Oct
Con amor de amortizado
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La película “El invisible Harvey” cuenta la historia de un señor encantador, amable, atento a sus vecinos, al cual su madre le habría dicho que en la vida hay que ser o muy inteligente o bondadoso, –él ha optado por ser bondadoso–… y que va acompañado a todas partes por un conejo de dos metros y medio. Algunos aceptan el conejo como el aliado de Harvey, sin más preguntas. Otros, como los preocupados por que el qué dirán, rehúyen a Elwood, que así se llama el sujeto, no sea que los identifiquen también con ojeadores conejiles, y la institución terapéutica, obviamente, decide sanar a Elwood, no se sabe muy bien si haciendo desaparecer al conejo o volviendolo invisible para Elwood, cosas que parecen ser equivalentes como terapia.
Se trata de una comedia ligera, pero tiene bastante fondo. ¿Por qué no creemos que Elwoood pueda ir acompañado de un conejo de dos metros y medio? Algún otro dice haberlo visto, pero simplemente se obliga a no aceptar esa barbaridad que le comunican sus ojos. No diré yo que haya cosas tales, pero cosas más raras creemos en las declaraciones políticas habidas y por venir, y seguimos avanzando, sin conejos, pero iguamente deslumbrados por los faros de las promesas falaces. La creencia en un conejo de dos metros deja marcado a alguien para siempre, para bien (como el caso de Elwood) o para mal; las promesas políticas incumplidas y las mentiras siempre llevan dentro amor: se amortizan fácilmente.