como el aire. Y tenemos aire. ¿Por qué no habríamos de tener también Arcadia? Llegará, sin duda alguna.