Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
domingo, 24 de enero de 2010
|
Hay 0 comentarios
Sigue dando que hablar el “papel” de Dios después del desastre de Haití. Leo un artículo en el NY Times, en el que se vuelve al viejo argumento del mal para poner en cuestión el discurso religioso. El articulista cita, adecuadamente, la requisitoria de Voltaire a Leibniz con motivo del terremoto de Lisboa, y desde ahí deduce la crisis de la teodicea. Hay que tener en cuenta que Voltaire se enrabieta, con razón, contra una tesis metafísica, la que afirma que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que es la de Leibniz, quien creó la palabra “teodicea”. Pero la tesis de Leibniz es enteramente consistente… al igual que lo es el cabreo de Voltaire. A este respecto no hay soluciones fáciles. La tradición teodiceica (perdón por el “palabro”) ha oscilado entre la justificación de Dios a toda costa (tal como se nos cuenta en el artículo que hace un tal reverendo), con el mal tomado como castigo (lo cual no se sostiene: antigua es la experiencia de que el justo sufre y el inicuo triunfa), o la alusión a la voluntad incomprensible de Dios. El cuestionamiento más poderoso a la teodicea no viene de ningún agnóstico o ateo, sino de un profundo cristiano, tal como es Dostoievski, en su capítulo “La rebelión” de Los hermanos Karamazov. Pero claro, ese texto viene seguido de “El gran inquisidor” y conviene leer ambos capítulos seguidos. No obstante, una explicación naturalista no nos sirve de nada. El "por qué" que han venido entonando sucesivamente todas las personas que han pensado sobre esto no es una pregunta que busque causas eficientes (el movimiento de las placas tectónicas: ahí tienes la respuesta… que no satisface a nadie), sino una pregunta que se dirige a otro ámbito. Tomás de Aquino decía quia malum est, Deus est. No alcanzo a explicar esto en términos naturalistas, pero tengo la certeza de ello.