Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
sábado, 10 de julio de 2010
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Hoy es sábado, y (casi se puede poner detrás una subordinada, que parece una consecuencia necesaria) por tanto toca mercadillo. Pasaba esta mañana al lado del mismo, cuando lo montaban y aún no había gente. He vuelto a pasar al final de la misma y prácticamente estaba copado por gente mirando, comprando, quizá sólo paseando o pasando, como era mi caso. Lo que me llamó más la atención es la retórica de los vendedores. Que no soy experto en este mundo, como en casi nada, salta a la vista, pero me parece que lo que vendían hoy no debía ser demasiado distinto de lo que ofertaban el sábado pasado, mas algunos decía algo así como: hoy sí que traigo cosas bonitas (que no implica en absoluto que el sábado pasado no las trajese, sino simplemente lo que da a entender), date un capricho, 2 por 1€ o yo qué sé qué mas. La cuestión es que los vendedores alzaban su retórica para atraer al personal. Supongo que se podría estar allá bastante tiempo simplemente escuchando a estos artesanos de la palabra y viendo cómo convencen a quien pasa por su lado, de que a lo mejor lo que tienen en sus puestos merece la pena. No sé si será muy bueno, pero el precio, desde luego, no es alto. No sé qué correlaciones se pueden sacar de estas dos afirmaciones más allá de los dichos populares que, a veces, aciertan. Pero el poder de la palabra no se puede subestimar y ahí es adonde quería llegar. Al final, siempre es una palabra la que nos lleva a un rostro.