Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en el feliz año de 1970. Soy doctor en filosofía y bachiller en teología, además de titulado en órgano. Soy profesor de estética y teoría de las artes y de teodicea del departamento de filosofía de la universidad de Valladolid. Soy profesor invitado en la universidad alemana de Bayreuth, a la que acudo todos los años. He publicado tres libros, y diversos artículos de filosofía en diferentes revistas. Dirijo también la revista de filosofía Estudios Filosóficos.
De más está decir que me gusta leer (¿a qué filósofo no?) y la música, sobre todo la polifonía española del Renacimiento y toda la música de órgano (deformación profesional), aunque no le hago ascos a contemporáneos como Arvo Pärt. El cine es otra de mis pasiones. Y tengo la suerte de viajar mucho a congresos, conferencias y cosas por el estilo, lo que me ha permitido conocer diversos países. Aquí estoy para servirles.
Cuando uno se da de cara con la verdadera política, la que no forma parte de los discursos que tratan de convencer a los votantes, sino la que se ejerce directamente sobre los ciudadanos, se encuentra con paradojas que difícilmente pueden justificarse o, mejor dicho, para las cuales toda justificación es inadmisible. Hace tiempo que lo conté en uno de mis blogs, no recuerdo en cual, quizá cuando todo ello sucedió, pero ¿qué más da cuándo empezó? Lo que cuenta es que sigue. Retomo la historia. En mi pueblo, después de las últimas elecciones municipales, se aliaron, contra natura (porque las cosas que van siendo contra natura cambian, pero vaya si existen) la derecha (PP) y la izquierda más extremófila (IU) para desalojar a la otra izquierda (PSOE). Resulta que, sumados los concejales, había mayoría. Y por tanto, concluyó algún oligofrénico, democracia. Veamos. Cuando nuestro tío Rousseau hablaba de la voluntad general se refería a cualquier cosa menos a eso. Lo que ha resultado en el ayuntamiento de mi pueblo es cualquier cosa menos la voluntad general: nadie, ni en general ni en particular, quería lo que ha sucedido, quitando, eso sí, a los cuatro que están viviendo a costa de una situación ficticia e insostenible si no es por el recurso a la fuerza. El que los concejales de dos partidos hayan sumado sus fuerzas para dar lugar a un engendro de gentes ideológica y políticamente lejanas (pero quizá más cercanas en otros aspectos menos “publicables”), ¿convierte esa acción en democrática? No es que lo dude, es que lo niego. El que todos los miembros de la comunidad frailuna en la que vivo decida, por mayoría absoluta, aplastante y acaramelada, que de mañana hasta el fin de mis días tengo que fregar cada baldosa de mi habitación diez veces, de modo compulsivo, ¿convierte esa decisión en democrática? La respuesta, después de la publicidad. ¡Qué desastre!