Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
jueves, 17 de junio de 2010
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Y esa es la potencia de las palabras, que ponen paz donde antes sólo había desorden. A veces, basta con poner nombre a algo para desactivar su potencial destructor. Un niño preguntaba el otro día por qué había manchas blancas en el mar, y su madre le respondía que eran olas. Ella quedó satisfecha. Pero el niño, tras un instante de reflexión, volvió a la carga. ¿Por qué hay olas? Porque es el mar. Una palabra nos lleva a otra y sólo a los que habitamos el lenguaje nos tranquiliza esa verborrea, pero los niños, que aún se están estrenando, buscan el porqué más allá de las palabras. Hay que orear los vocablos de vez en cuando, porque a fuerza de usarlos se vuelven rancios y no dicen nada. ¿Significa eso que hay que dejar de hablar? No, por Dios. Si el cristianismo es la religión del Verbo, de la palabra que se hace carne, acción, obra. Algunos filósofos insisten gustosamente en que debajo de toda apariencia de bondad siempre late la maldad, el desconcierto, el desorden y la destrucción. Perfectamente puede darse la vuelta a este argumento, y defender que, en el fondo, todo es bondad, porque, como decía el Aquinate, siguiendo a Agustín, sólo el bien es sustancial, porque procede de Dios. Sí, ya sé que este discurso puede ser puesto en entredicho por un dolor de muelas, pero en el fondo estas cuestiones de principio sólo se deciden por asunciones de principio. Si uno opta por la bondad del mundo, estará en disposición de hacerlo bueno y de decir que lo es, que lo será y que lo ha de ser. Seguramente.