27
Ago2026El lobo nominalista
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Ago

Para algunos nominalistas Dios podía suspender todas las leyes, las naturales, las de la lógica, las de la historia, y cualquier legalidad que a uno se le ocurra, en virtud de su potencia absoluta. Dios puede incluso dispensar de los preceptos del decálogo y ordenar lo opuesto a lo que ordenan; las cosas son buenas o malas no porque tengan alguna hondura o solidez ontológica, sino solo en virtud de ese edicto voluntarista. De quererlo Dios, uno podría estar en la playa tomando el sol, bebiendo un daiquiri y, a pesar de las apariencias, trabajando más duramente que el albañil en el andamio agosteño. Ni siquiera las leyes de la semántica se aplican ya, porque Dios es omnipotente en sentido absoluto. Si lo quisiese, edicto divino de por medio, una cosa podría ser verdadera y falsa al mismo tiempo, o mejor, dos cosas contradictoras, A y no A, podrían ser verdad –o mentira, tampoco nos vamos a poner exquisitos– al mismo tiempo y bajo el mismo respecto, porque él es Señor de todo. Los tomistas se opusieron a este mundo voluntarista, pero no tuvieron mucho éxito, ya que la voluntad siempre acaba triunfando, o al menos eso parece.
Escuchando a los ministros de este país huir de sus responsabilidades, desertar de sus funciones y tratarnos como párvulos, negando hechos con relatos, uno no puede evitar pensar en ese perverso juego de tratar de acomodar la realidad a la voluntad propia como si fuese solo una masa informe esperando ser conformada de modo voluntarista. A veces funciona, pero no dura mucho tiempo y, en no pocas ocasiones, el triunfo de la voluntad es, en realidad, la antesala del desastre. El lobo acaba por llegar y comerse a Pedro porque, como los de aquellas generaciones aprendimos, la mentira no renta.






