Sixto J. Castro.
Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
viernes, 15 de enero de 2010
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Al ver las imágenes de desolación de Haití que abren casi todas las portadas de los periódicos de hoy, me viene a la mente una imagen (que es la que más clavada en la mente me ha quedado de ese pobre, paupérrimo, país). Había un grupo al lado de la una casa. Una mujer cocinaba con leña casi en medio de la calle (ése es, casi con exclusividad, el combustible, de ahí que los árboles y todo lo que se les asemeje hayan desaparecido casi totalmente). Al lado, un hombre de mediana edad, con bigote, pantalones “normales”, camisa blanca y corbata negra, sumamente agradable al trato (como pudimos comprobar después) miraba la vida pasar o quizá estaba atento a los visitantes (me chocó muchísimo la vestimenta, en ese lugar donde, todo lo más, se va con una camiseta y unos pantalones cortos). Junto a ellos, sentado, un señor leía una novela del oeste en inglés. Y por medio de Miguel Ángel Gullón, le pregunté (de entrada parece una pregunta estúpida, pero era sólo para tomar contacto, una especie de ruptura del hielo, si puede usarse esta metáfora en un país asolado por el sol) si sabía inglés, y en su lengua contestó que no, que lo estaba aprendiendo leyendo novelas del oeste. Sí, vagabundeamos por el pueblo, tratamos de ver todo lo que éste nos ofrecía (que no era mucho)… y tuvimos que regresar a República Dominicana para desayunar, porque allí no había dónde. El único sitio den el que nos dieron algo para que la glucosa no se descolocase del todo fue en un lupanar (no sé si esto es una ironía del destino para dos frailes o una metáfora evangélica). Pero de todo lo que vimos, lo que no se me ha borrado de la memoria lo más mínimo fue aquella imagen de dignidad: el hombre elegante donde no había necesidad de elegancia y el hombre aprendiendo algo que, según nuestra manía de cuantificar todo, de poco le iba a servir.