Sep
Lactancio no es un archipámpano
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El dilema de Epicuro, que nos legó Lactancio, dice algo como esto: si Dios quiere eliminar el mal, pero no puede, es impotente; si puede eliminarlo, pero no quiere, es malo; si ni puede ni quiere, es impotente y malo. Si quiere y puede, ¿de dónde vienen los males? Porque haberlos haylos, diría Epicuro si hubiese sido gallego. En nuestra época, este argumento ha sido revivido y sofisticado por John Mackie, que trata de defenderlo contra toda crítica. Frente a él están Richard Swinburne, Alvin Plantinga y otros en un debate fino que trata de superar el carácter dilemático de este planteamiento, que se limita a las posibilidades, como si no hubiese más.
Si lo aplicamos a la política, podemos ponernos epicúreos: nuestros gobernantes quieren arreglar la situación ceutí (o cualquier otra, elijan a su gusto), pero no pueden, luego son unos inútiles; pueden, pero no quieren, luego son unos sinvergüenzas; ni pueden ni quieren, así que mejor que se vayan a su casa. Si pueden y quieren, ¿por qué no la arreglan? Porque las cosas no son tan sencillas como nos presenta el argumento, dicen cada día en pública tribuna, y acusan de ignaro a quien piense de otro modo.
Ahí quería yo llegar. En el ámbito de la filosofía de la religión se condenan en muchos casos estrategias argumentativas que, sin embargo, se admiten en otros ámbitos de la filosofía de la manera más feliz, lo que no parece de recibo. Dios es malo e impotente, pero lo nuestro es complejo, dirán siguiendo a su archipámpano. Mira a ver si no va a ser al revés...