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Ensoberbecióse tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría
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Cuando diserta sobre si lo honesto es igual a lo bello (ST II.II, q. 145, a.2) –algo que suena extraño en nuestro mundo, en el que la belleza se vincula a lo estético y lo honesto se refugia casi exclusivamente en la cueva de las cosas privadas en la que se acomodan como pueden tantas cosas importantes–, Tomás de Aquino señala, entre las objeciones, que hay una belleza que se opone a la virtud, y cita Ez 16,15: Fiándote de tu belleza, te prostituiste en tu nombre. Si pensamos la belleza como una mercancía, parece que la honestidad pinta en la casa calística menos que un artista de cuadros ácromos. La mercancía, en cuanto tal, no incluye en su concepto mismo la idea de honestidad, sino la de intercambio o ago semejante. Ahora bien, para el santo esta objeción se basa en la identificación exclusiva de la belleza con una conformación corporal agraciada, cosa que no debería ser el caso. También es curioso que, en nuestro mundo moderno, que ha naturalizado desde hace un par de siglos, la idea de que la belleza está en el ojo del que mira –como la verdad, el bien, los hechos, hasta los números, si me apuras– se nos embuta la idea de que tal persona es bella más allá de toda duda razonable. Misterios epocales. Pero a lo que vamos. Para el Santo, incluso cuando uno no es o deja de ser formoso, también puede admitirse una especie de fornicación espiritual para con la belleza espiritual, al enorgullecerse de la propia honestidad, según nos dice Ez 28,17: Ensoberbecióse tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría. Es entonces, una honestidad falsa, basada en la mentira, en la soberbia, en la chulería, en fin… Y así es como esta gente de la que yo les hablo trató de corromper cualquier posibilidad que la belleza tenga o tuviese de salvar el mundo. Otra línea roja traspasada.